Por Amado Raspo
Allá por 1792, había en la guarnición de Estraburgo, un joven oficial llamado Rouget de Lisie; este joven oficial aportaba a la guerra como soldado y a la Revolución Francesa como pensador; amenizaba con los versos y con la música las impaciencias de la guarnición.
Estimado por su doble talento de poeta y de músico, frecuentaba la casa del Barón de Dietrich, patriota alsaciano, cuya casa, opulenta al principio de la Revolución (1789), había llegado a empobrecerse a consecuencia de los sacrificios revolucionarios. Su mesa era hospitalaria para Rouget de Lisie; quien se sentaba en ella como su hijo.
Cierto día, con la mesa escasamente servida, Dietrich miró a Lisie, con triste serenidad y le dijo: "La abundancia no brilla en nuestros banquetes; pero ¿que importa si brilla el entusiasmo en nuestras funciones cívicas y el valor en el corazón de nuestros soldados? Tengo todavía una botella de vino, en mi bodega; que la suban y bebámosla a la salud de la Libertad y la Patria".
Es preciso que Lisie haga brotar de estas ultimas gotas uno de esos himnos que infundan en el alma del pueblo la embriaguez de la que han salido.
De Lisie, tímido en su alcoba solitaria, buscó pausadamente la inspiración, ora en las palpitaciones de su alma de ciudadano, ora en el teclado de su instrumento de artista, componiendo ya el tono antes que la letra, ya la letra antes que el tono y combinándola de modo en su pensamiento, que él mismo no podía saber si había nacido antes la nota que el verso.
Los cantos de la noche volvieron a su memoria, como las impresiones de un sueño. Los escribió, los solfeó y corrió a casa de Dietrich. La hija mayor de este acompañaba y Lisie cantaba.
A la primera estrofa los semblantes mudaron de color; a la segunda corrieron lágrimas y a las últimas estalló el delirio del entusiasmo. ¡Había sido descubierto el himno de la Patria!
El nuevo canto, ejecutado algunos días después en Estrasburgo, voló de ciudad en ciudad. Marsella lo adoptó para contarlo al principio y al fin de las sesiones de sus instituciones.
Los marselleses lo divulgaron por toda Francia, cantándolo en su camino hacia París; de este procede su nombre "Marsellesa".
De Lisie, caminando por los senderos de los Altos Alpes, la oyó resonar en sus oídos como una amenaza de muerte ¿Cómo se llama ese himno? Preguntó a su guía. "La Marsellesa", le contestó el campesino.
De ese modo supo el nombre de su propia obra.
Para terminar viene ahora, el motivo de mi orgullo personal: ¡conozco la primer estrofa de la Marsellesa en francés! ¿Por qué es ello? Porque tuve de profesora de Francés a Mademoiselle Dubois, que muchos rafaelinos que pasaron por el Colegio Nacional la deben recordar; quien nos hizo aprender la letra y conocer su música (esta por medio de nuestra compañera Leonor Bre).
Viene a mi memoria la Reunión de Bachilleres de 1947; llevada a cabo en 1998, en el Hotel de la Fuerza Aérea en la Capital Federal; a los postres dijo alguien "hagámosle un homenaje a Mademoiselle Dubois"; y allí todos de pie entonamos el himno mundial, de la "Libertad, Igualdad y Fraternidad".
Extractado de "Vida y paisaje", de María Ersilia Robredo y María Lucía Rumora, facilitado por Ovidio Marcón, pág. 213-214-215.
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