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Información General Domingo 15 de Enero de 2012

El molinillo de café y ese delicioso aroma

En otros tiempos, las familias rafaelinas disponían de un molinillo para moler café. Era una actividad artesanal que ocupaba, mayormente, el tiempo de las abuelas. Después de cada uso, cada hogar se impregnaba con ese aroma tan especial.

Blanca M. Stoffel

Por Blanca M. Stoffel

En cada casa había un molinillo de café: era una caja cuadrada, de unos 20 centímetros de ancho y otro tanto de alto, con una media naranja de metal en la parte superior y un cajoncito en la inferior. En el recipiente de metal que se abría por la mitad, con una tapita circular, se echaban los granos de café que había que moler. De allí salía una manija que movía un hierro que era el que molía el café.

Una vez llenado el depósito se daba vuelta a la manivela, tranquilamente, sin apuro, pues era un trabajo que se hacía sin premura. Molido el café en pedacitos más o menos gruesos, si uno lo deseaba podía continuar el trabajo hasta transformarlo en un polvo. Este caía en el cajoncito del fondo, bien oloroso dejando en el ambiente un delicioso aroma que duraba un buen rato.

Mientras se realizaba la molienda del café la abuela que era la que siempre se ocupaba de este menester, charlaba con la ayudante de cocina en una pausa antes de rehacer el fuego de las hornallas para la comida de la noche. En esa época teníamos -como casi todos los demás vecinos- una gran cocina económica que se debía alimentar a leña.

El molinillo se calzaba entre las rodillas hasta que se acababa el trabajo. Luego se vaciaba el cajoncito en un frasco de vidrio y se volvía el molinillo a la rinconera, lugar habitual donde quedaba resguardado hasta la próxima molienda.

El Café Aguila donde nos surtíamos de café estaba en Boulevard Lehmann casi esquina Bolívar. A veces mi madre compraba los grandes tarros de café Aguila que venían en latas de 1 kilo o más, con regalos para los clientes, tales como: pocillos de café, cubiertos o pequeñas sorpresas en porcelana. Creo que el propietario era un señor Alassia del que no recuerdo el nombre. Pero el café era excelente. No sé si venía de Costa Rica, Colombia o Brasil, tenía un sabor extraordinario y un aroma muy especial.

El molinillo de café nos trae siempre el recuerdo de la abuela y del penetrante y delicioso aroma del café.

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