Por Ana Paula Rosillo
Podría decirse que en nuestro país no hay otro símbolo equivalente a la escuela que el guardapolvo blanco, que representa un verdadero emblema en la mayoría de los colegios que mantienen con el transcurso del tiempo viva la tradición. El guardapolvo desde épocas inmemoriales muestra la existencia de un consenso generalizado acerca de la forma de regulación de los cuerpos en la escuela, sobre las formas en que se interviene, sobre cómo se muestran y se mueven los cuerpos escolares.
Michael Foucault en “El orden del discurso” plantea un interesante ordenamiento que rige a los procedimientos externos que regulan la producción discursiva y en este sentido, hace referencia a los rituales del habla, mencionando los modos a partir de los cuales, un discurso puede ser dicho y las condiciones mediante las cuales puede circular en la sociedad. La ordenación de los cuerpos a partir del discurso impone la necesidad de formar, constituir, adoctrinar, educar y modelar. Aquí la concepción de escuela como rectora moral del “deber ser” parece imponerse y autoabastecerse. En la historia del hombre, la institución académica, impone un modelo de sujeto que se atiene a las épocas, al contexto y la sociedad en la que está inserto.
CUESTION DE GENERO
Uno de los personajes de nuestra historia que se postula como inventor de los delantales blancos es Pablo Pizzurno, destacado educador con larga carrera en el sistema educativo. En este sentido, plantea Inés Dussel que era un inspector general de escuelas para Capital Federal cuando formuló su queja sobre los vestidos lujosos que usaban las alumnas para ir a la escuela en 1904. “Según Pizzurno, reiterando un tema central de la moralidad de la época, más bien represiva y pacata, había que sospechar del lujo y la ostentación en las mujeres, porque se centraba en la frivolidad y porque el amor a los vestidos caros potencialmente podía llevar a oficios non sanctos”.
Otra de las cuestiones que estuvo muy presente para marcar un código de vestimenta en las escuelas fue la cuestión de género. La queja sobre la peligrosidad del lujo y la ostentación hizo que Pizzurno recomendara el uso del delantal igualador, señala Dussel, tomado al parecer de una clase de trabajos manuales ventajas de orden, morales, económicas, higiénicas y hasta estéticas que se le reconocen.
AUTORIZACION
Corría el año 1915 cuando por decreto se promulga la autorización y recomendación del uso de delantales blancos para el personal docente de las escuelas de la Capital del país. Primeramente los docentes debían dar el ejemplo del régimen ético y estético que tenían que adoptar los niños y sobre todo las niñas. “Los delantales rápidamente «colonizaron» las formas de vestirse de los niños y los adultos en las escuelas públicas”.
El gobierno de Yrigoyen en 1919 establece que las cooperadoras escolares provean los guardapolvos en el caso de las familias que no pudieran comprarlos. Mientras en otros países como Francia el guardapolvo era de colores oscuros, en el nuestro simbolizó la pureza, la igualdad y la inocencia, aunque también permitió detectar rápida y fácilmente la transgresión, evitando de este modo el juego, la movilidad y la experimentación más libre. Inés Dussel en un artículo referido al tema recuerda que “sumada su blancura a la persistencia del énfasis en la prolijidad y la higiene, el guardapolvo parece ser más bien una superficie que permite ejercer un control inmediato, económico y efectivo sobre los cuerpos infantiles y también los cuerpos docentes”.
PARECIDO A
LOS MEDICOS
Hay asociaciones que son casi inevitables, aquella que resulta ser tal vez la primera se impone mediante la similitud con el vestuario de médicos y enfermeras. Se creía que el blanco era el mejor color para la ropa higiénica, por ser un buen conductor del calor y ser liviano, además de ofrecer cierta facilidad lavable que le permitía garantizar la limpieza. La pulcritud y la claridad, daban lugar a que la prolijidad fuera evidente y manifiesta, otorgando a la inspección diaria de los escolares eficiencia y efectividad. Aunque el guardapolvo no reconozca un autor, si presentó un proceso de composición realizado por varios actores, que propusieron una medida igualadora e higiénica. La masividad que deslizó su imposición en las escuelas estuvo acompañada por las cooperadoras escolares. La igualdad, la disciplina y la regulación de los cuerpos en el interior de las aulas fue un elemento esencial que adoptó significación en esta vestimenta. Dussel señala que “la historia de los guardapolvos escolares no es solamente la de la democratización de la escuela... también fundaron exclusiones, impusieron jerarquías y desigualdades de género, sociales, raciales y culturales”.
Vale esta reseña para volver la mirada atrás y recordar cuáles fueron los móviles centrales que inspiraron la utilización de uno de los recursos escolares más utilizados en la educación pública argentina, así como también entender sus cualidades estéticas y sus significaciones menos visibles y más profundas.
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