Por José María Flores
Lo conocí “allá” por los años sesenta, donde funcionaban los viejos Tribunales, en la calle Belgrano, un viejísimo edificio, con muchas puertas y ventanas y sólo dos o tres llaves. Cuando llovía siempre nos acosaba la duda de decidir si nos íbamos a mojar menos en el patio, que bajo el techo de las oficinas… Me llamaba siempre mucho la atención la cantidad de gatos que había en ese lugar dedicado a la administración de justicia, hasta que un día comprendí lo que pasaba, cuando vi aparecer a dos jóvenes empleados, Roque Fontaneto y Omar Vecchioli, trayendo bofe e hígado, envueltos en diarios viejos. Como dos expertos cirujanos, trozaron ese “material orgánico” y se lo daban como comida para esa gran cantidad de felinos que habitaban el lugar, argumentando que estos animalitos debían estar fuertes para combatir a los ratones que se comían los expedientes…
Esto ocurrió hasta el año 1969, momento en que nos trasladamos al actual edificio de Tribunales, sobre calle Alvear.
Roque era una persona muy respetuosa, defensor de la libertad, de los derechos humanos, con una formación ético-moral, de alto grado de excelencia, que me llevó a pensar que esa conducta no podía haberla aprendido de nadie, sino que le vino así de fábrica.
Jamás vi o supe de un funcionario público, que haya trabajado tanto, que haya honrado tanto a su cargo como defensor general de pobres e incapaces, siendo un ejemplo militante del principio legal: “todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario”.
Verlo actuar con tanta generosidad, bondad y siempre ayudando al prójimo haciendo lo imposible para aliviar a quienes más necesitaban, me llevó a preguntarme: si Roque es así, ¿cómo serán los santos?
Conocimos que siempre donó el diez por ciento de sus haberes a entidades de bien público. Es más, una vez recuerdo que luego de haber cobrado un retroactivo, andaba por los pasillos de Tribunales, preguntando a sus compañeros de trabajo si alguien precisaba dinero.
Cuando uno pasaba frente a Tribunales a altas horas de la noche (incluyendo sábados, domingos y feriados), y observaba luces encendidas, era porque Roque estaba trabajando.
Quién no lo recuerda solicitando por ejemplo alimentos, ropa, medicamentos, audífonos, marcos para anteojos, zapatillas, útiles escolares, etc., todo para la gente que más necesitaba. Incluso con un grupo de gente que conocía, mandaba parte de las cosas que recolectaba al norte de nuestra provincia para los carenciados. Integraba una familia maravillosa (y numerosa) con nueve hijos y una esposa que lo acompañaba en todo.
Además de la dedicación a sus tareas laborales específicas, se daba tiempo para participar de reuniones en Cáritas, Veo por Ti, ir a misa, jugar al frontón y de vez en cuando un partido de fútbol.
A propósito de esto último, una vez hicimos un partido de fútbol en la cancha de Peñarol, jugando para nuestro equipo personas de la talla de Américo Tosello, Néstor Maina, “Pocho” Bosco, Omar Vecchioli, el “Ruso” Frenquelli, el “Negro” Montiel y Enrique Oscar Bovaglio entre otros. Roque, era un veloz wing derecho y convirtió un gol, siendo festejado con abrazos por parte de sus compañeros de equipo y adversarios. A los cinco minutos de esa conquista, se acercó al banco de suplentes para que lo reemplacen, diciendo que… “todos deben jugar”. Eso es generosidad.
Roque Fontaneto tenía un humor refinado y algunas anécdotas así lo demuestran. Pasaba todos los martes por la Oficina médico forense para pesarse en la balanza y luego de hacerlo expresaba: “por lo que acusé en la báscula estoy para una pelea por un título mundial”.
Por una afección ocular viajaba a Buenos Aires y luego de ir al oftalmólogo y tomarse el tren “La Estrella del Norte” hacia Rafaela, pasaba por el gimnasio del Luna Park. En una de esas visitas nos encontramos en el Luna, al momento en que estaban entrenando Carlos Monzón, Víctor Galíndez, Oscar “Ringo” Bonavena, Saldaño y Nicolino Loche. Roque se me acerca y murmurándome al oído me dice: “este muchacho Bonavena, ¿no se animará a hacer un par de rounds conmigo?”.
Siempre ante la presencia de un problema, fuera cual fuere su envergadura, el diálogo con Roque transmitía mucha paz para encontrar alguna salida. Una anécdota más. Una vez se estaba casando una parejita y en un momento previo a dar el “sí quiero”, el novio se fue corriendo del Registro Civil. Los familiares de la novia (incluyendo a ésta), fueron a verlo a Fontaneto como Defensor General pidiéndole que lo detenga al novio, que lo meta preso, otros le gritaban que había que matarlo… y frente a tantos nervios y ofuscación, Roque con una tremenda paz, les contestó: ¡pero qué le habrá pasado a este pobre muchacho!!, poniendo paños fríos y calma a esta situación.
Falleció habiendo gozado sus primeros 64 años de edad. Si la verdadera muerte es el olvido, no es el caso de Roque dado que sigue presente entre nosotros. Cuando observo los nombres de muchas de nuestras calles, plazas y avenidas, pienso que el nombre del Dr. Roque Fontaneto, podría honrar a algunas de aquellas. Así la ciudad se vería honrada con el nombre no sólo de un ciudadano ejemplar, sino además de un funcionario judicial ejemplar, Defensor General, entregado sin reservas a los más necesitados.
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