Por Ana Paula Rosillo
Miguel Angel Solá y Daniel Freire visitarán nuestra ciudad, ambos actores se alojarán en Parra Hotel & Suites para luego presentar “El veneno del teatro” este miércoles 13 de marzo a las 21:30 horas en el Teatro Lasserre. La boletería ya está disponible, de 18 a 20. El Centro Ciudad de Rafaela presentará esta obra de Rodolf Sirera con versión de José M. Rodríguez Méndez y dirección de Mario Gas.
-¿Cómo surgió la idea de hacer "El veneno del teatro"?
-Fue una idea de los que se asociaron para producirla, cuya nómina completa se detalla en las gacetillas, supongo. Surgió del hecho de cumplirse los treinta años de su estreno en Madrid. Luego fue convocado el director, y por último, Freire y yo, ya que era una obra pensada para hacer en Buenos Aires.
-¿Cómo fue el proceso creativo?
-Intenso; de muchas horas y poco descanso para asimilar esa intensidad. Me encantó ver cómo evolucionaba Freire ante unos criterios alejados de lo que yo acostumbro transitar. A mí me costó bastante asimilar formas y texto; porque mi proceso, acostumbrado a la libertad, a la improvisación, y al juego libre, fue hasta penoso en relación al avance de Daniel. Yo suelo considerar jamás terminada la tarea, la búsqueda; el encanto del libre albedrío que me ofrece desde hace cuarenta años el escenario es la mayor tentación. Y si no encajo con el método, encajo cuando cobra sentido el teatro al aparecer el espectador. Soy incapaz de memorizar sin comprender, soy impotente ante la repetición por deber; y admito y busco la inseguridad como poder creativo; y este se ve redoblado con la aparición del público, que me obliga a resolver más dudas y multiplica mi energía y mi capacidad de imantar. Fue el público el que me hizo crecer y hacer verdadero el trabajo. Me apoyé en mi compañero, es verdad, más que en la obra y en la dirección. La verdad es que el trabajo durante años con Manuel González Gil (veinte) me ha hecho creer en un solo método, el del teatro en movimiento, los otros que he conocido son más efecto que causa.
-Si bien la obra plantea un juego entre la realidad y la ficción y promueve la idea del teatro dentro del teatro, ¿cuál fue tu motivación dentro de este trabajo escénico?
-Comer el primero. Poder mantener mi techo alquilado y pasar dinero a mis hijas el segundo. El tercero fue la niña que está por venir, que tiene derecho a no pasar los sobresaltos que he pasado en estos últimos tiempos. Por último, hacer un buen trabajo, del que todos hablaran sentidamente bien. A los sesenta y dos años he tenido, por necesidad, que invertir el orden que siempre me guió. Igual me salió bien. Sigo teniendo mis capacidades intactas.
-La obra a través de estos dos personajes pone en cuestión la idea del poder y la manipulación. ¿Qué lectura podrías hacer del poder y la manipulación en este tiempo, en los días que corren?
-No ha cambiado en nada. El poder mata y el manipulado muere. A menos que el poder incite a la vida, en cuyo caso no cabría la manipulación. Pero, creo que las esperanzas humanas no pueden estar colocadas en el poder. El poder exige obediencia a su mando; quien sabe que la libertad es un útil, no un concepto abstracto, tiene la obligación de ilegitimar a los que creen tener más derechos y menos obligaciones que los demás.
-¿Tenés algo en común con el personaje que interpretás?
-Sí, las formas físicas, las funciones vitales, que en eso nos solemos parecer mucho la mayoría de los adultos de esta especie tan adulterada.
-¿Cuáles son los personajes que más te motivan o te interesan si es que hay un prototipo... o alguna preferencia?
-No este, que es un engañador de los sentidos, un coleccionista de espasmos viscerales, un maniático y un impotente, como tantos criminales con más posibilidades que sus víctimas en la vida. Me gustan los seres que nunca me ofrecen, los útiles a la especie: médicos, maestros, filósofos, artistas, desesperadamente empeñados en validar la gloriosa verticalidad humana, esa que se animó a separar las manos del suelo para salvarse, no para aniquilar ni para profesar culto al miedo.
-Considerando tu extensa carrera en el teatro, el cine y la TV, si tuvieras que definir rápidamente estos medios de comunicación, ¿cómo lo harías, qué ves en ellos hoy y cuál de todos te resulta más placentero?...
-En el teatro nadie puede esconder sus mediocridades. Es la base, el principio y el fin del actor. Cine y TV son juegos de demasiados como para que el actor sea responsable de lo que hace. Todo lo eligen por él, hasta aquellos que no saben hacer un puré de papas. La radio es el teatro de la mente, por eso está prohibida para el creador, y, entre ellos, el actor.
-Luego de 13 años en España, estás de regreso en Argentina con “El veneno del teatro” y varios proyectos de TV, ¿cuáles son?
-Ahora se estrena “Germán, últimas viñetas”, tiempos finales del creador de “El Eternauta”, Germán Oesterheld, uno de los más grandes escritores de historietas de todos los tiempos. Torturado, muerto y desaparecido por la dictadura cívico-militar que asoló al país entre el 76 y el 83. No sólo él, sino sus cuatro hijas, dos de sus yernos y varios nietos, siendo el caso más aberrante de exterminio familiar en ese período vergonzoso para cualquier sociedad que se precie de civilizada. Pero no nos habla de eso la serie, sino de cómo un hombre puede influir con su capacidad en la conducta de aquellos que ignoran la propia capacidad. Tengo muchas ilusiones puestas en esa serie. También hice en Santa Fe una participación en “¿Quién mató al Bebe Uriarte”?, que no sé cuándo se estrenará. Y he colaborado, actuando, en tres libros del ciclo “Historias de corazón” que encabeza Virginia Lago. Poco en tanto tiempo de ausencia, pero lindo.
-¿Te entusiasma volver a la TV?
-Sí. Hay dos generaciones que ignoran quién soy, y, de alguna forma, debo darme a conocer, si quiero seguir comiendo de esto, ¿no te parece?
-¿Cuáles son tus convicciones más definidas o aquello que para vos es inmodificable?
-Ahí donde ella esté, ese será el Edén. Hablo del amor, claro.
-Por último, ¿cuáles son tus proyectos a futuro?
-Seguir adelante, que no es poco.
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