Por Ezio Ricci
De las últimas conquistas culturales e intelectuales del siglo XIII brota el arte de los primeros años del siglo XIX, que se bifurca en dos corrientes sólo en apariencia opuestas y contradictorias; el neoclasicismo y el romántico.
El siglo XIII ha pasado a la historia sobre todo como la época de la frivolidad galante, de las cosas superfluas, delicias y refinadas, más; sin embargo, antes de concluir, trasmitió a la centuria que le seguía una extraordinaria herencia espiritual que debe considerarse como la base de la cultura moderna: el movimiento llamado humanismo o ilustración, que tomó cuerpo en Francia por obra de los enciclopedistas.
La fe en la universalidad y perfección de la razón y en las infinitas posibilidades del conocimiento del hombre, por una parte, y, por la otra, la pureza de la naturaleza humana en su estado salvaje, son los conceptos fundamentales de aquel gran movimiento filosófico y cultural. Como consecuencia de esos presupuestos, la cultura de la Europa del siglo XIX estará configurado por dicho movimiento, incluso en sus manifestaciones artísticas. Una intensa y fructífera actividad en el campo arqueológico caracteriza el período que se encuentra a caballo de los dos siglos; se descubre la sepultada civilización de los etruscos, las excavaciones revelan, milagrosamente conservadas, las ciudades de Pompeya y Herculano.
Con su sugestiva arquitectura y sus bellísimas pinturas murales, del suelo de la Sicilia Griega y de la élade retornan a la luz las obras maestras del arte Elético, y nuevas y fascinantes campañas arqueológicas revelan los tesoros de las antiguas civilizaciones mediterráneas del Egeo y del medio Oriente. Esto determinará, en concomitación con la reacción contra la inútil melindrosidad del rococó tardío, un justificado entusiasmo por las antiguas y puras fuentes del arte, un clima cultural íntimamente impregnado de clasismo.
Roma y Atenas son los dos grandes centros luminosos de una civilización que se quiere hacer revivir modernamente en los cuadros y en las esculturas, en la arquitectura y en el moblaje. El antiguo ideal de bellezas y de armonías, de proporción y de equilibrio, es replanteado ya a través de las obras, ya a través de los escritos teóricos que buscan fijar las reglas y los principios aptos para conseguir al mismo tiempo, esa confianza en la razón que, propugnada por el Humanismo, alimentaba la investigación de tantos hombres de ciencia y pensadores, también en la base de los estudios artísticos, y puesto que la razón exigen la claridad y el rigor, y se proponen fines de universalidad, también el arte será sobrio, riguroso, y tenderá a crear valores universales.
De la enciclopedia Arte rama.
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