Por María Florencia Forni
Cada vez son más los rafaelinos que se acercan a talleres de arte, como teatro, música, danza, pintura, cine, fotografía, literatura, escultura... ¿A qué se debe esta tendencia?, ¿Por qué los niños, hombres y mujeres sentimos la necesidad de expresarnos a través de las distintas manifestaciones artísticas?
Con el fin de responder algunos interrogantes, LA OPINION entrevista a coordinadores de talleres de arte en Rafaela. Y este es el turno de Gustavo Poggi, quien desde hace siete años coordina talleres de teatro para jóvenes y adultos, y desde hace treinta, participa como actor en obras de teatro, cortometrajes y películas.
ESPEJO DE
UNO MISMO
-Cuando una persona comienza un taller de teatro, ¿cuáles son las expectativas que suele manifestar?
-Las motivaciones que manifiestan son diversas: el gusto por el teatro que van alimentando como espectadores; vocaciones que se manifestaron en la niñez y fueron en parte satisfechas en los actos escolares; búsqueda de grupos humanos para relacionarse socialmente; búsqueda de una actividad que les permita romper la rutina diaria; y en algunos casos como ayuda terapéutica (inclusive por recomendación profesional). Las expectativas giran, en un principio, alrededor de los logros relacionados a las motivaciones que los llevaron a acercarse. Pero luego de un tiempo, en algunos de ellos se empieza a manifestar un verdadero interés en la práctica del teatro como actividad artística, y como tal, expresiva y política.
-¿Qué suelen encontrar los participantes en el espacio del taller?
-En los talleres que coordino pueden encontrarse una serie de actividades a través de las cuales se descubren y aprehenden las herramientas necesarias para el oficio. En ese sentido, es importante el lugar desde el cual se coloca quien está a cargo del grupo. No es el mío el lugar de docente transmisor de conocimientos. Además, en el caso específico de la actuación la transmisión de conocimientos suele ser la mayoría de las veces inconducente, ya que su aprendizaje es exclusivamente práctico.
-¿Qué elementos expresivos y qué técnicas tratás de estimular en los alumnos?
-El entrenamiento técnico y expresivo de la voz (desde el año pasado a cargo de Susana Valenti) y del cuerpo, y el desarrollo de las capacidades de improvisación y de concentración, son los ejes sobre los que giran las actividades del taller.
Y DE LA SOCIEDAD
-El sociólogo francés Jean Duvignaud sostiene que una sociedad hace teatro porque necesita repensarse a sí misma. Y tomando conciencia de la crisis que atraviesan los tradicionales sistemas político, judicial, educativo, ¿creés que es tiempo de construir y llevar a la práctica nuevas ideas?
-Las crisis que mencionás se presenta cada vez con mayor asiduidad. Creo que, afortunadamente, las sociedades se piensan y repiensan a sí mismas constantemente, la historia da cuenta de ello. Tal vez por eso el teatro y el arte continúan pensándose y repensándose a sí mismos con la misma asiduidad y constancia. De hecho el cambio en los paradigmas de pensamiento es lo que provoca el cambio en los paradigmas del arte. Creo que una actitud atenta, abierta y crítica ante los cambios puede llevarnos a una evolución constante de nuestro arte. Pero no hay que confundir cambios de paradigma con modas o tendencias, las cuales son siempre efímeras y poco aportan a esa evolución.
EXPERIENCIA
PERSONAL
Haces treinta años que Gustavo Poggi se dedica a la actuación, habiendo participado en numerosas obras de teatro, cortometrajes y una película que próximamente se estrenará en la ciudad (“Lo que sabe el cuerpo”, de la planta cinematográfica).
-¿A qué edad empezaste a actuar? ¿Qué significa el teatro en tu vida?
-Comencé mi actividad a los trece años, buscando una ocupación que calme mis inquietudes, no habiendo tenido buenas experiencias, anteriormente, con otros lenguajes artísticos como la plástica y la música. Fue una experiencia muy fuerte la de mi primera clase de teatro. Salí esa noche de allí, sin saber todavía bien de qué se trataba (algo que fui descubriendo recién con el paso de los años), pero con el íntimo convencimiento de que había encontrado algo a lo que me iba a dedicar el resto de mi vida. Fue en al taller de teatro del Liceo Miguel Flores, en ese momento a cargo de Higinio Beccaría y el Dr. Emilio Comtesse, y unos años después a cargo de Marta Bustamante. Fueron épocas fundamentales para mi formación. Allí, como tantos otros teatristas de la ciudad, aprehendí las primeras herramientas para este oficio.
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