Por Julio Armando
Durante mucho tiempo los estados municipales han ignorado o minimizado la problemática de sobrepoblación animal (perros y gatos), aplicando políticas parciales, ineficaces, antieconómicas y antiéticas. Políticas que en cierta manera perduran y, si bien puede avizorarse alguna apertura al cambio, todavía falta bastante.
Parciales. Durante mucho tiempo el tema de los animales fue visto como un problema “sectorial” de un grupo de personas a las que “les gustan los perros”. Y no como un tema complejo que afecta a toda la sociedad. Esto llevó a que no se incluya la problemática de la sobrepoblación animal en políticas globales de salud pública; ni mucho menos de seguridad vial o educación. Por ende las acciones que se llevaron adelante desde el Estado fueron esporádicas, descoordinadas y siempre puestas en un segundo plano (escasos recursos y poca logística). Se apeló por lo general al voluntariado de ONGs y no al rol protagónico que debe tener el Estado en estos casos.
Ineficaces. Amontonar perros en caniles, no sólo no ha disminuido la cantidad de animales en las calles, sino que además ha generado sobre población en las perreras. El hacinamiento en estos lugares es evidente, por más que muchos municipios intenten ocultar la situación; incluso restringiendo el ingreso de las protectoras a esos sitios de reclutamiento. Tampoco se puede ocultar la cantidad de muertes que ocurren en “los refugios” producto del mismo hacinamiento. Animales que se pelean sufriendo heridas mortales, que bajan su calidad de vida y decae su estado de salud, enfermedades que se propagan más rápidamente o simplemente perros que “mueren de tristeza” por un abandono que se perpetúa en el tiempo. Mientras tanto; afuera, en la calle, el mismo problema: cientos de animales que se siguen reproduciendo.
Antieconómicas. El presupuesto de las perreras, por las razones antes expuestas, crece exponencialmente. Cada vez son más los fondos que deben asignarse desde el Estado para intentar sostener estos lugares. Lo cual es lógico que ocurra. Pero, ¿qué hubiese pasado si todo ese dinero se habría invertido en programas de castraciones masivas, gratuitas y sistemáticas? ¿No hubiese sido una inversión a largo plazo mucho más efectiva? ¿Por qué los ciudadanos deben sostener económicamente un lugar que no contribuye a dar soluciones definitivas? ¿Por qué el Estado decidió por mucho tiempo “gastar” en lugares de hacinamiento, muerte, abandono y no “invertir” en campañas, castraciones, educación y prevención?
Antiéticas. Dudo que exista una perrera en nuestro país que no esté sospechada de maltrato animal o desaparición forzada de los mismos. Son innumerables los informes en los medios de comunicación que grafican esta problemática, como también incontables la cantidad de denuncias de parte de protectoras hacia los Estados municipales. Las “sospechas de muerte” que existen sobre estos sitios se agravan cuando se impide la participación de instituciones intermedias para que ayuden a controlar el tema. No se puede tener un doble discurso: por un lado hablar a favor de la vida en todas sus expresiones y por otro sostener lugares de hacinamiento con animales sin calidad de vida.
Las perreras, denominadas de manera más simpática “refugios de animales”, son la muestra cabal de la falta de acciones estructurales de parte del Estado para tratar de darle una solución de fondo al tema de la sobrepoblación animal. Lo que pretendía ser una solución, termina siendo parte del problema. La captura masiva de animales callejeros lo único que pretende es esconder el conflicto, sacarlo de la vista. “Sino lo veo, no existe”. Un Estado que se trasforma en reclutador de seres que molestan a la estética de una ciudad.
Se necesitan políticas integrales, eficaces y que respeten la vida por sobre todas las cosas. Se necesita un Estado activo en educación, concientización, castraciones, promotor de adopciones. Un estado que no vaya en busca de engrosar los refugios de animales para sacarse el problema de encima u ocultarlo. Un Estado que pueda abrir esos espacios a la comunidad para buscar soluciones de manera conjunta. Un Estado que vaya por más castraciones y menos refugios. De otra manera el costo ético, moral, económico seguirá siendo muy alto.
julio-armando.blogspot.com
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