Por Redacción
Por Rodolfo Zehnder y Federico Albornoz. - Tuvimos el privilegio de asistir al penúltimo de la serie de cinco recitales que Bob Dylan brindó en Buenos Aires, en el marco de su Never Ending Tour. Fue, a decir verdad, una experiencia fascinante, y así lo interpretaron las varias generaciones que se dieron cita para admirar a esta leyenda viviente, a este artista que hizo un despliegue de talento indomable.
En la hora cincuenta que duró el show, Dylan prácticamente no habló (sólo una brevísima referencia final, a modo de presentación, de los eximios músicos de su banda). Mejor dicho: habló a través de su música impactante, fuera de todo parangón y resistente a comparación alguna.
Dylan sorprendió a cada instante: en la elección de los temas (siempre distintos en cada show), y en el abordaje de los mismos (la improvisación creativa estuvo siempre presente). Si alguien esperaba escucharlo de la forma en que los interpretaba años atrás, se llevó una gran sorpresa (o no entendió al personaje). Dylan cantó temas clásicos, sí, (aunque no demasiados) pero en forma totalmente distinta, recreándolos.
Esa es quizá su característica principal y que hace de él un talento especial: Dylan se recrea a sí mismo, es el demiurgo que inventa, que sorprende, que improvisa, que desafía constantemente a sus músicos obligándolos a resolver sobre la marcha, con creatividad y enorme talento también, las variaciones que el artista decide a cada momento.
El Gran Rex también contribuyó a la grandeza del show, con su atmósfera intimista y cercana al escenario, creando un microclima mucho más acorde para la música de Dylan que en sus anteriores visitas en estadios abiertos.
Si el Dylan de hoy parece menos contestatario que el de la década de los 60, ello es sólo en apariencia: su música es en sí contestataria, desafiante, porque es innovadora, porque no responde a clisés ni paradigmas preestablecidos, porque no está “instalada”, porque busca siempre nuevos horizontes. Y al decir música incluimos las letras, la inmensa poesía, impregnada de surrealismo, contenida en sus obras, que le valieron su repetida y aún no lograda nominación para el Nobel de Literatura.
Con un palpable buen humor, Bob alternaba su posición central con la de mero acompañante, a un costado del escenario, tocando un viejo órgano, confundiéndose como uno más de la banda. Recientemente comentó que el lugar donde si siente más cómodo es arriba del escenario, y ello se notó.
Si su voz enronquecida hoy por los años (en junio cumple 71) provoca algo de nostalgia por su estridencia de 50 años atrás (aunque mantiene su encantadora pésima dicción), ello no provoca en modo alguno desilusión, sino que hasta parece acorde a la evolución de su música.
Hubo varios momentos rayanos en la perfección, como en “The leeves´s gonna break” , “A hard rain´s gonna fall, y “Tangled up in blue”, que el público siguió en silencio, cautivado y shockeado, hasta que los gritos de “Maestro!” invadieron el recinto.
Dylan concedió un solo bis. Sin demagogia alguna, se despidió silenciosamente como había ingresado (puntualmente a horario). Insinuó una sonrisa y un leve saludo final con las palmas extendidas y un aire de satisfacción por la tarea cumplida. Cuando las luces se encendieron marcando el irremediable final de esta única experiencia, nos retiramos todos en silencio, felices y estupefactos, sabiendo que lo que acabábamos de vivir difícilmente lo olvidemos. Vimos a un mito viviente (quizá por última vez), a un revolucionario huidizo, imposible de encasillar; a un talento indomable que, con autoridad aplastante, nos recordó que la música es mucho más que la combinación de sonidos, sino que va unida a la palabra, a la poesía, a la vida misma.
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