Por María Florencia Forni
“La alumna, en un arranque de sinceridad antes de abrir las calificaciones que le entregaba su tutora, le dijo: “-Maestra, por más que me esfuerzo, siempre me distraigo en clase, vuela mi imaginación, pierdo el interés por la materia que explica, dibujo más que atiendo, invento otra manera de hacer las cosas en lugar de ceñirme a sus instrucciones, me dan ganas de jugar y reír, critico todo lo que da por cierto, me aburre la repetición…”
La maestra sonrió y le hizo abrir el boletín de notas. Ocupando todo el espacio donde debían estar las calificaciones, escribió sólo un par de palabras: “Sigue así”.” (Carmen del Sol, publicado en planocreativo.wordexpress.com).
Cada vez son más los niños y niñas que no logran adaptarse al sistema educativo tradicional, y en muchos casos no se trata de un acto de rebeldía. Como afirmaba Jean Jaques Rosseau: “La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras''.
Por ello quizás, posibles respuestas a los interrogantes que nos plantea el cuento (y a los que nos plantea la realidad que solemos vivir los docentes en las aulas y los padres en los hogares), sólo las encontraremos respetando el proceso de desarrollo de los niños y los adolescentes, y convirtiendo la educación en un acompañamiento de la vida.
Educación y Convivencia
Que la educación sea un acompañamiento de la vida, no es tarea exclusiva de docentes.
Los padres se implican en la escolaridad de su hijo o hija cuando se interesan en lo que ellos cuentan de su día de clase, mirando y firmando los trabajos llevados en la casa; también estimulando actividades creativas y artísticas, desarrollando el placer por la lectura, despertando su curiosidad.
En un artículo científico titulado “Educación para la Convivencia”, la Doctora en Psicología Ursula Oberst, explica: “Para una convivencia adecuada es esencial que haya unas normas mínimas; algunas de estas normas serán “universales”, es decir básicas en cualquier convivencia humana, y otras serán particulares para cada familia, cada clase y cada grupo. A medida que el niño madure, tendrá un papel más activo a la hora de establecer estas normas. Establecer normas también implica elaborar las consecuencias de su infracción (…) y aunque las normas puedan ser distintas para adultos y para niños, el adulto que infringe las suyas también debe asumir las consecuencias establecidas. Se recomienda formar un “Consejo de Familia” (Consejo de Clase en el caso de escuelas) que se reúna con regularidad o a petición de uno o varios miembros para formular y ajustar las normas o para hablar de las dificultades que surgen en el grupo”.
“Se ha dicho mucho últimamente – sobre todo también pensando en las madres que trabajan fuera de casa – que no importa tanto la cantidad de tiempo dedicado a los niños, sino su calidad, pero sin un mínimo de cantidad – tanto por parte de la madre como del padre - la calidad de una Educación para la Convivencia no se puede conseguir. Hay que tomarse tiempo para escuchar realmente al niño, dejar que hable, que se exprese, que se tome el tiempo necesario para decir las cosas a su manera; hay que hablar CON el niño y no AL niño, buscando una verdadera interacción y conversación. Y además, hay que pasar un tiempo de ocio con los niños. No sólo hay que dedicarles tiempo cuando algo va mal actuando de “apagafuegos”, sino hay que pasárselo bien con ellos, jugar, salir, divertirse, etc. Que disfruten padres e hijos, maestros y alumnos, es la mejor base para una relación de calidad, para tener y aumentar la confianza y el respeto mutuos y para actuar de manera correctiva y eficaz cuando surja algún problema”.
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