Por Redacción
Se avecinaba el último fin de semana largo, del 17 al 20 de marzo, cuando unos amigos me invitan para asistir al recital del indio Solari en Salta. Luego de meditarlo un lapso (la verdad es que no me gusta mucho el estilo del músico) acepté la invitación con la condición de salir el miércoles a la noche, para darle forma de mini-vacaciones a este plan. Consensuada con el grupo esta propuesta, partimos cerca de las 21 horas, en vistas de un viaje más distendido, dado un tráfico menos denso y que mi auto no tiene aire acondicionado.
Desde Rafaela a Salta hay unos 950 km, así que calculamos llegar en unas 11-12 horas en función de las paradas y las condiciones de tiempo y tráfico. Con todo entusiasmo y alegría, sobre todo para mí que hace tres años no salgo de vacaciones, partí junto a 3 amigos conmigo y otros 3 en otro vehículo.
Luego de pasar Sunchales comenzó a llover despacio y unos kilómetros más adelante a raudales, lo cual complica el manejo en una ruta normal, y transitando ruta 34 se puede decir que es como jugar ruleta rusa con 4 balas en el tambor.
DESCARGO
El calificativo vergüenza para una ruta nacional que atraviesa medio país hasta Bolivia creo que es insuficiente. Es una ruta de más de 40 años, con el agravante de que el tráfico vehicular particular, los camiones a partir de la casi desaparición de los trenes de carga, y la circulación de los ómnibus es hoy, como mínimo, el triple. Hace 40 años el mantenimiento de la ruta estaba a cargo del Estado nacional, a partir de 1990 está a cargo de concesionarios privados que cobran, además del peaje, subsidios millonarios que provienen de todos los habitantes argentinos contribuyentes.
Como es sabido por todos los que han transitado esa cinta asfáltica, su estado es deplorable, como decía en el párrafo anterior en condiciones meteorológicas normales es difícil conducir, con lluvia no alcanza el grado de experto al volante.
Insuficiencia de señales, falta de pintura delimitando los carriles, banquinas en pésimas condiciones, espejos de agua que producen el ominoso efecto ‘aquaplaning’, rotondas sin iluminación, vehículos con luz trasera deficiente o inexistente, y la lista podría continuar pero dejémoslo ahí, por ahora.
En definitiva continuamos nuestro arriesgado periplo a baja velocidad y los ojos bien abiertos.
En La Banda, hacia Tucumán, nos recibe el primer control policial en la aduana provincial, y donde se me encuentra en falta por no poseer la verificación técnica vehicular y por lo que me hago totalmente responsable. No voy a utilizar lo siguiente como excusa, pero sí en forma aclaratoria, que trabajo de lunes a sábado a la tarde inclusive y que en Rafaela no contamos aún con esta oficina, así que tendría que perder una media jornada de trabajo para hacer este trámite en otra localidad y abonar aproximadamente ochenta pesos.
La cuestión es que este funcionario del estado provincial, ante la falta de la VTV me invita a ingresar a su oficina y podrán conjeturar ustedes sus intenciones. El mismo comienza su acto con una parsimonia de tortuga anestesiada, saca de un cajón del escritorio un acta y la introduce en una vieja máquina de escribir haciendo un monólogo muy bien ensayado, del tipo que tendría que demorarme unas horas por esta infracción y que además esta equivaldría a 500 litros de combustible, salvo que… y es donde yo pregunto y me sugiere que le pase doscientos pesos y se olvidaría del incidente.
Para el regreso tomamos la nacional 9 hasta Rosario de la Frontera y luego la 34 en el trayecto que habíamos eludido en la ida, unos doscientos cincuenta kilómetros que incluye paradójicamente la localidad de Pozo Hondo. Ese tramo se parece a una ruta bombardeada de medio oriente, con pozos tan significativos como cámaras sépticas. Más allá de esta chanza, realmente esta parte de la ruta nacional 34 es el extremo de la inoperancia y desidia, por mencionarlo de una forma sutil y benevolente hacia los responsables de resguardar la seguridad de las personas que por ahí transitan.
Tuvimos la suerte en una oportunidad, ante el frenazo que irremediablemente tuve que efectuar frente a un extraordinario pozo que era imposible esquivar, ya que se extendía sobre todo el ancho de la ruta, que nos colisione desde atrás un auto que no mantenía una distancia prudencial; y en otra, ante una situación similar no romper el auto y quedarnos varados en la nada, ya que no hay señal de celular ni de vida en esas desamparadas latitudes. No obstante el auto sufrió rotura de amortiguadores y torcedura de parrilla de suspensión, lo cual seguramente me supondrá una onerosa factura.
Pasamos por el lugar del accidente donde murieron dos chicos y contemplamos horrorizados el estado de los vehículos que quedaron sobre la otra mano de la ruta. También notamos la falta de presencia policial, la falta de iluminación en zona urbana.
En esta problemática de la seguridad vial las distintas acciones que viene tomando el Estado están agotadas. Las medidas tomadas hasta ahora y por venir seguramente, son parches ante estos problemas crónicos, a los cuales parecería nos estamos acostumbrando y observando casi con indiferencia el lunes cuando los noticieros anuncian el saldo de muertos en las rutas argentinas tras un fin de semana largo, o en período estival de vacaciones. Ya nos parece moneda corriente, como otras tantas anomalías en este país.
Los controles, aunque escasos, tampoco son una solución definitiva. Por otra parte, el Estado no puede cargar a los ciudadanos con obligaciones de primer mundo y devolver obras públicas del tercero. En este sentido, no queda más remedio que abogar por la refundación de los ferrocarriles e invertir en rutas nuevas, más adecuadas a estos tiempos.
Fue notable en nuestro pequeño éxodo percatarse que no quedan rutas, servicios apropiados, seguridad; además de una inflación galopante que se pretende encubrir (esto como dato accesorio: nuestra humilde vacación nos costó medio salario básico a cada uno, sin incurrir en ningún tipo de lujo ni despilfarro, se los aseguro); la lista de deudas diferidas eternamente por esta y las anteriores gestiones son innumerables. En el medio están generaciones y generaciones de pobladores que trabajan, sueñan y viven hasta la muerte pagando impuestos que caen en saco roto. ¿Hasta cuándo…? Depende muchísimo de nosotros.
Lic. Mariano Zurvera
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