Por Redacción
Era la mañana del domingo de Pentecostés, 21 de Mayo de 1972 en Roma y como es costumbre feligreses y turistas se agrupaban en la basílica de San Pedro, ante la primera capilla de la derecha para admirar la Piedad de Miguel Angel. Durante seis siglos este grupo escultórico de mármol que representa a la Virgen María sosteniendo el cadáver de Jesucristo, ha sido objeto de profunda veneración y se ha tenido siempre por obra maestra. Muchas generaciones permanecieron absortas ante su exquisito acabado traslúcido, el modelado delicadísimo del cuerpo de Cristo, la tierna resignación de la Madonna que tiene vuelta hacia arriba la palma de la mano izquierda, y la grave belleza de su joven rostro doliente.
De pronto hubo una conmoción: un hombre armado con un martillo saltó la barandilla del altar y descargó 15 terribles martillazos sobre la escultura antes que un bombero lograra dominarlo. Posteriormente la policía lo identificó: Laszlo Tóth, australiano de origen húngaro, de 34 años, misógino, convencido en su demencia de que Dios le había ordenado matar a la Madonna. La capilla de La Piedad ofrecía un espectáculo horripilante: el brazo izquierdo de la Virgen quedó roto por el codo y la muñeca y los dedos de la mano hecho añicos, estaba destrozada la punta de la nariz, el velo y la mejilla izquierda aparecían destrozados en varios lugares, un párpado quedó tremendamente dañado. En el piso se encontraron unos 50 pedazos de mármol relativamente grandes, 150 bastante más pequeños, e incontables gránulos de polvo. Cuando se supo la noticia una onda de dolor recorrió el mundo. Al Vaticano llovieron expresiones de condolencia, consejos y hasta dinero que enviaban por igual cristianos, judíos, musulmanes, comunistas y ateos. Los peritos en arte recibieron de todos los rincones de la tierra su profundo pesar. Roma era como una ciudad que hubiera sufrido algún inmenso desastre natural. “Sería imposible hacer una restauración perfecta de la escultura”, se quejaba el diario “Il Tempo”. Pero no todos eran de igual parecer. El director de los museos vaticanos reunió un equipo de siete científicos y restauradores que durante diez meses se dedicarían en cuerpo y alma a la ingente labor de restaurar esta obra sin par del arte universal. Inmediatamente después de la detención de Tóth, “los sampietrini” como se llama a los cuidadores de la basílica, recogieron los preciosos trocitos de mármol de todos los rincones de la capilla. Por fortuna existía una copia de la Piedad vaciada en yeso, que se había hecho en 1934 para exhibirla en la sacristía. Por tanto mientras la escultura original permanecía en la capilla resguardada por carteles de madera, fue posible estudiar minuciosamente la réplica de yeso para precisar en todos sus detalles las roturas y faltantes en el original. Los restauradores trabajaron de mayo a octubre de 1972 en el laboratorio de los museos del Vaticano. Los primeros días se ocuparon en clasificar y marcar unos 200 pedazos que se habían recogido (un trozo angosto de velo de menos de 20 cm estaba estrellado en 13 fragmentos). Un día después de haberse identificado todas las piezas encontradas llegó de los Estados Unidos un sobre que contenía una esquirla de mármol de un centímetro cuadrado: un turista la había recogido inmediatamente después del atentado y al enterarse por los periódicos de la noticia comprendió el verdadero valor de aquel “recuerdo”. Todavía faltaban algunos fragmentos: dos de la fosa nasal izquierda, varias del trozo del manto que cae sobre el brazo y un pedacito del párpado del ojo izquierdo. Los especialistas en arte buscaron un material que reprodujera exactamente el color, la transparencia y la dureza del mármol original, y que al fraguar tomara la forma exacta de un molde intrincado. La reconstitución de los fragmentos perdidos se confió a la habilidad manual de Giuseppe Morresi, que trabajando con la blanda pasta rosada que se usa para hacer moldes dentales, tomó una impresión del modelo de yeso de La Piedad y otra, de la sección correspondiente a la escultura estropeada. Juntó estos dos moldes e inyectó entre ambos – con una aguja hipodérmica – la mezcla semilíquida de mármol pulverizado (de distinto color para cada fragmento). Obtuvo así una pieza de reemplazo perfecta. Quedaba por resolver un problema que constituía una tragedia: el lustre traslúcido del mármol, una de las excelencias de La Piedad, se había malogrado en varios sitios con sucias manchas negro –azuladas dejadas por la grasa que cubría el martillo recién comprado de Tóth. ¿Cómo lo resolvieron? Consiguieron un martillo exactamente igual, hicieron con él marcas en un pedazo de mármol y enseguida trataron de limpiarlas. Como el mármol es muy poroso, al tratar de quitarle las manchas con disolvente, no hacían más que extenderlas. Un día se les iluminó la lamparita y tuvieron una inspiración. Aplicaron cintas de celofán a un trozo de mármol manchado; al retirarlo salió un poco de la mancha y con aplicaciones repetidas desapareció del todo. Este fue uno de los grandes aciertos que regocijó a los integrantes del grupo restaurador.
CRONICA DE UN MILAGRO
La primera tarea consistió en quitar las manchas. Aplicaron la cinta de celofán a una de las marcas del rostro de la Madonna…pero la mancha siguió allí tan negra como antes. Consternados los técnicos concluyeron que tal vez la estructura estaba un poco húmeda.
Para comprobar esta hipótesis calentaron -durante una hora- el mármol con una lámpara de luz infrarroja y otra vez volvieron a probar con la cinta de celofán. Esta vez la mitad de la rebelde mancha desapareció ya en el primer intento. Una vez quitadas las manchas el equipo inició la reparación de los daños menos aparentes como por ejemplo los pliegues de la manga y del velo con los que esperaban ganar experiencia antes de ocuparse del rostro. El 13 de noviembre los restauradores se sintieron lo suficientemente seguros para acometer la reconstrucción del párpado, que era de la mayor importancia para conservar la tierna expresión de la Virgen. Ante la mirada de los demás, Morresi pegó en su lugar el fragmento que había fabricado en el laboratorio y lo colocó en soportes de madera para sostenerlo mientras se secaba. Todo parecía muy bien hasta que una ampliación fotográfica reveló una sombra diminuta ausente en el original. La presión de los soportes había aplanado muy ligeramente el molde. Morresi procedió a hacer otro, y esta vez, lo pegó con cinta adhesiva. El éxito fue maravilloso como lo fue también el que se logró al reemplazar dos fragmentos diminutos que faltaban del borde de la nariz. Día tras día la Virgen iba recuperando la dulzura que Miguel Angel quiso dar a la expresión de la Madre Dolorosa. Todavía faltaba un paso importante, unir el antebrazo roto. El plan consistía en unir esta pieza de 5 kilos de peso al brazo de la estatua por medio de una varilla de acero que se insertará a lo largo de todo el brazo y se pegaría en el lugar indicado. Se necesitaba para ello un método muy ingenioso para conseguir que la resina adhesiva fluyera hacia arriba por el interior del mármol hasta el hombro.
INTIMIDADES DE UN BRAZO ROTO
Estimado lector, le comento la información obtenida: el método fue el siguiente: Primero taladrar un agujero longitudinal en el brazo y en el antebrazo, luego colocar la varilla acanalada para llevar un tubo de plástico de 2 mm de diámetro y pegar los dos pedazos del brazo en el codo. Finalmente conectar en la muñeca del delgado tubo de plástico a una bomba aspirante y hacerla funcionar.
Entonces el vacío succionaría el pegamento desde la extremidad superior del tubo haciéndolo subir alrededor de la varilla y ésta quedaría firmemente adherida al mármol. Se hizo la prueba, comprobaron gozosos que el líquido amarillo subía alrededor de la varilla hueca llenando todos los espacios de aire. Tardó 3 minutos. Con mucho cuidado se colocó la varilla en el brazo y antebrazo. Los dos segmentos untados de pegamento en sus extremos se juntaron y se inmovilizaron con soportes.
Se conectó la bomba de vacío. El pegamento fue absorbido a la parte superior de la cavidad, una hora después se había endurecido por completo. Al día siguiente inyectaron pegamento a una cavidad perforada en la mano (los dedos destrozados ya habían sido arreglados en el laboratorio) y enseguida la mano se adhirió a la varilla de acero que sobresalía de la muñeca. Por fin al tercer día retiraron lentamente todos los soportes. ¿Resistiría? Sí, así fue. Un gran suspiro de alivio se escuchó en la capilla: la operación quirúrgica había sido un éxito rotundo. Por último lavaron el mármol con agua destilada para devolverle su original belleza, excepto una huella del martillo en la parte posterior del velo (que dejaron adrede como recuerdo). La Piedad volvía a ser una obra perfecta. El Papa Paulo VI dijo a los restauradores: “En verdad aquí el trabajo se ha convertido en oración”. En la fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen, el 25 de Marzo de 1973, La Piedad se mostró nuevamente a los fieles. Es trágicamente irónico que ahora tengamos que admirar la serena paz de la Madonna a través de una pantalla de cristal a prueba de balas. Porque la época en que vivimos es de violencia pero también es una época en que un puñado de hombres de paz, trabajando con acendrada devoción y con técnicas de la ciencia moderna pudieron devolver al mundo la belleza que se creía perdida para siempre.
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