Por Armando Pelaez
Sin desconocer la necesidad de un concepto operativo para fines sanitarios o colectivos, la noción de salud es ante todo un hecho interno, una experiencia íntima y personal.
Estar sano y cómo estar sano, a partir de cuáles señales o informaciones nos mantenemos sanos, es algo que se aprende. Como todo aprendizaje, tiene los matices, modalidades, variables y condicionantes que le imprime cada época, cada región, cada cultura.
Existe desde luego una dimensión objetiva –que es donde se desempeña preferentemente el médico- constituida por los cambios orgánicos comprobables, que evidencian salud o enfermedad: variaciones extremas de los signos vitales, algunas coloraciones de la piel, los trastornos severos de conciencia o de conducta, las deformaciones físicas agudas.
El aprendizaje de sentirse sanos se inicia desde el nacimiento y se refuerza mediante los niveles de alarma, que son el conjunto de señales que, una vez internalizadas nos informan qué anomalías se han detectado en el equilibrio o en el bienestar y cuándo se convierten en un síntoma que hay que corregir.
Muy pronto el recién nacido y sus padres tienen la oportunidad de debutar en el proceso. A través del ensayo y error, madre e hijo aprenden a detectar e interpretar cuándo, dónde y cómo el llanto del bebé puede tolerarse, debe desalentarse o conviene investigarse. Ante los resultados obtenidos por su llanto, se va incorporando en el infante una idea básica de bienestar, su primigenio concepto de salud-enfermedad, experimentado entonces como un conjunto de sensaciones, agradables y desagradables.
Para la madre primeriza también se establecen progresivamente las pautas de relación; es de gran trascendencia la actitud, el tono emocional o afectivo que exprese al satisfacer los requerimientos de su hijo. Todos los matices (ansiedad, resignación, rechazo, cólera, calidez, indiferencia) son percibidos por el neonato; la reacción excesivamente preocupada de la madre puede acrecentar el malestar, lejos de aliviarlo.
El sistema de señales de alarma se hace más complejo a medida que pasa el tiempo. Los preescolares y escolares disponen de un repertorio que les permite identificar y expresar síntomas, molestias, carencias y dónde localizarlas. En esas etapas ya es posible observar variaciones significativas: ante una herida en la rodilla por una caída, dos niños de la misma edad pueden tener reacciones o actitudes radicalmente opuestas, que corresponden a sus respectivas nociones de salud-enfermedad, normalidad, gravedad o alarma.
En la mayoría de los casos influye también lo que se denomina rol de género, que es el conjunto de conductas, actitudes, opiniones e intenciones que se asocian en cada cultura con lo masculino o lo femenino. Es común en este contexto esperar un comportamiento estoico del varón, mientras que a la niña se le permite, se le admite exhibir floridamente sus emociones.
Textual:
Yo soy un grano de arena, una hoja más en un árbol,
Y cada hora me enseña, y cada brisa trae algo. Silvio Rodríguez
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