Por Redacción
Sea en su versión completa, como en el Compendio o la más reciente versión preparada para los jóvenes (Youcat) -que puede ser aprovechada también por los adultos- invito y ruego a todos los sacerdotes, diáconos y catequistas, como así también a la Junta Diocesana de Catequesis a conocer, aprovechar y difundir el Catecismo que –como señala el Papa- “es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II”.
Pero una fe más sólida y arraigada necesita también del encuentro íntimo, sacramental y frecuente con el Señor Eucarístico, como nos recuerda el Papa al proponernos “intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza”. A lo largo del año jubilar hemos vivido intensas celebraciones litúrgicas y la adoración eucarística se ha ido haciendo cada vez más frecuente entre nosotros. ¡Cómo no recordar con gratitud la intensa experiencia espiritual compartida con los jóvenes durante el encuentro diocesano en el momento de la adoración eucarística del domingo por la tarde! Hemos de sentir una nueva llamada a profundizar este camino indispensable para el afianzamiento de nuestra fe que nos permita saborear qué bueno es estar con El y reconocer que sólo en El encontramos palabras de Vida Eterna. Por ello sigue como meta de nuestro camino pastoral el llegar a tener la adoración permanente de la Eucaristía en la diócesis. ¿Será muy pretensioso lograr que a toda hora, los 365 días del año, haya algún lugar en la diócesis donde el Señor sea adorado en nombre de todos nosotros? ¡Cuántos frutos de fe y caridad se seguirán de este gesto tan sencillo y escondido pero –al mismo tiempo- tan expresivo y comprometedor!
Las distintas experiencias misioneras que tuvimos a lo largo del año jubilar nos han confirmado que la fe se fortalece dándola. ¿Acaso no han sido movilizadoras para muchos de nosotros las visitas de la Virgen de Guadalupe a nuestras comunidades? ¿El testimonio de los jóvenes anunciando alegremente por las calles la alegría de ser discípulos de Jesús no ha tocado el corazón de muchos adultos con años de vida eclesial? Y podríamos seguir poniendo ejemplos. Por eso el Papa afirma: “El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso”.
El testimonio y la misión son componentes esenciales de una fe adulta y comprometida. La expresión más concreta y eficaz de nuestra gratitud por todos los dones recibidos a lo largo del año jubilar será precisamente el renovado compromiso misionero y solidario de todos y cada uno de nosotros y de nuestras comunidades. Precisamente este vínculo esencial entre una fe madura y la responsabilidad misionera es lo que ha llevado al Papa a ligar el año de la fe que nos propone con la próxima asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos cuyo tema es precisamente "La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana". Ya Juan Pablo II nos había invitado a los latinoamericanos a una evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión. Ahora el papa Benedicto amplía esta propuesta a todo el mundo, especialmente a los países de antigua tradición cristiana, allí donde la fe aparece a menudo muy tenue o en extinción. También nosotros hemos de sentirnos desafiados por esta invitación del Papa y dispuestos a responder generosamente poniendo lo mejor de nosotros y de nuestras comunidades al servicio de la nueva evangelización de nuestro territorio diocesano.
La invitación del Papa y el año jubilar que hemos compartido son motivos suficientes para asumir con seriedad y perseverancia nuestra vocación de testigos y servidores de la misión. “La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia»”.
Para el año jubilar nos habíamos propuesto mostrar con mayor nitidez el rostro solidario de la Iglesia. Gracias a Dios hemos dado algunos pasos en este sentido, tanto a nivel diocesano como parroquial. La asamblea diocesana de Cáritas ha sido un signo fuerte del camino que estamos recorriendo, sin embargo, es mucho lo que todavía podemos hacer para manifestar con creciente convicción que la fe sin obras está muerta. En este mismo sentido el Papa nos recuerda que el año de la fe debería fructificar en un renovado compromiso solidario: “El año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes -que siempre atañen a los cristianos-, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18)”. Nuestro tiempo, tan cerrado en muchos sentidos al discurso sobre Dios, sin embargo es capaz de entender el lenguaje del amor concreto. Como ya lo he señalado en otra oportunidad, el testimonio de la beata Teresa de Calcuta ha sido más elocuente y misionero para nuestro tiempo que muchas palabras pronunciadas sin el respaldo del testimonio solidario.
Al comenzar una vez más el tiempo de la Cuaresma nuestra Iglesia diocesana se dispone espiritualmente para retomar su camino pastoral con renovado impulso. Los objetivos que les propusiera al concluir nuestra última asamblea diocesana siguen marcando los cauces de nuestra marcha pastoral en comunión orgánica. La misión familiar, la misión joven y la misión solidaria estimularán la vida de nuestras comunidades para responder generosamente al llamado que el Papa nos hace a la nueva evangelización. En comunión con las Iglesias de América Latina, plasmamos así entre nosotros la misión continental propuesta por Aparecida. De esta forma queremos dar pasos decididos que favorezcan el encuentro de todos los hombres con Jesucristo resucitado, para que en El tengan vida plena. La Virgen de Guadalupe y San José nos acompañan en nuestra marcha.
Los saludo y bendigo con afecto y les deseo un tiempo de Cuaresma intenso y fecundo, con mucha docilidad a lo que el Espíritu les proponga en este tiempo de gracia y conversión.
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