Por Blanca M. Stoffel
Si algo debemos lamentar es que se hayan perdido aquellos carnavales de antaño, aquellos antiguos carnavales de serpentinas, papel picado, de elegantes máscaras y antifaces.
"Al contrario de los precedentes europeos de la forma carnavalesca-potencialmente conflictivos desde el punto de vista social- el carnaval (...) aparece regulado, controlado en un alto grado, permitido pero a la vez acomodado a las pautas de una sociabilidad legítima (...) Los festejos de carnaval de tantas otras localidades santafesinas, vigilado por la autoridad pública y limitados a ciertas cuadras de "corso" en las cuales no se podía ejercer la licencia y la vulgaridad".
Hubo una época, cuando aún con alma de pueblo, era la nuestra una ciudad alegre y de dimensiones muy modestas, en la que todo el mundo se volcaba a la calle e integraba comparsas, o aparecía con disfraces distinguidos, ingeniosos o artísticos. Se exhibían o se reconstruían personajes y situaciones del mundo real, ya fueran políticos o sociales; en estos días era todo permitido hasta desafiar por ejemplo el orden oficial, basándose en que la risa o lo grotesco burlonamente se oponían a la visión seria de la sociedad.
No había diferencias sociales de ningún tipo y si las había durante estos días y en estas fiestas no existían a simple vista pues el carnaval era una fiesta comunitaria que no creaba lazos especiales entre los miembros y los participantes.
Alonso y Vega cuenta "que en el corso de 1962 se muestra un carro dedicado a los colonos de 1890 transportando a unos cuantos hombres burdamente disfrazados en tono de jolgorio; la visión de la colonización no es allí la gesta del trabajo sino más bien la de una juerga «a la italiana», pero subyace la idea de homenaje a los pioneros". Las comparsas, en fila y de uniforme, marchaban marcando el paso, por las calles todavía de tierra, tocando sus instrumentos con mejor buena voluntad que talento.
Dirigían a las damas -con todo respeto- palabras atrevidas y con toda seriedad piropos burlescos. Si se presentaba la oportunidad, hacían un "asalto" a una casa de familia; se improvisaba un baile y la charla y la risa brotaban alegres, se tomaba una copita de licor o de vino, se bailaba una danza o dos y se marchaban.
En el diario "El Norte" publicado en ocasión del cincuentenario de Rafaela, pueden verse fotografías de comparsas como "La Estudiantina" que actuó en 1913, "La Rafaelina", "Los evadidos del Pentagrama" (1923) y nuestros abuelos recuerdan que muchos españoles que eran empleados de la Tienda "Los Vascos", cuyos propietarios eran los señores Sáenz y García, solían disfrazarse y salir con gaitas y panderetas a la calle, en divertida y típica comparsa.
Cuando los empleados de la Tienda "Los Vascos" se disfrazan para el carnaval de 1927, y concurren con sus gaitas al festejo es un "significante" testimonio de presencia española dentro de la sociedad rafaelina. Son elementos simbólicos provenientes de otra cultura, pero que se incorporan con especial deleite a la celebración popular y obtienen el aplauso unánime de la población que los observa como una instancia más de integración social.
Había quienes sacaban sus carruajes y en ellos hermosas niñas ataviadas con sus mejores galas jugaban con serpentinas -las que arrojaban desde los balcones a los carruajes y de coche a coche- y hacían trenzas de papeles que cada noche se renovaban en interminable despliegue de acordonados filamentos. Los rollos de serpentinas tenían 25 metros y sus tiras de papeles multicolores alfombraban las calles o formaban caprichosos cortinados, dando durante tres noches un aspecto original y fantástico al bulevar Lehmann, donde tradicionalmente se hacía el desfile de carruajes y comparsas.
En alguna época hubo corsos simultáneamente en bulevar Santa Fe y bulevar Lehmann, que se disputaban en forma recíproca la mejor concurrencia, las más vistosas carrozas y las más lucidas máscaras.
Un cronista desconocido evoca aquellos tiempos diciendo: "Los carnavales de bulevar Lehmann sin profusión de luces, sin autos, con victorias, sulkys, artísticas carrozas, estudiantinas, el entusiasmo sano con derroche de serpentinas, flores, muchas flores y donde los muchachos de antes, «que no usábamos gomina» cargábamos en la Victoria un cajón de serpentinas y lo liquidábamos en un par de noches".
Un aviso aparecido en "La Capital" decía textualmente: "1913 Carnaval. Pomos! Pomos! De la acreditada marca «Bellas Porteñas». Serpentinas francesas, papel picado colores surtidos". Unos años después la casa Tobías Colombo ofrecía: "Serpentinas, globitos para agua y con pito. La mejor calidad garantidos y frescos. Pomos Bellas Porteñas".
Y luego, la fiesta en el Club Social, eminentemente local, donde los antifaces de raso negro o blanco, escondían un bello rostro; donde todos eran amigos o conocidos, que se escondían detrás de inocentes disfraces. Grandes focos eléctricos iluminaban el salón adornado con espejos con marcos dorados. En el salón de fiestas las máscaras elegantes bailaban hasta la madrugada. La animación no decaía un solo instante. Los sofás y las sillas estilo Luis XV dispuestas alrededor del salón permitían el reposo de las parejas después de cada danza. Las salas adyacentes eran ocupadas por los caballeros que hablaban de política y las damas que en amable conversación podían contemplar el baile sin perder de vista a sus hijas. Una crónica publicada en 1908 decía:"Como se había anunciado el sábado 20 se efectuó el baile en nuestro elegante centro. A las once los espléndidos salones iluminados «a giorno» rebosaban ya de la alegría propia del carnaval y la orquesta preludiaba los primeros compases de un voluptuoso vals. Entre el torbellino de la danza notamos bellos disfraces entre ellos los de las señoritas Rampila Bellotti, de rosa, Dora Bonacosa de Colombina, Rosa Santucci y Leticia Grossen, de emperatrices romanas, y otras que escapan a nuestra memoria. Notamos la casi ausencia de jóvenes disfrazados que hubieran animado mucho más la tertulia." La crónica da seguidamente noticias de las familias que asistieron y luego los nombres de las señoritas asistentes, pidiendo disculpas por no recordar el nombre de todas ellas. Finaliza el artículo de esta manera: "A su debido tiempo se pasó al ambigú servido perfectamente, emprendiéndose luego y con mayor brío el hermoso pasatiempo de la danza. Se bailó hasta el amanecer reinando siempre la mayor alegría hasta el último instante." La crónica está firmada con un seudónimo "Olegram".
El Centro Ciudad de Rafaela organizaba para los carnavales reuniones bailables en su propio local, cada año dedicado a un país: a España en el año 1942, al que denominaron estampas españolas y al que había que concurrir con disfraz. En 1944 el carnaval fue dedicado a Francia y en cada oportunidad, se elegía la reina de los carnavales, que sería la dama mejor ataviada con traje de disfraz o fantasía. Además había fiesta y concurso de disfraces infantiles en horas de la tarde.
Donde aparece alguna distinción social es en los bailes y reuniones danzantes que se realizaban durante los tres días dedicados al carnaval, en diferentes clubes de la localidad. Los bailes del Club A. Independiente, no sólo por la elevada concurrencia sino porque en sus amplias dependencias, salones y patios -que eran las canchas de basquet- habilitadas esos días con ese propósito estaban primorosamente decorados y además se contrataban conjuntos musicales de la Capital Federal como los de D'Arienzo, Canaro, etc., orquestas típicas y características de renombre para animar esas reuniones danzantes que comenzaban habitualmente a las 22 ó 23 y finalizaban entre las tres o las cuatro de la madrugada, con una asistencia de público que colmaba las instalaciones.
Nota: este artículo es parte de una serie de notas que publicó la autora en febrero de 2010.
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