Por Amado Raspo
Nació en Buenos Aires, el 11 de octubre de 1846 y falleció en la misma ciudad el 17/07/1906.
Fue legislador, ministro, vicepresidente y presidente de la Nación; diplomático en todos los casos, hombre del poder, a tiempo completo. A diferencia de Sarmiento (que fue quien lo bautizó "El Gringo"); Roca, no necesitaba probar que pertenecía a la elite. Actuaba con la seguridad y desenfado, de quien es conciente del lugar que le corresponde en la sociedad.
Desde 1878, en que fue designado ministro de Guerra, por Avellaneda, hasta su muerte, siempre ocupó los primeros planos del poder; fue durante un cuarto de siglo uno de los principales protagonistas de su generación, donde abundaron los hombres brillantes.
Se inició como soldado en la Guerra del Paraguay cuando aún no había cumplido los 20 años. 1880, dirigió los operativos militares del poder nacional, además de aconsejarle a Avellaneda que debía mudarse a Belgrano, para seguir librando la batalla contra las fuerzas de Carlos Tejedor. En la crisis del ochenta usó por última vez el uniforme militar, un uniforme que se hizo confeccionado a su gusto, mitad militar y mitad ciudadano. En 1886, fue el vicepresidente de Juárez Celman y cuando estalló la crisis del 90, maniobró para promover la renuncia del mandatario cordobés. No tendrá empacho en tomar las armas para pelear por la causa que consideraba verdadera, el orden conservador, se entiende, Camilo José Crotto, lo recordará años después, en una barricada; con una pistola en la mano disparando a pecho descubierto: "Era valiente el Gringo" dirá con respeto. Conservador y liberal, fue uno de los principales promotores de las grandes transformaciones de fines del siglo XIX, acciones que nos colocan entre las primeras potencias del mundo. Cada vez que los historiadores intentan rastrear el origen de la políticas industrialistas en la Argentina inevitablemente se lo cita a él, y como toque pintoresco se recuerda la escena en la que junto con Cáceres y Tornquist, se hicieron presentes en una reunión social vestidos con ropas fabricadas en el país.
Pellegrini fue el primer político en saber que no se podía ejercer la función pública sin poseer una sólida formación económica.
Fue fundador del Jockey Club, hombre que pasaba largas horas en el club, jugando a las cartas y compartiendo la tertulia con amigos. Su culto a la amistad iba parejo con su culto al coraje, "con el gringo no se jodía; le avisan que una manifestación marchaba hacia su casa para insultarlo; se retiró del club solo, y se paró en la esquina de su casa; la multitud pasó a su lado sin que nadie le diga nada".
Fue el primer político en defender el voto femenino, se dice que amó a su mujer y la respetó. Disfrutó de los viajes y aprendía; le gustaba hacer las cosas a lo grande; era la expresión de una burguesía orgullosa de su rango y de sus obras.
Todos coinciden en señalar que se imponía con su presencia. Cuenta Alfredo Palacios que un día lo vio ingresar en la Cámara de Diputados: "Eramos pocos -dice Palacios- pero cuando él se acomodó en su banca tuve la sensación que había quórum". Al borde de su muerte, su mujer vio unos lagrimones surcando el rostro del hombre que nunca había mostrado debilidad. -"Tú llorando le preguntó asombrada su mujer". -"Perdona gringa... fue una aflojada".
"Ha caído el más fuerte", expresó José Figueroa Alcorta al enterarse de su muerte.
Extractado del diario El Litoral del 13/10/2010, traído a mi oficina por Gerardo Piedrabuena.
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