Por María Florencia Forni
Como sucede en los sueños, en “Cabaret de París” se desnudan los deseos de los personajes y se entremezclan las instancias de realidad y fantasía. Porque en los setenta y cinco minutos que dura la obra, Jean Francçois Casanovas y Eduardo Solá, muestran una sucesión de “fantasías visuales”, historias de mujeres que desde sus experiencias nos hablan de vivir y gozar la vida, cada cual a su manera.
Acompañados en esta ocasión por el bailarín y actor Diego Nocera, Casanovas y Solá, miembros del burbujeante grupo Caviar, interpretan una serie de personajes femeninos, la mayoría famosos en el ambiente artístico, y vislumbrando que en nuestra realidad coexiste la fantasía, “con la sátira abrazada al respeto y el sarcasmo a la piedad”.
La brillante proliferación de peinados, maquillajes y vestuario surgen de la imaginación, la inspiración y la creatividad características de este grupo de teatro nacido en la década del 80. Particularmente, la ropa es un elemento muy significativo para desarrollar las historias, porque como los mismos protagonistas afirman: “el vestuario es como una bofetada visual: lujoso y de buena confección, nunca berreta, siempre acorde al nombre del grupo”.
DORADO Y BURBUJEANTE
Dorado y burbujeante como el champagne, así definen los protagonistas al Cabaret de París, que empieza cuando Eduardo Solá, interpreta en el piano un vals de Kachaturian.
Luego aparece Zarah Leander, una actriz y cantante sueca, símbolo del cine alemán durante el régimen nazi. Y de la historia de esta mujer, teñida con tintes trágicos, la obra salta al monólogo de una señorita que, con melodía de tango pero tonos de humor, confiesa sus deseos más íntimos, esos que se pueden pensar pero nunca decir públicamente en sociedad (al menos así me enseñaron antes de la aparición masiva de las redes sociales y los realities shows).
Cuando en la recreación del Concurso Miss Bicentenario Interprovincial, las dos participantes son sometidas a una serie de preguntas, sus respuestas, tan desacertadas como tontas y absurdas, nos remiten al sinsentido y al vacío del lenguaje, rasgos presentes en nuestra sociedad (tan racional como violenta).
Luego, otra mujer que no puede faltar a esta cita es la dama que revela sus intimidades, jactándose: “intimidades de una prostituta que tiene el valor de confesarse”.
En otra escena, en la que se reproduce la grabación de una publicidad de un reconstituyente y misterioso producto llamado “Vitamina BG ment”, la actriz debe repetir la escena tantas veces, que de tanto probar el producto termina en un estado de embriaguez.
En esta sucesión de relatos, o de trozos de vidas, también hay lugar para las violeteras del “cuplé”, para una cantante que recrea sonidos especiales (podemos suponer el lenguaje de los pájaros) y que Calpurnia Akakys recite una selección de poemas.
Y en otro momento de este Cabaret, tan híbrido como la vida misma, los artistas representan el famoso dúo del “Fantasma de la Opera”. ¿Y quien diría que hasta sonaría “El Cisne” de Camille Saint Saens? Música brillante, de esas para soñar.
“Cabaret de París”, parodia y pastiche, humor, sonrisas y ensueños.
TRANSFORMISMO
Y SOFISTICACION
Desde principios de los 80, el grupo Caviar que lidera Jean François Casanovas es sinónimo de “transformismo, fonomímica y sofisticación”. Conformados por varios números musicales, sus espectáculos se sustentan en la exhumación irónica de diversas épocas y ritmos musicales. El vestuario determina el espíritu de cada cuadro: peinados encumbrados, profundos escotes y tacos altísimos hablan de las referencias estéticas del grupo, anteriores a 1960.
“Encontrar una vuelta humorística a las cosas es nuestra forma de quitarle solemnidad a todo”, define Casanovas en una entrevista con Cecilia Hopkins para Página/12. Los espectáculos de Caviar siempre “se estructuran en una sucesión de pantallazos vertiginosos, se caracteriza por la velocidad de la transformación, la idea de estar viendo cine en vivo y por la enorme personalidad de sus intérpretes: no son sólo buenos actores y bailarines sino personajes en sí mismos”.
“Caviar le cambia el humor a la intransigencia y disminuye el valor agregado de cualquier arrogancia intelectual”.
Qué lejos queda aquel París…
Cerca del final de esta travesía emocional, “Cabaret de París”, la voz desgarradora de Edith Piaf, revela el que podría ser el argumento principal de este periplo: vivir la vida, gozar y amar, cada cual a su manera.
Como dicen los extravagantes artistas: “Dorado y burbujeante como el champagne, «Caviar» centellea fantasiosamente en Cabaret de París”… Pero saliendo de la sala del Lasserre, cuando la fantasía que (nos) revive en el teatro empieza a mermar, pienso qué lejos queda aquel dorado París, qué lejos queda cuando hacemos la guerra y no el amor.
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