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Información General Lunes 20 de Agosto de 2012

Batman, como catarsis

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Marcos mensa

Por Marcos mensa

La película “Batman: el caballero de la noche asciende”, que se estrena durante estos días en nuestra ciudad, está calificada como PG-13. No es, por lo tanto, adecuada para menores de 13 años.

La restricción indica claramente que no se trata del mismo héroe que muchos de nosotros disfrutamos en nuestra niñez. Las escenas de acción de aquella vieja serie de TV pecaban de ingenuidad y eran disimuladas por onomatopeyas sobreimpresas que expresaban el sonido del golpe, el disparo o la explosión. Además, aquel Batman tan era bueno y noble que, por ejemplo, arriesgó su vida para evitar la muerte de unos dulces patitos. Ahora su perfil es marcadamente distinto. Si bien hace tiempo que dejó de ser una mera figura infantil, en la última trilogía cinematográfica, resulta contundente.

Conforme en el mundo real la delincuencia fue tornándose más violenta y cruel, el nuevo Batman es más sombrío, más recio y menos exitoso en su lucha contra el mal, todo ello potenciado por un componente psicológico clave: detrás de la máscara hay un hombre de carne y hueso con un visceral repudio por los malhechores. Este desprecio se alimenta de la ira que el personaje acumuló desde la noche que sus padres fueron asesinados por un ladrón, delante de sus propios ojos, cuando él era apenas un niño. Y, justamente, dado que Batman no tiene superpoderes, su condición humana -sus emociones y sus limitaciones- lo ponen en un lugar más creíble y cercano.

Además, Ciudad Gótica no parece muy distinta a cualquiera de las grandes y medianas urbes, teniendo en cuenta que el objetivo de este guardián de las calles es, según sus propias palabras, “demostrar que la cuidad no le pertenece a la delincuencia y a la corrupción”.

Resulta claro entonces que el actual Batman, frenético y oscuro, dejó de ser un mero comic redivivo. Se ve más bien como la síntesis y el símbolo del hartazgo que siente la buena gente respecto a los criminales. Es una metáfora que contiene (y desborda) la indignación de quienes se identifican con su propósito, en especial, aquellos que perdieron a un ser querido, tal como el personaje.

Entonces, en la pantalla se proyecta mucho más que un espectacular entretenimiento, se proyecta también la ilusión colectiva de un anhelo generalizado, silencioso pero innegable: detener a los asesinos de una manera terminante antes de que más inocentes mueran absurdamente. Pero si ni siquiera Batman en la ficción logra concretar semejantes pretensiones, el espectador deberá conformarse con experimentar una catarsis pasajera y fragmentada. Y claro, al estilo del convulsionado siglo 21 que estamos padeciendo.

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