Por Ezio Ricci
Todos los artistas considerados hasta ahora han vivido en París o, por lo menos, han madurado su vocación. Pablo Klee, el poeta por excelencia en la pintura del siglo XX, está accidentalmente conectado con el arte francés, pues su formación se efectúa, sobre todo, en Munich.
Oriundo de Berna, pasa su primera juventud en viajes y estudios, interesándose en la música y el dibujo. Adhiere al clima “jugendstil” (“art nouveau”) y realiza grabados en que la realidad se tiñe con significados simbólicos. Pero recién en Munich, donde se instala en 1906, alcanza los primeros resultados interesantes, bajo el estímulo de grandes maestros de su tiempo, Ensor, y Matisse, conocidos a través de exposiciones. Traba amistad con el grupo Der Blane Reiter (El Ginete Azul), expone con sus integrantes y recoge nuevas indicaciones útiles. Hasta ese momento es, sobre todo, un dibujante que ha ensayado rara vez el color, y ha pintado sobre todo acuarelas. Pero tras una estada en París -en 1913- seguida de un viaje a Túnez, brota, inesperadamente madura su vocación de pintor. Lo que hasta entonces había intentado decir en blanco y negro -evocaciones de fragmentos de la realidad, seres extraños, de formas caprichosas, misteriosas relaciones entre la realidad visible y la impalpable realidad invisible- encuentra una forma lírica perfecta cuando a los trazados lineales se agrega los efectos cromáticos en delicadísimas exquisitas armonías. Klee es dueño es dueño de un mundo que sólo él ha podido recorrer y sacar a luz su integridad; el mundo de riquísima imaginación, alimentada por sus sensaciones pasajeras o duraderas, por la observación de las cosas que se dispensan y se vuelven a formar, del capullo que se abre y de la flor que se marchita, del humo que se transforma en nube, de la vida que fluye, pasa y no tiene fin. Klee, el más intuitivo, el más sensible de todos los artistas, extrae de su alma notas siempre distintas.
Los elementos del lenguaje de Klee varían continuamente. Los arabescos lineales alternan con la inclusión de pocos elementos geométricos, las tonalidades oscuras con las más leves transparencia cromáticas, misteriosos jeroglíficos retorcidos con las más audaces simplificaciones. Pero, más allá de la aparente ingenuidad de muchas figuras, no resulta difícil descubrir una muy precisa ecuación de valores; como en este grotesco retrato de una misteriosa señora P, en el que la simplificación de las formas no logran ocultar una sutil voluntad caricaturesca, y el cómico capricho de la gran cabeza que aplasta bajo su peso un cuerpo esmirriado se asocia a la singularidad del rostro, mitad de perfil y mitad de frente. Ilusión; pues de una pintura "primitiva" que oculta tras la apariencia un oficio consumido; desde la sutileza tajante del trazo hasta la sensibilidad del colorido. Klee, que unifica todos sus trabajos, y es su típica reiteración de ls mismos motivos con insistencia que es casi obsesiva.
(Fuente: Arte Rama).
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