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Información General Domingo 30 de Septiembre de 2012

Arte del siglo XIX

La pintura de paisaje en Inglaterra.

Ezio Ricci

Por Ezio Ricci

A propósito de Delacrois se ha mencionado a los paisajistas ingleses, que se revelaron en París en 1824. En realidad la pintura de paisajes es un gran descubrimiento de la época romántica que ha dado sus mejores ejemplos en Inglaterra. Ya a fines del siglo XIII el paisaje era cultivado con inédita frescura y con sincero amor por los pintores ingleses. 

Gainsborongh y Wilson bastan para confirmarlo. A caballo entre los dos siglos, encontramos a nuevos artistas dedicados a este género, como Juan Crome, junto al cual se hallan el delicado acuarelista Tomás Gertín y Juan Gotman. Pero sus descubrimientos o, mejor dicho, sus geniales intuiciones, alcanzaron la plena madurez y la expresión más límpida y completa con Juan Constable, el poeta del cielo y de las nubes, siempre variadas y múltiples, y el poeta de la campiña inglesa, con sus aguas burbujeantes y su vegetación frondosa, sus verdes prados, y su ventosa atmósfera.

Sus cuadros presentan una gran orquestación de la naturaleza con sus fuerzas y sus fenómenos, sus múltiples elementos, animados todos por único y potente impulso vital. Los hombres y las cosas se hermanan en el abrazo del Cosmos y son como fragmentos de esta única realidad que el pintor trata de apresar en sus telas, donde el color ora se extiende en amplias franjas, ora se recoge en densos grumos.

En estos cuadros no hay literatura, sino solo la conmoción profunda que el grandioso espectáculo de la naturaleza suscita en el ánimo del artista. Esa adecuación humilde y total a la verdad de la naturaleza, ya no grávidas de símbolos y de alusiones, sino cantada en su belleza misma, límpida y solemne, obtiene gran resonancia en toda Europa, donde el arte de Constable adquiere rápidamente una gran fama.

Siguiendo las huellas de Constable encontramos a otro pintor Inglés, sensible e inquieto, dotado de singulares cualidades, al que una muerte prematura impidió desarrollarse plenamente: era Ricardo Bonigton. En París, a donde se trasladó con su familia en 1817, Bonigton frecuenta el estudio de Gros, aunque toma muy poco de las enseñanzas del maestro, en realidad busca su inspiración en otra parte: en los cuadros de los paisajistas flamencos que estudia amorosamente en el Louvre, o mejor aún, en contacto directo con la naturaleza.

Sus sucesivos y continuos desplazamientos de la campiña francesa a Italia, y de allí a Inglaterra, parecen guiados por un único interés, el de recoger las más frágiles y leves esfumaturas del paisaje, ofreciéndolas después en sus delicadas acuarelas, donde el color se deslíe transparencia, reavivadas por algunos toques magistrales. Al conocer a Constable lo reconoce como a su único y verdadero maestro, y siguiéndole de cerca afina su lenguaje pictórico, pero, desgraciadamente, la muerte trocha su promisoria carrera en la flor de la edad. El tercero entre los grandes paisajistas ingleses de esa época es Guillermo Turner que se diferencia de Constable y Bonigton por su presentación simbolista y alusiva del espectáculo de la naturaleza.

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