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Información General Lunes 23 de Abril de 2012

Anna Ajmátova, ojos verdes de tigre polar

"Al alejarme del museo me iban despidiendo también los fantasmas escurridizos de los principales miembros de su entorno, todos ellos intelectuales disidentes", escribió la autora en su obra.

Diana Biscayart

Por Diana Biscayart

Nunca podré explicarme mi empatía con el alma y la poesía de Anna Ajmátova, de quien dijo Joseph Brodsky: "Su sola mirada te cortaba el aliento. Alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, con los ojos verdes de un tigre polar".

Anna Andréyevna Górenko nació en Bolshói Fontán, cerca de Odesa, el 23 de junio de 1889, en pleno solsticio de verano. La recibió la noche de San Juan, cuando la lucha entre el bien y el mal es tan intensa que les otorga poderes especiales a quienes llegan a este mundo en tal fecha. Y la Ajmátova hizo uso y abuso de esos poderes, convirtiéndolos en talento. A los catorce años, convaleciente en su cama de hierro, la futura candidata al Premio Nobel de Literatura se puso a escribir. Por sobre su hombro, el padre la espiaba y le dijo que nunca quería ver ningún verso impreso bajo su "honorable apellido". Fue cuando adoptó, como seudónimo, el apellido de su abuela tártara Ajmátova, con el que el mundo la conoce.

Anna se adueñó de mí en el ex Palacio Sheremetev, en San Petersburgo. Hoy, en una de las alas comunales de la mansión, funciona el Museo de Anna Ajmátova, allí donde la poeta se refugió de la represión bolchevique. En aquel segundo piso, cuando San Petersburgo se llamaba Leningrado, Anna pudo ocultarse durante treinta años. Y como ella -y gracias a ella-, también allí se han escondido muchos exponentes del Siglo de Plata de la literatura rusa, que compartían su pensamiento contrarrevolucionario. Ella ya había escrito el Réquiem, ese vibrante canto de protesta, cuando fue detenido su hijo, Lev Gumiliov, cuyo único delito fue ser un estudiante brillante y exitoso y provenir de una familia de intelectuales. Ante el temor de que los bolcheviques se ensañaran con él a causa de aquellos tan incorrectos versos, Anna reunió a un grupo de poetas de su confianza y a cada uno les hizo memorizar estrofas del Réquiem. Luego quemó los originales.

Yo estuve frente a esa misma estufa, y pude palpar la angustia de Anna. A mi derecha, sobre una pequeña mesa, me parecía oír el silbido del samovar. También estuve sentada frente a su mesa de trabajo, cubierta con un viejo mantel de hilo bordado. Tanto fotografié, tanto hablé, tanto grabé que llamé la atención de la guía rusa: me preguntó si quería escuchar… ¡la voz de la misma Ajmátova! Puso en marcha un fonógrafo, y pude emocionarme ante la voz cascada y vieja de aquella increíble poeta recitando. Contribuía a la atmósfera irreal una bella estatua que nos había recibido a la entrada: Anna recostada cuan larga era. Una esfinge apoyada sobre sus codos, que cruza las piernas con adolescente indolencia y mira soñadora a lo lejos. El mito literario, que aspira hasta la desesperación el perfume de los tilos en flor.

Esa misma estatua me despidió. Una última ojeada al palacio Sheremetiev, a su jardín: un recuerdo para el añoso roble bajo cuyas ramas descansó Pushkin, y un retazo fugaz de la fuente de la Fontanka. Al alejarme del museo de Anna Ajmátova, me iban despidiendo también los fantasmas escurridizos de los principales miembros de su entorno, todos ellos intelectuales disidentes: Marina Tsvetáieva, Boris Pasternak, Alexander Pushkin, entre otros grandes. Y las sombras de los maridos de Anna: Nikolái Gumiliov, Vladimir Shileiko, Nikolái Punin, víctimas del sistema soviético de trabajos forzados o del fusilamiento. Y alguien corrió tras de mí y me entregó un plato de porcelana con la imagen de la poeta en una versión de Modigliani.

-¿Por qué a mí? -le pregunté a la guía del museo.

-Por el amor que demostró hacia nuestra Anna.

Hoy luzco ese plato en mi estudio, como símbolo de lo que puede la coherencia de las ideas y la valentía ante la adversidad. La Ajmátova sólo tuvo como arma la poesía. Escritos bajo la opresión sangrienta, esos versos preservaron su propio mundo, su propia identidad.

(Publicado en página 3 del Suplemento Cultura de diario Perfil, domingo 1º de abril de 2012. El último libro de Biscayart es "El Golem: crónicas de un inmortal sin sombra", Ed. PasoBorgo, 2011).

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