Por Hugo Borgna
“Las altas horas”, de Abel Edgardo Schaller (Ediciones del Cle, 2012, poesía, 77 páginas) transmite gratamente el dulce sabor de la vida en muchas de sus formas.
Poesía intimista, en honda armonía con la naturaleza y los sentimientos, cuenta a veces historias profundas en su simpleza. “De pronto, /como el pequeño cuenco / de una manita bruna / el nido: / un santiamén parduzco de revuelos / y el hambre pávida, /tiritando en la ceguera /locuaz de los pichones. / Y de repente, nada. / Tal vez algunas briznas indolentes /suspensas en el hueco del tirante / o añicos de nácares en el suelo. / Pero en el aire / dos diminutos vértigos se prueban /los inminentes cielos de marcharse”.
Abel Edgardo Schaller nació y vive en nuestra cercana ciudad de Paraná, y parece constante en su vida la residencia cerca de algún río: en su provincia natal y, en otros tiempos, lejos, a la vera del Rhin. Además de la práctica intensa de la literatura hizo estudios en el Profesorado Nacional de Música en la especialidad Dirección coral, en el Instituto Superior de Música de Santa Fe donde también ha sido profesor entre 1993 y 1998.
“Las altas horas” rompe la condición de autor inédito de alguien que bebió en las fuentes modernistas, que ha aspirado (y aspira) el siempre diferente soplo de la naturaleza y que sabe combinar para sus textos el grato sabor de sentirse vivo, pensante y receptor abierto a todas las sensaciones que seguramente llegarán.
Todo en él es una buena combinación de sonido y palabra elaborados, generando una relación directa y placentera con el lector. “Venías con la música, / o en la música / (¡cómo duele el pretérito de apuro!) /Y entonces las tardes /eran ceremonias de paciencias y complicidades.” Buscador constante de la metáfora, logra en “I.Campanillas” líneas como “Esas gotas de azul, o de violeta /transparencias polifónicas del aire / en la doncellez de las mañanas”.
Abel Edgardo Schaller transcurre en su obra, y su libro respira vida; todo es aire, una sensación de flotar y fluir desde la primera línea escrita a la inabarcable medida del sentimiento, haciendo de las dos hojas necesarias (la del primer papel y la del libro), gratos caminos hacia la serenidad y la belleza o, si se quiere, hacia la belleza serena.
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