Por Redacción
El 26 de junio de 1976, fallecía en Rosario -víctima de cáncer- monseñor Antonio Brasca, segundo obispo de la diócesis de Rafaela. Dejaba un legado invalorable: su ejemplo de vida, su entrega personal y sin límites por los más necesitados en todos los ámbitos: social, político, educativo, espiritual.
En su carta pastoral de diciembre de 1973 retrató -como en tantas otras oportunidades- una realidad que no hemos logrado superar. Nos decía: “Se podría enumerar una larga lista de males que no deben continuar más: los salarios insuficientes; la explotación de mano de obra barata, por hambre o desocupación, obreros que no figuran en planilla, trabajo no amparado por estabilidad, la evasión impositiva, la especulación, el silencio cómplice de quienes debieran hablar o intervenir y no lo hacen, el acaparamiento de tierras que no se hacen producir y de los artículos que son el «pan del pueblo», la persecución ideológica, las torturas y todo tipo de represión no justificada, la prostitución y su explotación solapada o descarada, la pornografía, la disimulada discriminación racial, que margina a un gran sector de nuestra población criolla”.
Hasta sus últimos días trató de combatir la desigualdad social, la segregación en todos sus aspectos. Las poblaciones más pobres del norte de la Diócesis pueden dar testimonio de su trabajo pastoral, compartiendo con sus hermanos -los más humildes- duros días de carencias e injusticias.
En su memoria y tomando su vida como objetivo institucional la Fundación Espacios de Aprendizaje y Capacitación nombra a su Biblioteca Popular “Monseñor Antonio Brasca”. Para que nadie olvide a este “Pastor bueno que hizo suyas las esperanzas de los pobres”.
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