Tercera generación de artesanos orfebres en el país

Suplemento La Palabra 19 de febrero de 2016 Por Redacción
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DENGUE

Soy tercera en el país y sexta generación de orfebres en la familia. Mi infancia fue en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Nací en una casa donde entre el taller y la cocina donde estaba mi mamá había diez metros. Ya caminando o gateando cuando éramos muy chiquitos íbamos de un lado a otro. Por supuesto como éramos ocho hermanos, mi mamá buscaba de mandarnos a los más grandecitos para el lado del taller para que mi papá se haga cargo. Y un poco con el fuego, el ruido, las chispas, cuando se hacían los trabajos nos mantenía distraídos y mi papá nos daba clavitos para golpear. Pero especialmente mi abuelo, que había quedado viudo, y dejó de trabajar en horario corrido, se dedicó a un año sabático, que después fueron dos o tres los años sabáticos y me toma a mí de su ayudante, su acompañante, así que con la excusa de hacer los juguetes que a mí me gustaban, primero dibujamos un carrito, una locomotora, lo que fuera, una rueda, un avioncito y utilizando el material de descarte -ya sea madera, bronce, caños de todo tipo, palos de escoba, los palos de las cortinas los cortábamos en rodajas y hacíamos las rueditas para los vehículos- esos fueron mis primeros juegos que sin que me diera cuenta iba adquiriendo el oficio. Porque tornear una ruedita, o tornear después un capitel era lo mismo, o cincelar el capó de un autito y después cincelar una corona de la virgen era cincelar. Fue muy lindo porque sin darme cuenta, ya un día con menos de diez años, pero ya grande y adelantado en el oficio, me di cuenta que estaba haciendo algo que no era ya un juguete de los míos sino que era algo que lo estaba reclamando un cura de Córdoba. Finalmente acompañé a papá y lo colocamos. Eran dos coronas y un cetro para la Virgen María Auxiliadora de Moldes, un pueblo de Córdoba que está cerca de San Luis. Y así me fui dando cuenta que el juego se transformaba en algo diferente, pero lo que sí conservo hasta hoy, y es un privilegio enorme que merecerían sentirlo todas las personas del mundo, es que yo no tengo conciencia si alguna vez dejé de jugar y comencé a trabajar. La sensación real es que sigo jugando con mi abuelo y con mi papá en las cosas que a mí me gustan. Y eso me da una paz interior y una entrega total porque es una cosa tan placentera que no puedo menos que dedicarle toda mi atención.

Pensar en estudiar algo con relación a mi oficio
No, solo cuando terminé la escuela primaria hice un año de artes decorativas y a los trece años me inscribí en la escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano de calle Cerrito al mil trescientos. Muy fantástico todo, iba aprendiendo el dibujo, el modelado que íbamos haciendo, pero a los pocos meses me di cuenta que por razones económicas, después de la fundición del monumento a Eva Perón mi papá había estado en una situación económica bastante crítica y se había ido a trabajar a un convento en un trabajo muy grande de restauración de piezas de liturgia en la provincia de Corrientes. Entonces me empezó a entrar en la cabeza la idea de que iba a tener un título de maestro de artes visuales pero mi papá estaba lejos y lo más importante yo lo tenía que aprender al lado de él. Siempre pensaba, ¿y si se muere joven mi papá qué voy a hacer? Así que renuncié a fin del primer año y me fui a Corrientes. Afortunadamente que tomé esa decisión porque mi papá murió muy joven y pude disfrutar con él ocho años.

A pesar de eso pude aprender mucho al lado de mi padre
Sí, estuve en total más de veinte años con él. Mi papá era genial, con una habilidad increíble, a los cinco años trabajó como dibujante en el diario La Prensa, aunque era un poco tímido entonces no era de salir él a conquistar el mundo sino que estaba siempre esperando que lo vinieran a buscar. Y me parecía que el mundo se me iba a venir encima, pero la enseñanza que me habían dejado tanto mi abuelo como mi papá me hizo enseguida empezar a dar cuenta de que yo tenía el conocimiento como para resolver los problemas que se iban presentando. Y cuando no encontraba la solución durante el día por consejo de mi propio papá, de esa escuela tan elemental, decía “lo que no resuelvas de día soñalo de noche que vas a encontrar la solución”. Y misteriosa o milagrosamente soñaba con el problema y con la solución, así que me levantaba y hacía lo que necesitaba. Así fui creciendo en el oficio y ya hoy después de tantos, tantos años, parece que todo es fácil, pero igual me sigue sorprendiendo cada día el oficio, la platería, el metal, la plata es un metal maravilloso, y todos los metales. El acero cuando está al rojo es manejar manteca con una espátula. Es un oficio maravilloso, pero todos los oficios son maravillosos, porque cuando me pongo a trabajar la madera me pasa igual, cuando estoy modelando arcilla es igual. El gran milagro es el hombre hacedor. Tengo un pequeño campito, y cuando voy, paso el arado, y siembro, y hago mi huerta también, ahí es donde sigo renovando estos principios, estas convicciones que tengo de que lo maravilloso es el hombre, de que realmente lo que realmente tiene sentido, lo que tiene valor en este mundo son las personas. Cuando me levanto cada mañana, abro la puerta, miro el balcón, veo los árboles, los pajaritos, siempre hay horneros que están trabajando ahí, y ya siento la necesidad de creer en Dios o de aceptar que hay alguien que nos puso en este lugar maravilloso y que nos regaló esto tan, tan, tan lindo y emocionante que es la vida.
Más allá de la estética que significa una obra acabada. ¿Qué me propongo con mi trabajo?
Ser feliz. Y hacer feliz a los que me rodean.

Cómo lo logro y con qué recursos
Si las personas que estamos haciendo esa tarea, estamos felices con esa tarea, ya hemos cumplido todos los objetivos. A veces -tengo alumnos que están empezando- y les encomiendo una tarea, y si veo que no hay una respuesta inmediata, yo cambio, y a lo mejor me pongo a arreglar las plantas y trato de descubrir el placer en las demás cosas, o me pongo a dibujar, lo importante es encontrar el camino. Cuando hago exposiciones siempre pido muchas hojas de papel y lápiz, que es lo que había en mi casa. El milagro de mi casa es que podía escasear a lo mejor un poco la comida en las malas épocas, pero nunca faltaba el papel blanco y el lápiz. Entonces podíamos expresarnos libremente, y así un niño que había visitado una exposición mía, me trajo de regalo su título de arquitecto y me dijo “ese día que era feriado, que estaba todo cerrado, mi papá nos llevó a pasear y lo único que había era el Museo de Arte Decorativo, entramos vimos todo lo que había y me llamó mucho la atención, pero dibujando tirado en el suelo, dije lo mío es el arte, deambulé por varias escuelas, hasta que dije quiero ser arquitecto”. Eso es para mí como si hubiera ganado el premio Nobel.
Momentos trascendentes que recuerdo o elijo de mi vida
Todos, porque a lo mejor lo que te acabo de contar del chico arquitecto fue encontrarme con Dios. Mi abuelo cuando me llevaba a pasear me decía vamos a buscar la llave del cielo. Yo decía, bueno, y esperaba que me llevara a una cerrajería, o a una puerta, cuando volvíamos le preguntaba en catalán porque yo lo hablaba de chiquito “avi ¿on és la clau?” -abuelo ¿dónde está la llave que fuimos a buscar?- entonces él me decía ¿te acordás cuando hiciste esto y esto, cuando levantaste un perrito de la calle?, bueno, ahí hay un pedacito de la llave, ¿viste cuando ayudaste a cruzar un cieguito?, otro pedacito de la llave”. Entonces en los momentos sublimes de la vida es donde uno va encontrando poco a poco la llave del cielo o la llave de la vida. Y esos son los momentos en los que pienso, y hoy cuando escribo siempre termino escribiendo algo que recuerdo. Un consejo, algo que me hizo apreciar la vida. Porque la vida es un don maravilloso y perder un minuto, un segundo es un crimen realmente grave. Y tuve la suerte de tener una familia, tener amigos, tener montón de personas que me han acompañado y me acompañan.

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