Sensaciones y sentimientos

Sociales 13 de febrero de 2024 Por Redacción
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RESPETO

Por Hugo Borgna
Decir respeto implica, en primer lugar y sin intención de volar demasiado, percibir una imagen musical bien plantada; la del caballero limeño que -amarradito y vestido con un impecable traje cruzado subido a un “mateo” (¿se los llamará así en Perú?)- se luce haciendo pinta junto a una mujer. Él, serio y altanero. Ella, con un recrujir de almidón; los dos proclamando el derecho de habitar una costumbre que, para muchos, corresponde a un tiempo superado y, para decirlo en las palabras precisas del vals peruano, “no se estila”.
Puede decirse hoy, después de que se hayan jubilado tantos almanaques y calendarios, que esa pareja ganó el respeto. Por el apego a la tradición, porque resultan grato dentro de su estructura, y porque -hay que, finalmente, decirlo- asumen un valor que va mucho más lejos que una estética de un solo momento para dar lugar a una canción lugareña. No hay que olvidar tampoco que son pasajeros de un carruaje también respetable.
La idea de la buena valoración debería estar (antes lo fue) acompañada de hechos concretos. En estas jornadas de 24 exactas fracciones con regalo incluido, se podría mencionar circunstancias diarias que grafican el respeto; pero es cierto que, antes de seguir adelante, se necesita definir más o menos (más menos que más) que respeto implica valoración del derecho que tienen otros de practicar determinados hechos que incluyen autoridad por haberlo ganado legítimamente, cumpliendo las determinaciones de la ley y los nunca tan bien ponderados pactos preexistentes.
Ahora sí, vamos a los ejemplos prometidos, como el tan común de ingresar a una fila de personas, bien poblada de humanos que no dejan de calcular donde estarían si hubiera menos gente esperando. A ese ambiente de impacientes vocacionales, ingresan a veces, tangencialmente, otros que se instalan bastante más adelante de lo que les correspondería, porque los que están tienen ganado el derecho de desocuparse antes. Pasar antes que los demás implica una falta de respeto y además -es bueno tenerlo en cuenta- el señor tan emblemático de Amarraditos respetaría las reglas del juego. No le quitaría el lugar a alguien, porque eso “no corresponde”.
Que lo establecido sea antiguo no le hace perder derechos. Los confirma. A los cotidianos del tránsito por la calle y a los que establecen que los vehículos de dos ruedas no pueden circular por las veredas. Sigue siendo un espacio exclusivo para caminantes, y queda bien claro que ellos, desde hace mucho más tiempo, lo hicieron camino al andar.
También está el respeto como hecho institucional, con reglas sonoramente difundidas para todos de los conceptos y principios que hacen la buena convivencia sin innecesarios conflictos.
Como todas las reglas, las que no simpatizan deben cumplirse; principalmente por el básico sentido común originario, que la ha convertido en necesariamente vigente.
Claro que a veces esas pautas parecen vulnerar, según expresados y puntuales puntos de vista, el “derecho ganado”. Diferente al del texto de la ley, aunque no esté permitido. Pero la idea reglamentaria sigue firme como cartel que cumple su imperturbable función de ordenar el tránsito. El mensaje queda tal cual, satisfecho por la verdad docente con que se lo instaló.
El respeto es una medicina disponible para cuerpos, mentes y pensamientos sueltos. No es necesario buscarla en farmacias y su composición está libre de virus surgidos de prejuicios y valoraciones surgidas del amor propio.
Sirve para todo y no tiene costo. Tampoco tiene contraindicaciones.
No se entiende por qué, si tiene tantas ventajas, el producto “Respeto” no es de mayor consumo.
¿Será que le falta promoción?

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