Sensaciones y sentimientos

Sociales 24 de enero de 2023 Por Redacción
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14 sensaciones

BISNIETOS DE LA PAMPA SALVAJE

Por Hugo Borgna
Los bisabuelos de la pampa salvaje solo tenían que mirar hacia adelante. En ese lejano punto donde el deseo parecía rebotar con el final del verde, era posible ubicar todo.
Menos el mar, por supuesto. Se había retirado mediante un saludo de ola, tan distinto al hola cotidiano que fue reconociendo de a poco, de que era saludo sin agua.
Menos la de los ojos, claro. Esos anteojos del afecto recordado a cada instante nuevo vivido se mojaban porque sí, de caprichosos que eran, nada más. Unas lluvias que limpiaban y cargaban de verde y luz.
No olvidaron los bisnietos a su bisabuela, de la que no saben muy bien si fue ella quien trajo la pampa salvaje hacia aquí y por eso encontraron con quien conversar, o si el barco las dejó a pocas cuadras de la paciente tierra, pero, eso sí, con una naturaleza interminable que permitía charlas de muchas leguas.
Los bisnietos de la pampa salvaje aprendieron desde un presente imperioso la palabra límite. Más aún, fue esa divisoria concreta la que les permitió nacer.
Como las cosas trascendentes van ingresando poco a poco a la vida presente, no pueden dar ese salto de cuatro escalones en el tiempo tan fácilmente. Menos cuando el ritmo que ahora conocen los hace tomar decisiones a cada momento, una especie de urgente escalera sin amistosos descansos.
Y les queda una pregunta obsesiva, de la que nadie los quita ¿por qué a nosotros nos brotan vecinos a cada momento y la bisabuela de la pampa salvaje solo tenía, para apoyarse, el anhelo de paz y de hogar? Y hay otra pregunta incómoda; ese verde que marca nuestro límite, ¿será de lo que llaman naturaleza pura o es una ficción de color?
Es el momento de hablar del período intermedio y de definir correctamente tiempos, personas y hechos que podemos situar más acá de lo estrictamente de formación. O sea de los “hijos” y los “nietos” de la pampa salvaje. Que nunca lo fue del todo, aunque sí indiferente, y un canto a la soledad en este centro del mundo.
Donde antes hubo tierra en espera de edificación, empezaron a aparecer casas. Y personas de más allá del verde mar y del verde agua que fueron necesitando lugar donde vivir y alojar a las familias. Fue otro largo tiempo, el de los “hijos”.
Inmediatamente después de ellos, llegó la otra presencia: la de los “nietos” con su idea de muchas familias empezando a mezclar -cada vez menos- el nuevo idioma con las antiguas tradiciones.
Y la palabra ciudad comenzó a avanzar con frecuencia. Tan habitante de la lengua hablada como el originario pie del monte, que, a pesar de no tener con qué andar, parecía irse caminando hacia el olvido.
Tan grande es la fuerza de la tierra. Esté donde esté y con el color de que esté cubierta.
Y con los hijos que fueron llegando, y las listas de espera para seguir naciendo aquí, donde la idea de patria mezclaba colores de banderas, cantos picarescos -o amables- de viejas historias que se evocaban en los tradicionales nombres de gente grande que no querían quedar afuera de la extensible historia. Todos necesitaron lugar donde vivir.
Y llegó finalmente la última sorpresa, la de comprobar que casi no quedaban terrenos a la medida de los de la época de formación. De esos patios enormes nacieron los departamentos interiores, pensados para gente “sin hijos”, nietos de la poéticamente llamada pampa salvaje.
En ellos la mirada abarca solo las cercanías. Pero el amor sabe ensanchar límites.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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