El día que el fútbol argentino gritó por primera vez campeón mundial en 1978

Deportes 25 de junio de 2022 Por VÍCTOR HUGO FUX
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FOTOS ARCHIVO LOS INICIALES. Passarella, Bertoni, Olguín, Tarantini, Kempes, Fillol (arriba), Gallego, Ardiles, Luque, Ortíz y Galván (abajo) en el partido decisivo contra Holanda en el estadio Monumental.



Aquel mes de junio de hace 44 años permanecerá inalterable en mis recuerdos. Desde el primer día, cuando en un vuelo de Austral, partí desde Rosario para aterrizar en Aeroparque el viernes 1° para asistir a la ceremonia inaugural y el empate sin goles entre Alemania Federal y Polonia, hasta que el domingo 25 fui testigo de la consagración de Argentina en la Copa del Mundo.
Presencié, en ese certamen, el primer encuentro de la selección de César Luis Menotti y su ajustada victoria frente a Hungría. También la segunda fase, que de manera impensada para nuestro equipo lo trasladó al "Gigante de Arroyito" de Rosario, donde superó a Polonia, igualó con Brasil y goleó a Perú, accediendo con su abultado triunfo por mejor diferencia de gol a la gran final con Holanda.
Ese partido, disputado en un estadio Monumental desbordado, con más de 70.000 espectadores alentando al equipo del "Flaco", hoy me genera sensaciones que, desde lo periodístico, no me resulta sencillo poder explicar.
Fue una verdadera "aventura", como lo certifica el significado que expresa el diccionario de la Real Academia Española: un suceso extraño o poco frecuente que vive o presencia una persona, especialmente el que es emocionante, peligroso o entraña algún riesgo.
Nada más acertado, porque junto a Mario Travaini -nuestro ocasional chofer- y Roberto Actis, también acreditado por el Diario La Opinión, pasamos por todos los estados desde que salimos de Rafaela.
El programa original se alteró por un accidente en el camino, que nos dejó varados en la banquina de la Ruta 9, a la altura de San Pedro, en un sábado desapacible. La pericia de Mario evitó un choque frontal, pero el Fairlane se detuvo muy cerca de un alambrado, en una posición incómoda, de la que nos rescató la generosidad de un camionero que se dirigía hacia el Mercado de Abasto.
Cuando logramos volver al pavimento, ya habían transcurrido algunas horas. El tiempo suficiente como para que no podamos arribar en el horario previsto a Buenos Aires y nos perdiésemos dos grandes eventos que se realizaron ese mismo día: la definición por el tercer puesto que Brasil le ganó a Italia 2 a 1 y la final de la Copa Intercontinental William Jones de básquetbol, que se adjudicó el Real Madrid de España tras derrotar a Obras Sanitarias.
Después de una jornada complicada y frustrante, llegó el momento del reparador descanso en el Hotel Hispano de Avenida de Mayo, no sin antes compartir una buena cena en un restaurante de la zona y un exquisito café en el Tortoni.
El día tan esperado nos aguardaba. Con una temperatura baja, que empezamos a percibir a la hora del desayuno y que nos acompañaría durante toda la jornada, Buenos Aires se despertó con una euforia contagiosa. La misma que aquel domingo se observaría en cada rincón de este país futbolero, 
Al promediar la mañana y tomando los recaudos necesarios para llegar con un buen margen de tiempo a las inmediaciones del escenario del acontecimiento más trascendente en la historia del más popular de los deportes en este rincón del planeta, iniciamos un trayecto que se iría complicando a medida que nos íbamos acercando al estadio.
En un momento y en una decisión consensuada, optamos por estacionar. Nos separaban varias cuadras del estadio, un lugar hacia el que convergía una interminable marea humana, teñida de celeste y blanco, poniendo de relieve una evidente cuestión de pertenencia.
Ya con la mole de cemento frente a nuestros ojos, Mario se dirigió hacia su platea. Junto a Roberto ingresamos por el sector destinado a la prensa y tras abordar el ascensor que nos trasladaría al entrepiso, nos ubicamos frente a nuestros pupitres.
Faltaban casi dos horas para el inicio de la gran final. Todavía se veían algunos claros en las tribunas, que irían cubriéndose de manera progresiva hasta colmar todas las ubicaciones disponibles en los minutos previos a la hora fijada para el silbato inicial del italiano Sergio Gonella.
Desde el tablero electrónico, cada mensaje, aunque no fuese necesario, motivaba al aliento a una multitud enfervorizada. Eran oportunos, sin embargo, para mantener bien arriba la ilusión del hincha.
Los nombres de los protagonistas empezaron a verse resaltados en el luminoso en plena tarde. Y las ovaciones se multiplicaron. Con las menciones de Fillol, Passarella, Kempes, Luque y Menotti, concentrando las mayores adhesiones.
El ingreso de los veintidós futbolistas que iniciarían el juego. Los millones de papelitos adornando el cielo porteño, respondiendo a la costumbre impuesta por Clemente. Los himnos. Y a jugar...
Todas esas imágenes desfilaron a un ritmo vertiginoso. Los corazones se aceleraron desde el principio en un duelo sin favoritos. También carente de especulaciones. Argentina, por sus obligaciones como local. Holanda, por sus ansias de revancha luego de perder la final del '74 contra Alemania, en el mítico Olímpico de Munich.
El entusiasmo, contenido hasta el minuto 38, de pronto se transformó en un alarido que se escuchó a lo largo y a lo ancho de este inmenso país. El gol de Kempes parecía acercarnos con firmeza hacia la anhelada conquista.
Pero nada de eso ocurriría, porque el asedio de las casacas naranjas tuvo su recompensa a los 82' cuando un cabezazo del gigante Nanninga decretó una igualdad que estuvo a punto de quebrar Rensenbrink, si el palo derecho del arco de Fillol no hubiese devuelto un remate del extremo holandés.
Empate y suplementario. Al todo o nada. Las arengas de Menotti y Happel se visualizaban claramente desde todos los rincones de la cancha. La respiración volvió a relajarse luego de aquel disparo que pudo haber cambiado la historia. Pero no sería por mucho tiempo, porque los corazones volvieron a explotar con el segundo de Kempes, ante un rival que ya no daba la sensación de ser temible como en el último tramo de los noventa. El tercero, de Bertoni, a cinco minutos del final, desató una euforia incontrolable. Y paralelamente, el único momento de alivio de aquella fiesta inolvidable.
Cuando la Adidas Tango paró de rodar, Argentina gritó campeón. Passarella levantó la Copa FIFA y los flashes congelaron las últimas imágenes. La historia comenzaba a escribir un nuevo capítulo. El más glorioso hasta entonces, gracias a un equipo que no siempre es reconocido en su justa dimensión y que hoy, a 44 años de esa gesta, quiero rescatar y aplaudir hasta que se me vuelvan a enrojecer las manos, como aquel domingo, que viví como periodista frente a un pupitre, pero también como hincha. Dos pasiones que se mantendrán inalterables, hasta el último de mis días.

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