El avión y el desencuentro

Editorial 20 de junio de 2022 Por Redacción
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Definitivamente resulta imposible ponerse de acuerdo en esta Argentina agrietada, destartalada. La confrontación es permanente entre los sectores dirigentes al punto que irrita y fastidia a la ciudadanía, cualquier tema que emerge en la agenda pública obliga a unos y otros a chocar, a gritar de  una vereda a otra sin voluntad alguna de escucharse, incapaces de sentarse en torno a una mesa y ponerse a disposición de la cultura del diálogo. De un bando y del otro la consigna es derrumbar al adversario, pisarlo y en lo posible eliminarlo. No hay intención de construir a partir de las coincidencias ni de avanzar en equipo en busca del bienestar de la población. Hoy, casi la mitad de los argentinos vive en un constante malestar. 
Quizás por esta falta de empatía de los políticos y de una llamativa obstinación que demuestran oficialistas y opositores para trabajar juntos en pos del bien común es que los argentinos hoy no disimulan su hartazgo y cansancio hacia sus gobernantes. 
El poeta y especialista en hermenéutica, Carlos Ruta, aseguró que en la Argentina no somos capaces de conversar sobre las cosas decisivas de la vida. En una entrevista con agencia estatal Télam, enumera lo que considera obstáculos para sostener una conversación reflexiva y constructiva. Entre otras, menciona la dificultad para escuchar, cierta resistencia a suspender las certezas que creemos tener en la vida, el "atropello" que impone la cotidianeidad y dificulta la pausa para un ejercicio que, en su opinión, se trata de escuchar al otro en primera instancia, pero en un nivel más profundo tiene que ver con escucharse a uno mismo.
En la escena política argentina no se aprecia esta actitud necesaria para alentar el diálogo. No se observa la predisposición requerida para que la conversación decante en acuerdos que nos lleven a una sociedad mejor, que si bien nunca podrá eliminar las tensiones al menos será más justa. Y con eso se avanza hacia una pacificación que deje en un segundo plano la conflictividad social, que hoy día es extrema por la crisis socioeconómica. Las familias que tienen trabajo formal, las que tienen un empleo informal, y las que cobran planes sociales hoy sufren en mayor o menor medida la inflación y la pérdida del poder adquisitivo de sus ingresos. 
Más allá de que la CGT no promueva un paro para reclamar por esta difícil situación, lo que le genera cuestionamientos a las conducciones gremiales y ponen en debate el grado de representatividad, hay sectores crecientes que responden a organizaciones de izquierda que salen a la calle. Y lo hacen para protestar, para demandar al Estado más recursos hacia la economía informal y los beneficiarios de planes sociales. Y para los comedores comunitarios que, aseguran, hoy forman la última red de contención para miles de argentinos. Significan la diferencia entre comer y no comer. 
El escándalo del avión venezolano - iraní que desde hace poco más de una semana sacude la esfera política, pues podríamos convenir que no toda la sociedad hoy se alarma por este caso, deja al descubierto una vez más esta insoportable costumbre de los funcionarios y legisladores que desde la comodidad de sus buenos salarios pelean todo el tiempo en el campo discursivo. Como gallitos de riña. Y el país no puede darse esos lujos, requiere medidas inteligentes, consensuadas y con respaldo político para encaminar el rumbo, gobierne quien gobierne. 
La improvisación, la falta de profesionalidad y de política de seguridad, las maniobras de ocultamiento y la falta de transparencia del Gobierno para atender el caso del avión no sorprende pero enoja. ¿Y si hay algo peor? La Casa Rosada parece tomar todo con liviandad justo en un país donde hubo dos sangrientos atentados en la década del 90. Al punto que ensaya hipótesis como un juego en torno a un supuesto homónimo de un terrorista o de la capacitación de pilotos. Un despropósito. Y así seguimos por la vida los argentinos. 

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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