Crónica de un avistaje sobre la ciudad de Rafaela

Información General 17 de junio de 2022 Por Redacción
Mi encuentro de primer tipo con un artefacto volador no identificado
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Por Orlando Pérez Manassero

En inglés es UFO (Unidentified Flaying Objet), en español OVNI (Objeto Volador No Identificado), últimamente FANI (Fenómeno Atmosférico No Identificado). Todas estas siglas sirven para distinguir principalmente a esas anormalidades aéreas conocidas como “platos voladores”. Sobre estos artefactos la humanidad se pregunta ¿serán fantasías, alucinaciones o una realidad? ¿serán terrestres o extraterrestres? y si realmente existen ¿son una amenaza? ¿son amistosos o indiferentes para con nuestra mundo? Las respuestas a todas esas preguntas es no sabemos, un no sabemos total y absoluto. Sin embargo yo creo que algo ronda allá arriba ¿por qué? Veamos; la historia moderna de los OVNIs comienza el 24 de junio de 1947 cuando Kenneth Arnold, piloteando su avión, ve como sobrevuelan el Monte Rainier (Washington, USA) nueve extraños objetos semidiscoidales a los que bautiza con el nombre de “platillos volantes”. Pocos días después, el 2 de julio de 1947 sucede el “Incidente Roswell” donde un supuesto objeto volador se estrella en un campo de Nuevo México, USA, y el hecho es dado a conocer en los periódicos como que fue una nave discoidal con pequeños tripulantes no terrestres en su interior, unos muertos y otros heridos. Es entonces cuando el ejército norteamericano se hace cargo de los restos metálicos (y de los otros) pasando de inmediato a desinformar o a negar ese y todos los casos que se sucedieron de allí en más. Dwight Eisenhower decía hacia 1954 que los platillos no venían del espacio exterior y que solo existían en la imaginación de los observadores. Y lo mismo declaraban militares y científicos del mundo. Pero no todos pensaban así; allá por 1957, a mis 17 años, comencé a sentir curiosidad por esas apariciones, me hice aquellas mismas preguntas del principio de la nota y fui recopilando información referida al tema de quienes creían en otra realidad. Aficionado a la astronomía, armado de un telescopio casero, observaba la Luna al tiempo que mantenía una activa vigilancia sobre el cielo de Rafaela más nunca pude visualizar el paso de ninguna extraña nave que no pudiese identificar... esto hasta hace poco tiempo. Por años fui leyendo esos informes y viendo imágenes fotográficas de petroglifos, pinturas rupestres y grabados en rocas, algunos de ellos con una antigüedad estimada en doce mil años antes de Cristo, donde se podían ver representadas figuras de extrañas naves discoidales y de sus no menos extraños tripulantes. Por ejemplo me enteraba que un historiador griego, Herodoto, narraba que vio bolas de fuego sobrevolar lenta y silenciosamente la ciudad de Menfis para luego alejarse y desaparecer velozmente aproximadamente 450 años antes de Cristo. También que Alejandro Magno 300 años antes de Cristo y estando al frente de su ejército macedónico describía como escudos voladores en formación de “V” derribaban con relámpagos las murallas de Tiro lo que le permitiría luego tomar fácilmente por asalto esa ciudad. Y nada menos que en la Biblia pude encontrar relatos como los del profeta Ezequiel que cuenta en detalle la aparición de ruedas de cristal volantes que se movían con seres vivientes en su interior. Y de Moisés que guiaba a su pueblo siguiendo el vuelo de una nube circular que por las noches bajaba sobre el tabernáculo y se elevaba y avanzaba por las mañanas para marcarles su largo camino hacia la tierra prometida. Y del profeta Elías que, ante testigos, abordaba algo que dicen era un carro de fuego y se elevaba con él hacia el cielo en un veloz torbellino para nunca más volver. Y se pueden encontrar muchos más misteriosos hechos en la Biblia que serían muy largos de enumerar en esta nota. También en los libros sagrados de la India, en el poema épico Ramayama tres siglos antes de Cristo, se narra que carros voladores resplandecientes como el sol, a los que llaman “nau-vimanas” (naves aéreas), sobrevolaban los cielos transportando a los reyes y hasta usando armas de rayos en combates. Es más, casi cuatro mil años antes de Cristo el libro hindú Mahabarata dice de una guerra entre clanes donde se describe puntillosamente el uso de armas tales como misiles nucleares y naves voladoras (vimanas) que siembran la destrucción y la muerte entre la gente por radioactividad. Las Américas no escapan a estas historias; en Catamarca, en la Puna de Atacama, se ven astronautas y naves grabadas en las piedras con una antigüedad de 5000 años; en Perú naves con antenas y seres flotando están grabados en piedras de hace entre 500 y 1500 años atrás. Entre los indios Hopi, en Arizona, USA, se guardan relatos de escudos de fuego voladores y hasta el mismo Cristóbal Colón anota en su bitácora sobre la presencia de luces moviéndose altas en el cielo a las 10 de la noche del 11 de octubre de 1492, horas antes de su llegada al nuevo mundo. En 1580, desde un navío español navegando por el Estrecho de Magallanes, se relata cómo surge de las aguas “una cosa redonda, bermeja como fuego” que se pierde luego velozmente en el cielo austral. Aztecas, Mayas e Incas tienen también sus historias sobre el tema, y una anécdota: en 1821 nace en Nebraska USA un indiecito Sioux y en ese momento sobrevuela las tolderías algo como una estrella roja haciendo gran ruido. Por eso el indiecito fue bautizado como Nube Roja, y es el mismo que en 1868 llega a ser el único jefe indígena que lograría vencer en una guerra a las tropas de los Estados Unidos. Ya más cerca en el tiempo los aviones cazas o bombarderos de ambos bandos, durante la segunda guerra mundial, eran acompañados muchas veces por veloces globos luminosos a los que bautizaron Foo Fighter (fuegos voladores) capaces de realizar tremendas maniobras y virajes reñidos con la inercia. Después llegaron los tiempos donde cámaras fotográficas y filmadoras se hicieron de uso corriente y hoy, con miles de millones de teléfonos celulares capaces de filmar al instante y en colores el más mínimo movimiento extraño en los cielos, tenemos un mundo inundado de imágenes de estos objetos voladores no identificados. Tanto se multiplicaron los avistajes que al fin el Pentágono de EE. UU y su Departamento de Defensa desclasificó en el año 2020 videos logrados por aviones de la Marina de objetos voladores a los que consideró como artefactos superiores a la actual tecnología aérea más avanzada de la tierra. En mayo de este año el mismo Departamento de Defensa estadounidense admite que hubo 400 alertas de las cuales 18, afirma, son de aparatos sofisticados sin ningún medio de propulsión discernible. Pero en mi caso llevaba 63 años siguiendo este tema, continuaba acumulando información, libros y videos en Internet, continuaba mirando hacia arriba y sin embargo no había tenido todavía mi encuentro cercano de primer tipo según la escala Hinek. Hasta que... en esa noche invernal de agosto de 2020 me sorprendió la evidencia. La recuerdo bien... estoy en el patio de mi casa, es la última tarea del día, sacar los residuos diarios a la calle. Son las 21,30 y la noche de la ciudad de Rafaela, en plena pandemia, es oscura, calma y no se oye circular gente ni vehículos por la calle. Como siempre mi costumbre de mirar hacia arriba, al cielo estrellado, y allí, al sur de la ciudad está esa cosa; es una luz globular, blanca, el doble del tamaño de Venus al atardecer, que se desplaza lentamente a 50º de altura y con rumbo desde el cardinal este al sureste. Esto llama inmediatamente mi atención; satélites artificiales o la ISS (Estación Espacial Internacional) pasan orbitando de oeste a este debido que se lanzan aprovechando el impulso adicional del movimiento de rotación de la Tierra. Por 15 o 20 segundos sigo atentamente su rara trayectoria y súbitamente la luz se apaga. Ya más que sorprendido quedo mirando ese punto del espacio quizás otros 10 segundos y sucede entonces que un poco más adelante se origina un estallido luminoso que provoca una nube circular de verde fluorescente intenso en los bordes y que va aclarándose hacia el interior presentando un centro negro. Y es en ese centro negro donde se produce cual si fuese un gran chispazo del que sale disparada a inimaginable velocidad una figura oval blanca, luminosa, que sigue acelerando con rumbo suroeste dejando detrás de sí a la nube circular y además una fina y brillante estela. No era algo terrestre; ningún humano podría lograr ni resistir tamaña aceleración instantánea, las leyes de la inercia lo aplastarían irremediablemente. El objeto, en 5 segundos, se pierde en la oscuridad del espacio en un punto aproximadamente a 60º de altura; la nube y la estela se diluyen y la oscuridad y las estrellas vuelven a reinar en el cielo rafaelino. En ese momento supe que al fin, después de tantos años de espera, acababan de responder a mis preguntas, esas que miles de veces me hice. Y me convencieron; ¡ahora sé que están allí!.
RAFAELA JUNIO 2022

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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