Precios sin cuidado

Editorial 11 de enero de 2022 Por Redacción
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El Gobierno convenció, a duras penas, a empresas productoras de alimentos y artículos de consumo masivo para firmar un nuevo convenio que permitirá poner en funcionamiento el programa Precios Cuidados, con el que se busca reducir el impacto de la inflación, pero que evidentemente no se logra a juzgar por los resultados. 
El programa Precios Cuidados fue creado en 2013 durante la gestión de Cristina Kirchner al frente de la Casa Rosada: el objetivo era y aún lo sigue siendo contener la inflación en los productos de la canasta básica. Con una inflación anual del 50 por ciento en 2021, que quedará oficializada este jueves cuando el INDEC brinde los datos de diciembre, está claro que la iniciativa es inútil. A tal punto que ni siquiera los sindicatos de extracción peronista y alineados con el Gobierno nacional toman en cuenta las proyecciones oficiales para discutir aumentos salariales en el marco de las paritarias. 
Desde una perspectiva histórica, el control de precios como herramienta de política económica no ha generado resultados favorables. Ni tampoco en la Argentina en los últimos años, con un ritmo inflacionario que va del 30 al 60 por ciento, sin tener en cuenta los años que el kirchnerismo intervino el INDEC para manipular datos y mentir con el índice de precios al consumidor. 
En 2011, el economista y profesor universitario, Alejandro Gómez, publicó un artículo en el diario El Cronista con el título "El fracaso del control de precios a lo largo de la historia". Señalaba que "en su trabajo 4000 años de control de precios y salarios, Robert Schuettinger y Eamonn Butler reseñaron brillantemente las consecuencias de estas prácticas a lo largo de la historia2. Así, consigna que el Código de Hammurabi que hace más de 4.000 años impuso un férreo sistema de controles de precios y salarios en Babilonia ocasionó una fuerte caída en la actividad económica y comercial durante su reinado y el de sus sucesores. El límite a los precios y salarios sacaba del mercado a productores y trabajadores que no estaban dispuestos a producir por debajo de sus expectativas, haciendo que disminuya la oferta de bienes, al tiempo que aumentaban los precios. 
Apuntaba además que otro caso interesante es el de Atenas en el Siglo de Oro, una ciudad estado populosa pero con una región rural limitada para producir alimentos, lo cual implicaba mucha demanda y poca oferta de los mismos. Así las cosas, al gobierno se le ocurrió crear un ejército de inspectores para controlar que los precios de los granos fueran justos. El propio Aristóteles aprobaba esta política al decir que el gobierno tenía que velar porque el grano fuera vendido en el mercado a un precio justo. Pero aún bajo amenaza de pena de muerte, que muchas veces recayó sobre los propios inspectores que no podrían hacer cumplir la ley, el mecanismo se presentó como un fracaso absoluto ya que el precio de los granos continuó subiendo cuando la oferta era menor a la demanda. No fue distinto el resultado cuando el gobierno de Londres trató de controlar el precio del vino en 1119 y en 1330. La ley establecía que la bebida se vendiera a un precio razonable teniendo en cuenta para ello los costos de importación más otros gastos. De todos modos, ante la escasez que produjeron estos controles y el malestar de la población el gobierno debió ceder en su postura.
Gómez concluye que los ejemplos mencionados demuestran a las claras la inutilidad de aplicar controles de precios. Lamentablemente, a comienzos del siglo XXI nuestras autoridades económicas no terminan de comprender que el deseo de controlar el precio de bienes y servicios que se ofrecen en el mercado terminan inexorablemente desalentando las inversiones y la oferta de los mismos, causando el efecto exactamente opuesto al que se busca, perjudicando tanto a productores como a consumidores. Escasez y desabastecimiento. 




Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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