La ciencia habla, el campo escucha y hace, ¿y la política?

Locales 23 de noviembre de 2021 Por Redacción
El distrito de Rafaela tiene una superficie total de 15.000 hectáreas, de las que la ciudad ocupa 3.500. De aprobarse el aumento de los límites de prohibición de aplicación de fitosanitarios a un kilómetro o distancias intermedias negociadas, más su colchón de amortiguamiento, se imposibilitaría producir plenamente en unas 10.000 hectáreas de la mejor tierra del país.

Por Marcos J. Delfabro*

Ante la presentación del proyecto de ordenanza del oficialismo en el Concejo Municipal de Rafaela que pretende extender la línea agronómica de plena producción agropecuaria a un kilómetro de los límites urbanos, tanto productores, sus instituciones representativas, cámaras profesionales y referentes a nivel nacional, tal es el caso de INTA, se ocuparon de demostrar con fundamentos científicos inobjetables la falta de sustento de dicha pretensión. Afortunadamente parte de la dirigencia política se adentró en un tema de reconocida complejidad, que requirió de toda información para precisar lo que es verdad sobre las falacias sin otros sustentos que intenciones alejadas de la producción y de lo que en efecto aducen defender.
Al respecto hay una visión de concejales que dan entendimiento a los principios sólidamente expuestos, quienes dieron escucha y al momento documentaron una propuesta superadora y, es de esperar, con pronto debate y enriquecimiento con otros anteproyectos que en conjunto arribarán a una ordenanza moderna y de pleno reconocimiento de lo que las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) ya establecen de manera rotunda y de cumplimiento efectivo, con los cuidados medioambientales y sociales intrínsecamente ligados a su esencia y auditados en un ciento por ciento por entes municipales.
“La ciencia es un sistema que organiza y ordena el conocimiento a través de preguntas comprobables y un método estructurado que estudia e interpreta los fenómenos naturales, sociales y artificiales (Wikipedia)”. Los fitosanitarios utilizados responsablemente no hacen daño. La comunidad y la naturaleza están a resguardo cuando el campo hace las cosas bien. Y en Rafaela hacemos las cosas bien.
Cuando la ciencia nos grita verdades quien no escucha es porque no desea hacerlo o porque pone en duda sus principios o conclusiones. Es de esperar que la parte de la dirigencia que continúa desoyendo lo que el saber que nutre a su misma esencia a través de la Ciencia Política manifiesta de manera enfática, logre reconocer que ante ella no hay adversarios sino ciudadanos que desean seguir produciendo como la modernidad socialmente responsable así lo indica.
El sector agropecuario del periurbano y el entramado social que se nutre de su accionar en Rafaela representa a más de 400 empresas entre proveedoras de productos y de servicios profesionales, con una relación laboral proyectada de más de 2.000 fuentes de trabajo indirecta y 200 entre empleados y sus familias de las unidades productivas y colindantes. Todo lo cual demuestra que el campo es una verdadera industria a cielo abierto no sólo por los bienes que dan sustento económico a la ciudad y el país con sus frutos, sino por la mano de obra técnica, de asesoría y su consecuente derrame económico al entramado comercial de la ciudad.
Hoy ya con los 200 metros de prohibición de aplicación de fitosanitarios científicamente avalados por SENASA se afectan a 800 hectáreas equivalente a casi una cuarta parte del tamaño de la ciudad de Rafaela. Comparativamente hoy se deja al abandono ante la imposibilidad de producción de casi una treintena de empresas, entre tambos, cabañas y campos agropecuarios, una de cada cuatro cuadras de nuestros barrios, espacios invadidos por basura urbana, alimañas y refugio de la delincuencia.
¿Es posible entonces imaginar lo que significaría extender ese efecto cinco veces más? La ciudad sería rodeada por un kilómetro de pastizales en altura con empresas disgregadas en producciones inviables. El distrito total de Rafaela es de 15.000 hectáreas, de las que la ciudad ocupa 3.500, de aprobarse aumentar los límites de prohibición de aplicación de fitosanitarios a un kilómetro o distancias intermedias negociadas, más su colchón de amortiguamiento, se imposibilitaría de producir plenamente y con el máximo potencial de la mejor tierra del país unas 10.000 hectáreas.
Todo lo cual, y si parte de la política que destrata hace bien las cuentas como evaluando cantidad de votos antes de las elecciones, arroja la impactante cifra de 13.500 hectáreas sin producción acorde a las nuevas tecnologías. Sólo restarían 2.000 hectáreas para que un puñado de tambos intenten sobrevivir o que el INTA deba volcar toda su capacidad profesional de experimentación plena en sólo 20 hectáreas de las 700 con las que hoy cuenta para asesorar al sector. La falacia de convertir semejantes superficies en un enorme cordón hortícola se aproxima más a ideales nutridos de sensibles buenas intenciones que a realidades que ya demostraron no poder cumplir. Hace solo un año los concejales oficialistas que hoy intentan dar el golpe de gracia al sector agropecuario, las empresas afines y trabajadores en la ciudad, inauguró una huerta agroecológica que al día de hoy es un cúmulo de malezas dadas al abandono.
Sin recursos técnicos, científicos y comerciales, las buenas intenciones hacen agua y las fotos de inauguraciones sobre vergeles se tornan imprudentemente confusas y a la postre mentirosas. Aun así los productores del periurbano apostamos a todas las opciones que quieran compartirnos y dispuestos a experimentar, con barreras forestales, productos fitosanitarios biológicos, más controles e ideas superadoras para producciones puntuales y extensivas. Pero por favor, déjennos hacer lo que sabemos desde épocas de nuestros abuelos cuando la ciudad era tan sólo una colonia de tierras vírgenes y gringos con empuje: PRODUCIR para todos.
Es ahora el momento de definiciones. Las elecciones ya pasaron y quienes quedan y se van ya están en sus escritorios o de salida. Quienes acompañan al sector, su gente, las empresas que las asisten en la ciudad y sus trabajadores necesitamos que todos puedan compartir sus visiones sobre lo aprendido durante un largo año de demostraciones. Algunos dieron el paso y otros están en ello. La ciencia y nosotros ya lo dijimos todo. Es el momento de escucharlos y ver sus acciones.
En el campo entendemos que cuando las tormentas se avecinan deben extenderse las lonas, cerrar los animales y cubrir los granos, pero aun así las gotas benditamente mojan y los riesgos de un rayo están siempre presentes. No temamos al agua sobre nuestras decisiones, si responden a la conciencia, amparados por la ciencia, la producción y de este puñado de gringos que se caen de entre los dedos, haremos que los vendavales también desaparezcan para ustedes.
Porque al fin de cuentas señores representantes, de naturaleza humana se trata y si es sobre naturaleza y humanidad nosotros bien sabemos. A jugársela. Nosotros lo hacemos todos los días al levantarnos. Y no duele aunque castigue. Aquí estamos. Aquí estaremos. Dispuestos a acompañarnos como comunidad. Como campo que se hace ciudad y ciudad que se hace campo. Al fin de cuentas, todos somos uno.

* Productor agropecuario.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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