Sensaciones y Sentimientos

Sociales 16 de noviembre de 2021 Por Redacción
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0357087-PIERNAS LARGAS

UN PAPAÍTO DE MUCHAS GENERACIONES

POR HUGO BORGNA
“Señor Papaíto-Piernas-Largas: Le escribo sentada en la segunda horqueta del sauce que hay junto al lago. Una rana está croando allá abajo y hay dos lagartijas que se pasean de arriba abajo por el tronco (…) Subí a este árbol en la esperanza de escribir un cuento que me hiciera inmortal, pero mi heroína me está haciendo pasar un mal rato ya que no consigo que se comporte como yo quiero (…) he resuelto abandonarla un momento y me puse a escribirle a usted, que tampoco consigo que se comporte como yo quiero”
Los lectores atentos, con memoria e interesante cantidad de recuerdos (y años viviendo con y, a veces, de ellos) ya deben haber advertido que el párrafo corresponde a una carta que envía el personaje Judy, una adolescente de 17 años que no había conocido en su vida más que la trabajada existencia en un orfanato, de comienzos que subsistían lastimosamente aún en el inicio del siglo 20.
“Yo, Papaíto, soy la más feliz de todas estas chicas felices. Porque no estoy más en el asilo y porque no soy niñera ni dactilógrafa ni tenedora de libros (ésas son las cosas que habría debido ser…de no haber sido por usted”
Se puede decir, con el lenguaje de hoy, que “Papaíto-Piernas-Largas” consagró a la estadounidense Jean Webster y le aportó un significativo éxito teatral. Ella viajó a Europa, donde conoció vida y costumbres del continente originario (para nosotros) y ganó una rica experiencia para su escritura.
Volvamos, lector atento, al título para aclarar eso de “muchas generaciones”.
“Papaíto-Piernas-Largas”, después de 109 años de su aparición, ha sido rescatada del baúl (para usar el vocabulario de entonces) del recuerdo, casi tapado por el polvo, por la “Nueva Biblioteca Billiken” (se puede percibir los suspiros de nostalgia al decir “Billiken”) y está a disposición en librerías, en el sillón señorial de las obras clásicas, donde siguen transcurriendo Louisa May Alcott, Mark Twain, Herman Melville, Julio Verne…
“Porque le diré, Papaíto, yo creo que la cualidad más importante que pueda tener una persona, es la imaginación, porque es lo que hace posible que alguien se ponga en lugar del otro. Y eso vuelve a la gente comprensiva y capaz de compasión”
“Papaíto…”, de tono espontáneo y directo, ayudado por el modo epistolar para escribir novelas, respira y envía frescura de pensamiento, surgidas entre la sorpresa de una adolescente que va descubriendo día a día las complejas verdades de la vida. Las expresa periódicamente en sus cartas, llegando a conclusiones profundas más propias de personas crecidas y maduras.
Dijimos un poco más arriba “clásicas”. Es una sentenciadora palabra que discrimina lo que no es literatura recién nacida y en el día presente.
Las frases que ingresan simultáneamente en el pensamiento y en el sentir -que lo hacen casi tímidamente y sin pretensiones-, logran la validez para todos los tiempos: allí están las “muchas generaciones” que menciona el título: la verdad de cada sensación profunda se olvida de los límites que relojes y almanaques, y de cuanto nuevo sistema de medida se esté generando.
Decir clásico es también decir que está vivo.
Hay lectores que redescubrirán este bello libro, del que tenían noticia desde mucho tiempo. Habrá lectores nuevos, que se asomarán con curiosidad a las no explicadas sombras largas del papaíto.
Encontrarán una razón de ser de la vida.
Esa que por estar tan al alcance y en abundancia, no se percibe.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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