No es tiempo para festejos

Notas de Opinión 13 de noviembre de 2021 Por Redacción
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Por Hugo Beccacece

Lo que voy a recordar tiene mucho que ver con lo que pasará el domingo próximo, día de elecciones, y con la mejor manera de encarar ese hecho decisivo.
El lunes 18 de julio de 1994 se produjo el trágico atentado a la AMIA. Seis días después, el domingo 24, por la tarde, el gran violonchelista ruso Mstislav Rostropovich (1927-2007), acompañado por el pianista Lambert Orkis, ofreció un concierto en el Teatro Colón en la temporada del Mozarteum Argentino. Tras cada interpretación, la sala colmada de público estallaba en aplausos. La última obra programada era Gran tango de Piazzolla, dedicada por éste a Rostropovich. Hubo una gran ovación de pie. Fuera de programa, el maestro tocó una obra de Ravel y otra de Debussy. Más aplausos. El músico abandonó la escena; tras unos segundos, reapareció, pidió silencio y dijo cuánto quería a la Argentina y cuánto lamentaba la situación que atravesábamos. Agregó que deseaba rendir un tributo musical a las víctimas. Tocaría una zarabanda de Bach; pidió que no lo aplaudieran y que todos nos retiráramos en silencio. Escuchamos una versión sublime y desgarradora de la zarabanda. Cuando terminó, pálido, tembloroso, bañado por el sudor, se levantó lentamente y, moviendo las manos, indicó a los asistentes que hicieran lo mismo. Estuvimos de pie, quietos y guardamos un minuto de silencio. Después, él se retiró. Los espectadores lo imitamos, mudos, apenas si se oían los pasos en los corredores y escaleras. La mayoría llorábamos; otros tenían la mirada hundida en sí mismos.
Este domingo vamos a votar. Y ese mismo día, si todo se cumple ordenadamente, se tendrían los resultados. Gane quien gane, los “vencedores” no deberían festejar el “triunfo” en los bunkers ni tampoco en calles y plazas. Esa alegría efímera haría sufrir e irritar a los “perdedores”. Los líderes del bando “triunfante” deberían sugerírselo a sus seguidores. Éste es un momento de congoja para toda la República se imponga quien se imponga. No hay nada que festejar. Estamos atrapados en un pantano que nos devora. Ya no importa quien tenga la culpa. No hay inocentes en este drama de ocho décadas.
Los unos y los otros han hablado de restañar las heridas, de superar la “grieta”, de deponer el odio, Nada de eso ocurrirá si los “vencedores” vitorean, insultan y humillan. En esta crisis terminal de la Argentina, todos somos derrotados: hasta los “ganadores”. Para rescatar a nuestra nación dividida, agónica, empobrecida y envilecida, muchos ciudadanos de a pie y no pocos políticos hablan de un acuerdo al estilo del Pacto de la Moncloa.
Como tributo a los que ya no están y a lo que dejamos de ser hace demasiado tiempo, no utilicemos las memorias de amargura imborrable para continuar el círculo de fracasos, letal como un nudo que estrangula presente y futuro. Todos, unos y otros, lloramos héroes, muertos y víctimas; todos, unos y otros denunciamos asesinatos, corrupción y mentiras. Ya sacamos los cadáveres del placard. ¿Quién sería capaz de olvidarlos? Para devolvernos la dignidad, para limpiarnos de injurias, errores y traiciones, reconozcamos los yerros y arrepintámonos; sólo así podremos llegar a trabajar los unos al lado de los otros. “Hay que dejar que las cosan sean”, dice la canción.
Propongo que, el próximo domingo, la primera ofrenda de reconciliación, de acuerdo genuino, sea el silencio de los bunkers, las calles y las plazas; el silencio del respeto al otro y la reflexión. Que el primer paso no sea el de una marcha victoriosa de revancha y desahogo, sino el paso que se da hacia el trabajo de reconstrucción. El triunfo está en el futuro, no ahora, exige esfuerzo, inteligencia, aptitud, honestidad y justicia que sea justa, no un girasol.


Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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