La decadencia del empresariado argentino

Información General 29 de septiembre de 2021 Por Ricardo Esteves
Hasta mediados de la década del 40, Argentina era una de las naciones más prósperas del mundo, porque su sector empresario era uno de los más pujantes e innovadores. Las razones que explican el declive a partir de allí.
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La histórica cervecería Quilmes, símbolo de una de las tantas industrias que hicieron que el desarrollo económico de Argentina fuera comparable a los países vanguardistas (Bloomberg).

El término empresariado alude al conglomerado de empresarios, al conjunto o al sector que, como tal, padeció el mismo proceso de decadencia que aqueja al país. A mediados de la década de 1940 se inicia ese proceso, cuando la Argentina estaba entre las 10 naciones más prósperas del mundo, con un nivel de desarrollo económico, social y educativo comparable a los países que eran la vanguardia mundial, aún cuando habían marcadas desigualdades sociales que debían ser corregidas -las había también en algunos de esos países de la vanguardia-. ¿Cómo se gestó ese posicionamiento a nivel mundial? ¿Cayó maná del cielo o el Estado fue el que proveyó los empleos y los recursos? La verdad es que Argentina logró ser lo que fue porque tuvo un sector empresario que era de los más pujantes e innovadores del mundo, que brindaba a la sociedad empleos, bienes y servicios de estándar internacional. Amén del sector agropecuario, la Argentina poseía un empresariado vigoroso en la industria y los servicios.

La industria textil era la tercera a nivel mundial, luego de las de Estados Unidos y de Inglaterra. La metalmecánica, con Tamet, La Cantábrica y Siam Di Tella a la cabeza, eran compañías pujantes. En alimentación -al margen de la industria azucarera y frigorífica- existían empresas que cubrían todos los sectores (Molinos en harinas y aceites, Noel y Águila Saint en chocolates, Quilmes en cervezas, Terrabussi y Canale en panificación). Y en los servicios, los bancos argentinos eran de lejos los más capitalizados de América Latina. En comercialización de granos estaba Bunge y Born, una de las “big five”, las 5 cerealeras más grandes del mundo. Y la industria del cine estaba en pleno auge, al igual que la editorial, al tiempo que las revistas argentinas (Billiken, El Gráfico, El Hogar) solían leerse en toda América Latina.

 
¿En base a qué se logró ese desarrollo empresarial? En que había un sistema de reglas que posibilitaba ganar dinero y en que existían condiciones para conservarlo -básicamente, una de las monedas más sólidas del mundo- y en un sistema educativo -a nivel primario, secundario y universitario- que proveía el recurso humano para lograr ese grado de desarrollo.

Si bien en el período que va de mediados de la década de 1940 hasta mediados de la siguiente se impulsó la siderurgia y el petróleo, el sector empresario instalado en el país recibió desde el Estado una agresión y un hostigamiento que condicionó su futuro. Se manifestó en el agro, con las expropiaciones de campos -a la familia Pereyra Iraola 10.000 hectáreas en las puertas de Buenos Aires, a los Bemberg, a las familias García Meru y Aguirre-, que si bien tuvieron poca significación en relación a la tenencia de tierras privadas en la dimensión del país, surtieron el efecto de un severo amedrentamiento. En el sector comercial, con el sonado plan de 60 días de lucha contra el agio y la especulación, que derivó en el cierre generalizado de negocios y en el trágico episodio del gerente de la firma Fiore, Paniza y Torrá, que se suicidó con una pastilla de cianuro al ser detenido por un patrullero de la Policía Federal. En la industria textil, con el hostigamiento a la familia Berenbaun, que optó por emigrar a Uruguay. O el mentado caso de la empresa de caramelos Mu-Mu, que osó reclamar la abultada deuda de una fundación benéfica y fue castigada con su clausura mediante un ardid. O la expropiación de las cervecerías de la ya mencionada familia Bemberg. Y por fin, la expropiación del diario La Prensa, que era el órgano de opinión del empresariado; o las restricciones en la provisión de papel -que controlaba el Estado- a los otros periódicos que eran la voz del establishment. Todos estos episodios son hechos reales hartamente comprobables.

Allí empezó la decadencia del empresariado nacional, que comenzó a atesorar renta en el exterior, primero como medida precautoria y luego por el deterioro de la moneda. Nunca más la relación entre Estado y empresariado recuperó la confianza mutua que precedió al trauma vivido. Hasta llegar a este siglo XXI, el empresariado transitó administraciones públicas amigables y no amigables con el sector, en todos los casos con una burocracia política imbuida de un pseudo-humanismo antiproductivista. Y tuvo que atravesar varias crisis -cada una dejó un tendal de empresarios en el camino- como la del Rodrigazo, las hiperinflaciones del 89 y del 90 y la crisis del 2001/2002. También cabe consignar que el empresariado cometió graves errores estratégicos en ese transcurrir, como la indiferencia ante el derrocamiento de Frondizi, tal vez el Presidente con mejor predisposición hacia el mundo de los negocios y, sobre todo, el cheque en blanco de apoyo brindado a la dictadura militar.

Así llegamos a las administraciones del kirchnerismo, que están marcando el otro gran hito en la relación del Estado con el empresariado. Su primera gestión de 12 años estuvo impregnada de varias agresiones, como la que se llevó a cabo contra las empresas internacionales que invirtieron en modernizar los servicio públicos del país. Ese proceso fue un atropello -para no decir abiertamente lo que aconteció, un saqueo- y puso al desnudo la decadencia moral del empresariado argentino que miró para otro lado (aunque no era fácil criticar al kirchnerismo en esos años). Vino luego el sonado conflicto con el campo por la famosa resolución “125″ y las estatizaciones de YPF y las AFJP. Y al final, la agresión hacia el grupo Clarín, donde una vez más el empresariado argentino dio muestras de su cobardía al hacerse el distraído suponiendo que Clarín podía defenderse por sí solo. Durante el macrismo hubo una tregua, hasta que al llegar esta nueva versión del kirchnerismo a fines del 2019 se produce tal vez el más grave de todos los ataques sufridos por el empresariado argentino, de una manera sutil y generalizada, con la complicidad de la indiferencia de la sociedad, a través de esos dos zarpazos impositivos que fueron la suba de la alícuota a los bienes personales y el impuesto a la riqueza. Estas dos medidas, de apariencia inocua, han provocado una verdadera decapitación del empresariado argentino con consecuencias catastróficas para la economía del país, y en derivación, para el bienestar de la sociedad.

La Argentina no podrá retomar un camino ascendente hasta tanto no se reconcilie con su sector empresario, aun admitiendo que habrá siempre exponentes con conductas reprochables. Hasta que el país no recree las condiciones que imperaban hacia 1940, a saber: un sistema de reglas que no impida ganar dinero a quien invierte, una moneda estable -sea peso u otro signo monetario- que permita atesorar capital en el país (sino, toda ganancia que se genere partirá a protegerse en el extranjero) y libertad cambiaria. Por último, se deberá mejorar el sistema educativo para contar con los recursos humanos que demandará la gran expansión que se generaría. Para colmo, hay entes oficiales que pretenden la continuidad de esas aberrantes medidas tributarias que solo tenían sentido en el proyecto de la Vicepresidenta de llevar al país hacia un modelo de tipo venezolano. Daría la sensación, luego de las primarias, que el electorado se inclinaría por sepultar ese proyecto, con lo cual, para cualquier otra fuerza política -incluido el propio peronismo- la destrucción de lo que queda del empresariado constituiría una aberración.

Sería una gran pena, porque a pesar de todas las calamidades señaladas, la sociedad argentina está dando unas muestras de vitalidad admirables, al prodigar toda esta generación de nuevos emprendedores en el campo de la tecnología y la información. O bien, frente al entusiasmo de los productores agropecuarios que no se resignan a bajar los brazos a pesar de las reiteradas hostilidades. O en los industriales en general, que a pesar de la asfixiante presión impositiva, de tener que producir con alta inflación y precios controlados, con cambios de reglas de juego y extorsión sindical, y, a diferencia del resto del mundo, donde el repuesto de una máquina se consigue en una semana -acá puede llevar meses si es que se autoriza su importación-, se las ingenian para seguir produciendo en medio de las adversidades, botones de muestra que esta maravillosa sociedad argentina sigue dispensando desde sus aparentes cenizas. (INFOBAE).

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