Sensaciones y sentimientos

Sociales 31 de agosto de 2021 Por Redacción
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DEL BAÚL DE EDITORIAL BRUGUERA

POR HUGO BORGNA

Mucho antes de ser “guardadas” injustamente en el fondo del baúl, las novelas en forma de “minilibros” de Editorial Bruguera (medían 7 x 12 cms. y tenían 120 páginas de relato puro) eran tan cotidianas y frecuentes como los suspiros de las jovencitas (palabra muy identificadora de los años 50) cuando trataban temas románticos; siendo también “como de la familia” los cortos pero efectivos tiroteos. Vívidos y sentidos, constituían relatos de acción constante, con detalles de realismo que los hacían percibir como si fueran películas. Hasta se daba que los lectores apoyaran (apoyáramos) al vaquero bueno cuando mediante sus colts ponía las cosas en su lugar.
Casi nada quedaba para la imaginación. Se detallaba con precisión lugares y características físicas de los personajes, informando también de su personalidad: eran bastante predecibles sus futuras acciones, enganchando así a los lectores, que no paraban hasta llegar al final de cada historia.
Se publicaban, en los dos casos, abundantes cantidades de minilibros, que tras su siempre rápida lectura eran intercambiados con otros lectores o se llevaban a locales especializados donde se entregaba y compraba los libros ya leídos por otros. El modo de fijar el valor era entregar dos para llevar uno sin leer, o comprarlos a un reducido precio. Incluían estos minilibros un detalle muy útil, informaban en las primeras páginas, mediante siluetas humanas en negro, si ese libro a comenzar era para todo público o bien aconsejable solo “para personas formadas”.
Por ser los que tenían más acción, comenzaremos hablando de las novelas del oeste (colecciones “Búfalo” o “Bisonte”). Sus títulos -no hay que olvidar que se editaban en España- anticipaban claramente el contenido (“Volad, insectos de plomo”, “Peligro en la ruta”, “El mormón y sus colts”). Los autores más celebrados fueron, entre otros, Keith Luger, Fidel Prado y uno, emblemático, que llegó a ser titular de una colección: Marcial Lafuente Estefanía.
Los vaqueros eran –detalle indispensable- rápidos para el saque y sí, moría gente. Los tiroteos y duelos dejaban siempre tendido a uno o más. Los triunfadores formaban pareja, al fin de cada historia, con las hijas de recios rancheros. Ellas, además de lindas, también eran hábiles para el trabajo de campo sin perder la gracia y orgullo propios de su naturaleza.
El detalle femenino fue fundamental para las novelas del corazón. En estas colecciones el drama y los desencuentros eran interiores, y los títulos anticipaban con solo ligera aproximación los conflictos: “El recuerdo de aquel día”, “Boda clandestina”, “El desengaño de Nancy”.
En estas novelas, ambientadas por lo general en las clases altas, el tipo de personalidad que movilizaba los hechos era el de la mujer. Las señoritas (la palabra es adecuada, estas novelas circulaban en los años 50 y 60, y no se usaba todavía decir “chicas”) eran finas y educadas, abrían las puertas de su casa con elegantes y pequeñas llaves tipo Yale (“llavín” se las nombraba) tenían orgullo por clase social y formación familiar, y el enamoramiento hacia el hombre ideal no ocurría casi nunca en el momento oportuno. Los personajes masculinos eran acaudalados hombres de negocios, por lo general toscos en el trato habitual, pero capaces del sacrificio para preservar la dignidad de la mujer con la que terminarían casándose. Todas las posibilidades de pareja se mostraban al comienzo difíciles, si no imposibles. En este tipo de novela “rosa” brilló la prolífica Corín Tellado, quien desarrolló una colección propia con su nombre.
Queda flotando una pregunta ¿Tuvieron hombres y mujeres distinta preferencia de géneros?
Las lectoras no se interesaron casi nunca por leer novelas del oeste.
Los hombres leyeron los dos géneros. Tal vez para aprender algo de psicología. O, utilitariamente, para empezar a entender a las mujeres.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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