Sensaciones y sentimientos

Sociales 27 de julio de 2021 Por Redacción
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PALABRAS

Por Hugo Borgna

LAS PALABRAS ORDINARIAS Y SU JUSTIFICACIÓN
¿Qué son, exactamente, las malas palabras? En principio, las que nos enseñaron que no está bien decir. Son las que, con sonoridad única, surgen espontáneamente cuando nos caemos o cometemos un error en el que, para nosotros, no debimos incurrir. Para esas circunstancias, indudablemente valen; no hay tiempo ni ganas de buscar la expresión culta que las reemplace.
Existen las históricamente reconocidas como “malas”, son las que aluden a partes o funciones ocultas o tapadas del cuerpo. Están en el diccionario, pero no son “aceptables”.
Otras están destinadas a ofender, insultar o lastimar profundamente. Son “bol…”, o “pel...”, que defendiera graciosamente Roberto Fontanarrosa. El “negro” hizo realmente un chiste mediante ese comentario, porque la palabra “bol…” no se usa para la persona que lanza o tiene boleadoras, ni el “pel…” refiere al utilero que guarda las pelotas para un equipo. Puede llegarse a pensar que esas palabras se han impuesto coloquialmente porque resumen la idea general y representan lo que más rápido llega a la mente, pero pensándolo bien se verá que no tienen verdaderamente esa capacidad de síntesis y que, en cambio, se pueden reemplazar fácilmente con las que están aceptadas por la Academia.
Ni “bol…” ni “pel…” se justifican. Porque decididamente cuando se usan es para insultar. Por lo demás, con el uso tan frecuente fueron perdiendo su carga de agresividad. Las palabras adecuadas, para ofender bien y mucho, siguen siendo las académicas “estúpido”, “imbécil”, o “tonto”, que hieren profundamente.
Hay otro enfoque para clasificarlas: según quién y dónde se dicen, y por su alcance y difusión.
Un ejemplo común, bien a mano y humeante, es el de las cafeterías. Allí se practica la libertad en cuanto al uso de las palabras a emitir ya que puede recibirse, limitándolo la opinión contraria de otro participante de la mesa, lo que equivale a decir que las cafeterías son un óptimo lugar para practicar convivencia de ideas dentro de un, a veces interesante, juego del idioma. Del mismo modo se les permite a los futbolistas mientras estén jugando un partido expresarse como quieran; sólo les pide que hagan ganar a nuestro equipo favorito.
Habrá notado, lector, que en las cafeterías y dentro del campo de juego propiamente dicho no hay cámaras de televisión ni micrófonos instalados. Y allí está la diferencia entre esos casos concretos y los otros, donde todo lo que se dice llega simultánea e inevitablemente a muchos oyentes.
El actor o monologuista teatral tiene libertad total: el público que ingresa sabe tono y contenido del texto que va a escuchar, en un espacio cerrado al que se ingresa voluntariamente.
Los personajes públicos, sean representativos del poder, del arte o de entidades claves, son prisioneros de la investidura que han elegido y ejemplo de un modo de expresarse. Al ser figuras públicas tan reconocidas también ejercen docencia sobre el hombre común, y el modo correcto de uso del lenguaje se convierte en su primera obligación.
Igualmente esa docencia recae sobre la televisión, maestra involuntaria de los espectadores. No lo tiene en cuenta, y está bajando su nivel. Se está haciendo costumbre en comentaristas de la actualidad con clara formación cultural la inclusión de algunas palabras ordinarias pensando seguramente que con eso ganarán, cancheramente, frescura y aceptación en los niveles menos instruidos. Más bien, sufren el efecto contrario.
Esos vocablos, fuera de entorno y expectativa por la gente común, chocan contra la buena predisposición de los espectadores -que no los esperan de ellos- abriéndose también un peligroso camino hacia la incorporación de la incultura como forma normal de vida.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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