La incidencia del dólar

Editorial 19 de julio de 2021 Por Redacción
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Distintas autoridades del Gobierno nacional volvieron a justificar las nuevas y mayores restricciones aplicadas en el mercado cambiario, a partir que es necesaria una correcta administración del dólar.
Como ya ocurrió en varias ocasiones, se apela a la misma excusa para imponer una estrategia muy repetida, pero de ninguna manera exitosa: el cepo.
Desde la cartera económica y de la autoridad monetaria insisten que la moneda estadounidense es un bien que debe protegerse, teniendo en cuenta que las reservas oscilan permanentemente, con toda la incertidumbre que ese comportamiento supone para los inversores.
La pandemia viene desempeñando un rol importantísimo en las economías de los países, especialmente de aquellos que ya venían tambaleando antes de producirse la llegada del coronavirus.
El panorama, como consecuencia del agravamiento de la cuestión sanitaria, se fue haciendo cada día más complejo y los recursos están muy lejos de poder responder a las necesidades.
Consecuentemente, la emisión es un argumento que se aplica con el propósito de atender las necesidades de la gente, que en un porcentaje cada vez más alto no llega a cubrir los servicios esenciales para tener una vida digna.
Incluso, en las naciones más desarrolladas, se resintieron las arcas de los bancos más poderosos, que también se vieron obligados a poner en marcha la tantas veces utilizada "maquinita".
Quienes se inclinan por el cepo, algo que en nuestro país ocurre de tanto en tanto y en cualquier Gobierno, tendrán sus razones, aunque son conscientes que, particularmente en los estados emergentes, asumen riesgos importantes.
Un cepo, sin embargo, no quiere decir, necesariamente, que hay escasez de dólares, pero sí está claro que existe un sobrante de la moneda local, aunque no siempre alcance esa disponibilidad para los sectores más relegados.
Es que la inmensa mayoría de los contribuyentes debe afrontar una cantidad innumerable de impuestos y servicios, algo que, para un buen contribuyente, lo termina limitando en otros aspectos tan elementales como la alimentación.
La impresión de billetes, que seguramente en un momento no muy lejano tendrán mayores valores, aumenta el circulante, pero no en todos los casos, llegan esos recursos a los más necesitados.
Quienes tienen un mayor adquisitivo, como una clase media que es menos numerosas que hace unos años, cuando disponen de un ahorro, por mínimo que sea, compran dólares, porque tienen en claro que es la mejor inversión, ante la permanente depreciación de la moneda local y de las erráticas políticas que históricamente ponen en el ojo de la tormenta a los planes económicos, muchas veces inconsistentes y erráticos, a tal punto que reclaman constantes golpes de timón.
El dinero en peso que un trabajo percibe en concepto de sueldo, si se realiza una simple comparación con su equivalencia en dólar, transita por un descenso tan preocupante que ni siquiera vale la pena explicar en profundidad, porque es demasiado simple y no aplica una doble interpretación.
El déficit fiscal, mientras tanto, sigue convirtiéndose en un problema sin ningún tipo de solución. Y está claro que cuando más gasta el Estado, más pobres son los ciudadanos, que ven resentidos sus ingresos, haciendo caer el consumo.
No hace falta ser un especialista para saber que en cada oportunidad que baja la divisa de un país, se refleja en un alza en el mercado cambiario, aunque nadie quiera reconocer que se trata de una devaluación.
La simple mención de ese nombre, enciende una luz de alarma, que ni siquiera pueden desactivar las autoridades monetarias, por más énfasis que pongan en sus fundamentos.
Otro tema que no resulta sencilla entender para la gente común es la variedad de cotizaciones que existen para una misma moneda, algo que se da, quizás más que en cualquier otro país del mundo, en el nuestro.
El oficial, el que tiene el recargo del Impuesto País, el contado con liqui y el blue, son algunos que consultan desde los empresarios más poderosos, hasta los más simples inversores, que están habilitados a comprar 200 mensualmente.
La oferta y la demanda no tienen piso ni techo consistentes. Esa denota, con absoluta certeza, de la falta de credibilidad de quienes, por diferentes motivos, tienen la obligación de manejarse con el dólar en sus actividades.
No es un buen síntoma que esto suceda, porque la imprevisibilidad desalienta a los productores, que se encuentran ante una verdadera encrucijada cuando deben comprar insumos o vender productos elaborados.
Por todo lo expuesto, queda en evidencia que en economías regionales, como la nuestra, las comparaciones dejan al descubierto la sistemática pérdida de valor adquisitivo de los trabajadores, que se resiente casi mensualmente para quienes deben llevar el sustento a sus hogares.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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