Sensaciones y sentimientos

Sociales 06 de julio de 2021 Por Redacción
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TV ABIERTA



LO QUE NOS DEBE LA TV “ABIERTA”

Por Hugo Borgna


Alguna vez surgió, brillante en blanco y negro. Centro de atracción y maravilla, unió a la familia. Y a las vecinas, parientes y otros amigos frente a los pocos televisores, en un muy estirado living.
En la ya casi olvidada prehistoria lucían programas como La familia Falcón (Pedro Quartuci, Elina Colomer, “Juntitos, juntitos juntitos (…) unidos descubrieron lo hermoso que es vivir de una ilusión”; La nena (Osvaldo Miranda, Marilina Ross, Joe Rígoli); Mis hijos y yo (Ubaldo Martínez). Por ese tiempo ya asomaba la idea de un programa dominguero del mediodía con tallarines bien amasados: Los Campanelli (“¿Viste, Clara?, no hay nada má lindo que la familia unita”).
Una muy interesante perla de los comienzos fue “¿Quién es quién?. Se trataba de que tres figuras del espectáculo reconocieran, entre tres personas igualmente vestidos y en actitud expectante, cuál de ellos era el verdadero de una función o trabajo determinado. Las preguntas de los concursantes debían ser indirectas y las figuras del espectáculo que competían lo hacían por un ordenado turno, conducido todo por un sobrio y atento animador. Los televidentes participaban desde sus sillones, espontáneamente concentrados en el entretenido juego.
Abundaban asimismo los programas musicales en vivo con las mejores figuras del momento (Eddie Pequenino, Aníbal Troilo, Hugo Díaz, entre tantos otros del mismo nivel). El programa incluía también entretenidas escenas animadas por reconocidos actores.
La idea de resaltar los valores de la familia y de hacer pasar un momento grato, en un ámbito esencialmente amable, era la motivadora de aquella televisión. Se podía decir que la pantalla era una prolongación del lugar de los espectadores.
Es cierto que los problemas de familia mostrados –al límite de la dulzura y la inocencia imposible- no eran profundos ni terminales, y que las buenas relaciones y entendimiento se mostraban naturalmente auténticas, sin edulcorar. Como el lenguaje era cuidado en el volumen, en un buen tono medio (y además respetuoso del idioma), el resultado era que se terminara de mirar televisión con una sonrisa o, en algunos casos, cantando.
En el camino para llegar a televisión de estos días (cuesta trabajo decir “nuestra”) se fueron produciendo cambios, frecuentes y sin aviso, del alcance de los contenidos.
Se miraba un programa con el solo filtro de que gustara o no, sin que conociéramos cuánto medían en audiencia; el televidente no sentía culpa al elegir un programa sabiendo que así beneficiaba a uno y perjudicaba al de la competencia del mismo día y hora de otro canal, cosa que sí se experimenta ahora, en que se hace público el “ratting” no solo por programa sino también por minuto. Este sistema cruel de medición (que ahora se hace público) condiciona y conduce hacia abajo la calidad de la programación ¿El talento? Gracias, mucho gusto, para otro día.
Cuenta y cotiza bien la capacidad vocal del animador. Si grita, mejor, porque se lo podrá oír en toda América. Se sigue fomentando la idea de la familia. Todos, juntitos juntitos, van a los programas donde los premios se dan a quien contesta mejor, luego de que los animadores (que conocen las respuestas porque las tienen escritas) se lo dicen previamente. La promoción de los programas hace que todo prometa ser muy divertido para conquistar al esperado televidente. Las tandas son engañosas y saturan, para permitir que la parte de contenido, excesivamente larga también, no se vea interrumpida.
También se ha bastardeado el lenguaje. Pero eso merece un artículo aparte.
Nos queda una pregunta ¿es la misma televisión que la que prometía en sus comienzos?
¿O nunca nos prometió nada y nosotros solos nos ilusionamos?

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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