Un productor de 72 años, víctima reiterada del delito rural

SUPLEMENTO RURAL 10 de junio de 2021 Por Redacción
A Carmelo Gramaglia le mataron y desmembraron dos vacas lecheras preñadas, ocasionándole graves perjuicios económicos y emocionales que le hacen replantear sus ganas de seguir adelante en esta actividad. Viene de atravesar inundaciones y hasta superó al COVID, pero la impunidad le genera una impotencia difícil de aceptar.
DESAZÓN. Tras el hecho, el productor se replantea la continuidad en la actividad. DAÑO. El caso se registró en una explotación tambera de Vila.
DESAZÓN. Tras el hecho, el productor se replantea la continuidad en la actividad. DAÑO. El caso se registró en una explotación tambera de Vila.

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Los episodios delictivos transcurrieron casi consecutivamente en un lapso de 15 días. Dos vacas preñadas eligieron los desalmados delincuentes para carnear, dejando los restos esparcidos en el lugar. “Abigeato” dice el expediente que abrió la policía con la promesa de investigar, aunque sin demasiadas expectativas por parte de los damnificados de que se encuentre y castigue a los culpables.
Sin embargo, detrás de estos típicos delitos rurales hay una historia de cansancio y resignación, porque Carmelo Gramaglia, de 72 años de edad, continúa trabajando en el campo, ayudando a su sobrino Rafael que lleva adelante un pequeño tambo familiar de 900 litros diarios, ubicado sobre Ruta 70 en jurisdicción de Vila.
Si bien el septuagenario productor ya no trajina como antes, porque además él reside en Ramona, se las ingenia para que alguien todos los días lo lleve a dar una vuelta por la explotación para despuntar el vicio y seguir conectado a la pasión de toda su vida: el tambo.
LA OPINIÓN tomó contacto con los hechos y descubrió en Don Carmelo a un hombre que no se rinde, pero que se siente superado por la situación y ávido por compartir su indignación. “Tenemos un pequeño tambo que le viene peleando a la soja para poder subsistir; en una zona que se ha puesto brava con los delitos rurales ahí en el límite con Castellanos, porque entre las inundaciones de los últimos años y el avance de la sojización, quedaron muy pocos establecimientos habitados”, lo cual lo convierte en un teatro de operaciones ideal para el pillaje y la delincuencia.
Carmelo admite que no siempre hace las denuncias ante la policía o la guardia rural sobre estos delitos, porque a su vez siente miedo de las represalias. “Es chocar ante un paredón, porque la policía tiene las manos atadas, por las leyes vigentes; no pueden interrogar a nadie ni hacer nada para averiguar quién fue; es más, me piden que de nombres si sospecho de alguien, pero para mí no es fácil hacer eso”. Entonces, “prefiero perder una vaca que ganarme un problema judicial o lo que es peor la represalia de estos individuos que en el pueblo todos saben quiénes son”, comenta Gramaglia.

ACOSTUMBRADO A LA ADVERSIDAD
La impotencia se acrecienta cuando de la historia surge que Don Carmelo y su sobrino la pelean desde un pequeño tambo, que no tiene rentabilidad desde hace meses. Cada vez que le faenan una vaca se achica su pequeño rodeo de 70 animales totales, que son su único capital de trabajo, porque dos vacas preñadas valen mucho más que los 5.000 litros (o $145.000) que dice el mercado, son además la fábrica de leche y carne de esta sacrificada pyme.
“Yo me pregunto por qué me toca a mí que soy un pequeño productor; todos saben que acá al costado del Vila Cululú la hemos pasado muy mal, los bolsillos quedaron flacos como las vacas, soportando desde 2014 cuatro inundaciones seguidas, hasta que mejoraron el canal el año pasado”, narra el veterano productor. Y agrega: “se hace difícil subsistir frente a todo esto, pero uno no quiere resignarse, un poco por el cariño que le tengo al campo y porque son cosas que nos dejaron nuestros antepasados, por eso la seguimos peleando, pero en los últimos tiempos se ha tornado peligroso todo esto, porque no solamente es el robo de animales, también la rotura de bolsas con cereal o picado para las vacas, que son pérdidas muy grandes de soportar”.

LA BATALLA MÁS DURA
Carmelo viene de atravesar una internación por COVID de cinco meses que lo tuvo 40 días en terapia intensiva en un hospital de Santa Fe, algo que él describe como “de lo peor que me pasó en la vida y que no le deseo ni a mi peor enemigo”.
Al día de hoy se sigue rehabilitando con sesiones de quinesiología para recuperar la movilidad completamente, razón por la cual argumenta que sólo va por la mañana al campo. Gramaglia agradece el interés por escuchar su caso, que “es sólo uno más”, y confiesa que “si pudiera, convocaría a una marcha con la gente de la zona para reclamar porque se terminen estos delitos”.
Por último, Carmelo destaca que la Guardia Rural se acercara a su campo para tomar nota del caso, pero cuenta que no le dieron demasiadas esperanzas para identificar a los autores.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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