Sensaciones y sentimientos

Sociales 08 de junio de 2021 Por Hugo Borgna
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VALORACIÓN DE LOS
SÍMBOLOS NACIONALES

Están desde que comenzamos a gestar una identidad propia, que culminaría en la decisiva definición de “libres de España y de toda otra dominación extranjera”.
Son cuatro pero, cosa curiosa, cada vez que tratamos de nombrarlos decimos (casi siempre en ese orden) la Bandera, el Himno, la Escarapela. Sobreviene entonces un incómodo silencio porque falta nombrar uno. Tras una pausa en que lo descubrimos (por nosotros mismos o consultando un manual) surge airoso el nombre: ¡El Escudo!, y ese descubrimiento se convierte en un acto fundacional ya que nunca más se olvida ese trascendente símbolo, que luce brillante en los documentos públicos.
Aún antes de la declaración de la independencia se instalaron en la pensamiento colectivo de unidad recién nacida, con el vigor de los hombres deseosos de habitar la nueva idea, hecha suelo y raíz y, desde entonces, no ha sido necesario subrayar su importancia. Como los amigos con personalidad que nos hacen buena compañía cuidando de que nosotros sigamos fieles a nuestras convicciones, los Símbolos son un permanente entorno desde un mástil, o en una solapa los días patrios, y también en el canto que inicia las celebraciones patrias. No nos estamos olvidando del Escudo, vigilante permanente de la trascendencia del momento presente desde el borde superior de los documentos públicos.
Los lectores atentos, conocedores de la técnica que llevan implícita todos los escritos, deben haber detectado ya que cuando se mencionan fundamentos muy reconocidos socialmente, es que se está preparando el terreno de pantalla y papel para expresar una opinión sólida.
Y no se equivocan. Los símbolos patrios no se desgastan ni envejecen.
Como están hechos de valores permanentes, son históricamente inclusivos; se da por descontado que la búsqueda de la raíz común (alguna vez se habló de la necesidad de generar el “ser nacional”) es por sí sola un objetivo, profundo y abstracto, que precisa apoyarse en lo tangible.
El escudo no necesita la exhibición pública constante para ser recordado como símbolo nacional; de diseño con amplios espacios abiertos, un sol vigilante que parece insinuar que tiene más energías de las que está mostrando, y dos manos sólidamente unidas para sostener un emblemático gorro frigio, invitando a profundizar su razón de estar allí.
La circular escarapela es de alguna manera un ojo que en los días patrios mira desde el presente hacia adelante; orgullosa, siempre recordará que su origen está en el mismísimo “primer” 25 de mayo, cuando ellas mismas también querían saber de qué se trataba.
La bandera, cotidiana, es demostrativa de un estado de ánimo. La buscamos cada vez que intentamos que nuestra participación sea vista como demostrativa de ideales profundamente comunes. Inspiradora, lleva en si misma el movimiento del viento hacia el futuro.
Y el Himno. Nuestro Himno, de nombre completo Himno Nacional Argentino. Por tener el componente de dos artes, luce una bella y sensitiva poesía, como los sones musicales que evocan hechos históricos. Con solo emitir pocas notas, logra sacudir las fibras más íntimas.
Ninguno de nuestros símbolos patrios necesita actualizaciones para emocionar. El tiempo y la materia con que fueron hechos son de vigencia permanente y verdad humana.
Son en sí mismos la esencia de los valores, y un valor de nueva concepción.
Una especie de escalera para llegar a un amplio punto de vista que muestre un nuevo espacio.
El del lugar desde donde debemos empezar a mirarnos.

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