Sensaciones y sentimientos

Sociales 02 de junio de 2021 Por Hugo Borgna
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ESCRITORES: SABER QUEMAR LAS NAVES
Lo supo muy bien Hernán Cortés cuando puso los pies en México y quiso evitar que sus marineros se perdieran la oportunidad de escribir una buena poesía, solo porque una idea distinta de la original amenazaba con desviar su atención y…
Vamos a ordenar el tema, atentos lectores. Primero, el del hecho histórico. Hernán Cortés, para evitar que sus marineros volvieran a Cuba, no quemó las naves sino que las hundió y, de esa manera, los convenció de que era mejor idea quedarse a conquistar México.
El otro punto es una cuestión que preocupa a los escritores de todas las latitudes y longitudes; estar convencidos de cerrar un trabajo literario, existiendo como alternativa continuar el mismo apoyándose en otra, peligrosamente tentadora, idea.
Ese es el momento de quemar (o hundir) las naves. Cada autor sabe que su trabajo puede quedar culminado con solo agregar algunas pocas palabras, resultante todo de la idea creativa con que lo había iniciado y que tan bien lo hizo sentir al concebirla.
Pero… ¿por qué no agregarle algo más? Por ejemplo, esa otra posibilidad que se le ocurrió cuando estaba por la mitad de la redacción de su primer texto.
Es un momento difícil para el autor, sobre todo porque sabe que no siempre las musas están dispuestas a colaborar (y, peor, sospecha que ellas sólo existen en la imaginación de los escritores bloqueados). No es cuestión entonces de desperdiciar una idea, solo porque llegó más tarde.
En la pausa que ocurre en ese momento, si el autor quita sus manos del teclado y mira hacia afuera por la ventana con la mente en blanco, suele ocurrir que llegue, tranquila y relajada, una solución. De esas que, cuando aparecen, hacen exclamar con satisfacción al escritor, como lo haría el Chapulín Colorado: “Si lo sospeché desde un principio, ¿por qué no lo escribí antes?”
Es buena alternativa, cerrar la poesía originalmente concebida permitiendo a la idea paralela tomar vida propia y generar otro trabajo, diferente al primero pero con igual autenticidad.
Para tranquilidad de muchos (de todos en realidad), la idea discriminada no desaparece. Si es fuerte sigue firme en el escritor hasta tener su lugar propio en el papel o en la pantalla.
Volvamos por un momento a Hernán Cortés. Entendió lo importante que es cerrar una idea (desechando la tentación de abarcar más de lo aconsejable), encarando un principio total y nuevo. Claro que si los marineros hubiesen tenido la opción de opinar poéticamente, otro sería ahora el panorama de la literatura. Y, principalmente, de los hechos históricos.
La idea. La fugitiva idea. La oculta idea. La becqueriana idea.
Es la base de la escritura. Un punto de llegada y origen al mismo tiempo.
Como el sol, aunque no lo veamos, la idea siempre está. Muchas veces necesita de la “gimnasia” del escritor, dentro de una rutina controlada y libre, para posarse mansamente y quedar a disposición todo el tiempo que el autor le reclame.
Si resultara postergada, ella no sufriría. Tiene entidad propia y lo hace valer: idea y escritor, bien mirado, son partes de una misma cosa.
El autor puede encontrar la idea adecuada y cabal si escribe pensando en él mismo como lector. Percibirá que una multitud de señales vuelan en torno reclamando su atención. Percibirá la duda de establecer cuál va a ser el motivador de su trabajo y se sentirá vivo o renacido.
Sin buscarlo, otra vez estará ubicado en el “difícil” momento inicial de preferir y postergar.
Que, finalmente, parece la mejor situación para ejercer la libertad creativa.

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