Pandemia: impacto psicológico en los trabajadores

SUPLEMENTO ESPECIAL 30 de abril de 2021 Por Redacción
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Por Héctor Sierra


La pandemia COVID 19 es probablemente el mayor golpe negativo sobre el mundo laboral de la historia. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) sostiene que hay que remitirse a la Segunda Guerra Mundial para encontrar algún punto de comparación. Sin embargo, la pandemia es más extensa, abarca más países y produce –en un mundo mucho más interconectado-, un descalabro de la economía sin precedentes.
El impacto de la enfermedad sobre la economía mundial ha sido enorme y el retroceso ha incrementado exponencialmente la pérdida de empleo en todos los niveles. La OIT estima que el 38 % de la población activa mundial -esto es aproximadamente mil doscientos cincuenta millones de personas-, trabajan en los sectores más vulnerables de la economía que tienen que ver con el área servicios, comercio, hotelería y turismo, gastronomía e industrias manufactureras pyme entre otros. La mayor parte de ellos se ha quedado sin trabajo o puede perderlo en lo inmediato.
En países como el nuestro dónde el 50% de la actividad económica es informal y funciona al margen de las leyes laborales que ofrecen alguna protección al trabajador, la pérdida del empleo se torna dramática y deja a la intemperie a vastos sectores de la comunidad. Los esfuerzos del estado para paliar la situación no siempre logran garantizar el acceso a lo esencial.
Perder el trabajo o estar en riesgo de perderlo constituye para la mayoría de las personas un evento estresante de máxima potencia.
El documento elaborado por la OIT sobre gestión de los riesgos psicosociales relacionados con el trabajo durante la pandemia de COVID 19 advierte que “muchos grupos de trabajadores corren un riesgo creciente de sufrir vulnerabilidades económicas y mayor inseguridad laboral, con consecuencias negativas para su salud mental y su bienestar. […] La incertidumbre acerca de la situación laboral y la falta de un ingreso de sustitución en caso de enfermedad o confinamiento puede aumentar el estrés, la ansiedad y el riesgo de trastornos de salud mental de los trabajadores”.
El mundo del trabajo en su infinita variedad de opciones y modalidades es uno de los ejes fundamentales en la construcción de la identidad de las personas y constituye al mismo tiempo una instancia organizadora de la vida de la gente.
Somos lo que hacemos y si por imperio de circunstancias ajenas a nosotros estamos imposibilitados de acceder a un trabajo, perdemos una referencia central para nuestro equilibrio emocional. Ya lo había anticipado Sigmund Freud cuando le preguntaron cuáles eran las condiciones necesarias para lograr una buena salud mental y respondió con dos palabras: “amor y trabajo”.
Si tuviésemos que determinar cuál es el sentimiento dominante para entender el malestar de las personas en este momento pondríamos en primer lugar la incertidumbre sobre el futuro. No saber si se podrá conservar el empleo que garantice los recursos necesarios para la subsistencia, la pérdida de beneficios, la reducción de los ingresos, producen inevitablemente ansiedad, aumento del estrés, depresión y agotamiento.
A los seres humanos nos gustan las certidumbres, la seguridad de sentir que el mundo que nos rodea es estable, que puede cambiar dentro de ciertos parámetros comprensibles y que contamos con los recursos para adaptarnos a los cambios. Cuando se pierde esta referencia, cuando el mundo se torna imprevisible, surge la angustia y los síntomas que reflejan el malestar profundo en un mundo donde, como decía Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire.
El aumento de los trastornos psicológicos se registra a escala planetaria no solo por cuestiones vinculadas al trabajo sino porque la pandemia impone cambios tan profundos que antes de la enfermedad resultaban impensables.
El riesgo de contagio obliga a descartar encuentros, gestos, actitudes y hábitos que forman parte de la condición humana y en un sentido profundo nos enferma a todos en mayor o menor medida. Nadie sale indemne de una catástrofe como ésta que conduce a un mundo más injusto, más egoísta, más desigual y más excluyente.
En psicología los síntomas tienen una particularidad que los diferencia cualitativamente de los síntomas de las enfermedades físicas. Los límites entre lo normal y lo patológico suelen ser difusos y resulta difícil fijarlos con claridad. La diferencia entre la tristeza que puede ser un estado emocional normal y la depresión que puede indicar un cuadro patológico no siempre es clara. Hay que explorar la cantidad, la duración, las ideas, pensamientos y sentimientos que acompañan el estado anímico del paciente para poder identificarla.
En la pandemia hay mucha gente triste lo cual es normal, y otros que han profundizado esa tristeza y la han convertido en una depresión. Algunas estadísticas establecen entre el 16 y el 20 % la incidencia de cuadros depresivos. La ansiedad que en determinadas situaciones es una respuesta normal se convierte en patología cuando por su intensidad y persistencia tiñe toda la conducta del sujeto. Alrededor del 15 % de las personas presentan cuadros de ansiedad. El 24% presenta insomnio y trastornos del sueño. El 22% estrés postraumático. En general se estima que el 30% de la población tiene o tendrá alguna clase de trastorno psicológico.
La peste ha provocado una crisis de salud mental a una escala nunca vista y tendrá efectos duraderos que se prolongarán por mucho tiempo. Algunos de los cambios en la gestión del trabajo, en el uso de nuestro tiempo, en el modo en que nos vinculamos con los otros perdurarán y obligarán a nuevos esfuerzos adaptativos.
La salud mental no es una condición que se produzca naturalmente, las personas que la poseen trabajan activamente para conseguirla, orientan sus recursos emocionales y cognitivos para alcanzarla y mantenerla, aceptan y enfrentan los problemas y dificultades y no dudan en pedir ayuda cuando lo consideran necesario. Por lo general tienen claro que nadie se salva solo, que la presencia de los otros es indispensable para alcanzar la salud mental. Ese acercamiento debe ser amoroso porque el odio, el rencor, el resentimiento y la agresividad son los materiales con los que se edifica la enfermedad.
Roberto Arlt decía que nos ha tocado vivir “la época del crepúsculo de la piedad” por eso, en un mundo impiadoso, tal vez la salud mental pase por desarrollar un auténtico y profundo sentimiento de piedad por los otros y por nosotros mismos.

(*) Psicólogo. Director de la Licenciatura en Psicología - Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales-UCES







Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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