Cuando Hugo Querini conoció al “Pulpo”

Deportes 16 de febrero de 2021 Por Redacción
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(Por Edgardo Peretti). - Leopoldo Jacinto Luque es historia. El centrodelantero que fue campeón del mundo en 1978 acaba de partir. Podríamos hablar de las causas, pero no le vamos a dar el gusto. Ya demasiado daño nos ha hecho.
Solo a contar una historia que tiene muchas aristas.
“Tucho, de canillita a campeón” es la vida en historieta de un vendedor de diarios (canillita, en estas geografías) que conoce la fama como boxeador, al ser descubierto en una pelea callejera. Fue el título y el argumento de una tira que se publicó en la revista “Patoruzito” entre 1948 y 1958, autoría de Guillermo Guillet en los libretos y dibujos del español Carlos Freixas.
Leopoldo Luque era un gran jugador de fútbol en su Santa Fe natal, pero la redonda no le daba de comer, por eso trabajaba como utilero en el Canal 13 de la capital provincial.
Anduvo por el ríspido camino del ascenso hasta que en 1974 Unión llegó a la primera división. Al año siguiente, la revolución: Juan Carlos Lorenzo sería el DT “tatenque” y de una frenética lluvia de estrellas surgiría la revelación del torneo que ganaría el River de Labruna. Gatti, Silguero, Jáuregui, Espósito, Suñé, Cocco, Bottaniz, algunos de los nombres para el escalón de la fama. Luque sería el "9" del Toto y ese año lo llevaría a ser comprado por River para el Nacional.
Debutó el 21 de setiembre de 1975 en el clásico ante Boca en la mismísima “Bombonera” con el gol del triunfo. La magia del fútbol todo lo podía.
De allí fueron muchos títulos más con la banda roja, con el agregado de la Selección y un título del Mundo, con goles históricos y epopeyas como la protagonizada ante Francia, que incluyó un gol y la simultaneidad de la muerte de un hermano. Fue titular con César Menotti y se llenó de goles de todas las formas hasta que su estrella comenzó a decaer, pero había llegado muy alto como para que el polvo del olvido lo cubra.
A principios de 1984 jugó el Regional para San Cristóbal, representante de la Liga Santafesina. En ese primer partido en cancha de Colón, ante Atlético de Rafaela, salió con la “9” y la casaca albiverde del equipo que hacía de local.
Una fotografía de LA OPINION lo muestra de espaldas a la cancha, resguardando la pelota ante la marca de un juvenil Hugo Querini, uno de los mejores jugadores que dio nuestro fútbol, que lo apretó mal y ahí entendió por qué a Luque le decían “Pulpo”; era todo brazo y algo de codo. Y al revés. Leopoldo se generaba los espacios con mil brazos; a veces, también recibía. Nadie termina invicto en este rubro.
Aún recuerdo la emoción de verlo de cerca en ese viejo vestuario colonista, mientras firmaba la planilla. Ya era un símbolo, una efigie viva del fútbol. Y ya pasaron casi cuarenta años. Esa foto se la regalamos a Querini y confiamos que esté en algún álbum. Vale la pena.
En el inusual gris de este febrero me acordé de la anécdota. Fui y seré uno de sus admiradores. Las vueltas que da la vida hasta que se termina, son difíciles de entender.
Igual, busqué el final de la historia de “Tucho” Miranda, a quien una disputa entre sus dibujantes lo llevó a su final, luego de una década de gloria, pero no al olvido.
En el Olimpo del fútbol seguro que ya llegó el Diego a recibirlo a Luque. Corre la cuerina (hoy plastificada) en algún cielo verde y el “Pulpo” navega libre con los bigotes al viento y la crines renegridas buscando el arco, ese amigo de siempre. El hombre que supo aguantar las marcas de próceres como Roberto Rogel, Juan Domingo Rocchia, Daniel Killer, Enzo Trossero o tantos otros, incluso un patadón amigo de Passarella, ya juega en otro plano. La “9” de Unión y de River y la “14” de la Selección tienen un crespón negro.
Que la pelota le traiga paz.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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