Viaje al fin de la sangre, de Miguel Ángel Gavilán

Información General 15 de febrero de 2021 Por Redacción
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Por Carlos Antognazzi

Seduce la estructura de esta novela: capítulos que se desarrollan como cuentos (algunos con un final excelente, como «Tatuajes»), y que se articulan entre sí mediante sutilezas, nombres o diálogos repetidos pero desde otro ángulo, como un espejo que refleja pero deformando levemente lo reflejado. Incluso la falta de numeración de los capítulos alienta la posibilidad de que su lectura pueda realizarse, como en un libro de cuentos, en forma aleatoria, “desordenada”, sin que por ello la novela pierda su potencia o deje de decir lo que dice.
De todos modos el primer capítulo (y el único, además, que lleva por título dos palabras, cuando los demás se reducen a sólo una), «Literatura santafesina», funciona como un disparador, porque allí, en los personajes del taller literario que lo pueblan, están, en ciernes, todas las historias que Gavilán (Santa Fe, 1971) irá desgranando en el resto del libro. La novela se constituye con los cruces y tensiones entre esos personajes, cuyo foco de encuentro es el taller literario. Las vidas de cada uno son un misterio que irá develándose en los diferentes capítulos, pero el punto que los nuclea es ese taller. Es decir: la relación de los personajes entre sí es fortuita. Algunos se suman al taller porque son lectores; otros porque quieren escribir; los más, por soledad. La situación expone una paradoja: la novela incurre en un realismo descarnado, pero nace en un ámbito que hace de la ficción su razón de ser. Se puede debatir qué es lo que prima, pero lo más evidente es que la novela trata de esos cruces de personajes inventados que se inventan nuevamente desde sus escritos en el taller. Como una vuelta de tuerca sin fin ni comienzo, ¿Chuan Tzu sueña que es una mariposa o una mariposa sueña a Chuan Tzu?
Hay una fuerte impronta argumental que, según cómo se observe, puede atentar o enfatizar la novela: todos los personajes son seres solitarios, perdidos en muchos sentidos, errantes en un mundo que los desprecia o ignora con similar desparpajo. Son hombres y mujeres que viven en forma equívoca sus deseos (muchos no confesados por la misma desesperación en que subsisten) y que pugnan por encontrar un sentido en sus vidas. En el texto se mixturan gays, travestis, asesinos, suicidas, violadores, presidiarios, torturadores y torturados, víctimas y victimarios que no siempre conservan su papel inicial pero que sí, a lo largo de la lectura, irán mostrando un universo de pesadilla, despiadado, en donde no hay salvación posible. Gavilán explora la podredumbre, eso que no es edificante ni políticamente correcto, los desechos, y con ellos construye unos personajes que apenas se vislumbran, porque es más lo que callan que lo que dicen. De hecho apenas se habla en la novela, como si la voz fuera también una imposibilidad o un atributo de otros, no permitida para esas criaturas que parecen sombras y que, cuando actúan, lo hacen sin sutilezas, movidos por la desesperación del “grito” reducido a un gesto desprovisto de raciocinio o empatía.
Salvo algún caso puntual («Mosca», o el último capítulo, «Locas»), la empatía o la compasión están ausentes entre los protagonistas de este libro. La pintura de tapa, un fragmento de El jardín de las delicias, de El Bosco, colabora con esa materia argumental. Bacon hubiera sido más contundente, pero también menos libre para expresarlo. Porque además de ese material de desecho en el que abreva Gavilán hay la ruidosa complejidad del mundo y esa substancia chismosa de los pueblos aletargados de la llanura, asfixiados de aburrimiento y calor, el conventillo, la infidencia que, feroz, hiere y desgarra y apacigua, por un momento, los celos y la imposibilidad de ser el otro criticado. El lenguaje usado responde también a esta matriz: nervioso, díscolo, con comparaciones luminosas y adjetivos ubicados en lugares poco usuales. No se trata de la prosa calma del que memora lo ya vivido sino del vértigo crispado del que apela al mismo código expresivo de sus criaturas y que narra lo que acontece, en un presente siempre violento, inmodificable. Sin embargo la mirada del autor sí es compasiva para con sus criaturas. Gavilán narra desde una cierta distancia, pero es una distancia afectiva, comprensiva.
Es cierto que el universo de esta novela es acotado a la ciudad de Santa Fe y sus adyacencias, como San José del Rincón o Colastiné, y que los personajes también nacen de un universo exiguo como lo son las relaciones generadas en un taller literario, pero esto no quita que haya un deseo en Gavilán por mostrar solamente seres que sucumben sin expiación posible. Porque aún en la venganza que alguno practica se percibe esa desazón del objetivo (casi) gratuito, de cosa contranatura que no ayuda al vengador sino que lo hunde aún más en la desdicha.
Hijos no deseados, hijos deseados pero que no salen como se esperaba, hijos que se rebelan para forzar un destino aciago sin por ello salirse de la miseria que los rodea, padres y madres que no asumen su rol y escapan, hombres que desperdigan hijos por doquier en busca de un imposible, engaños, traiciones, crueldades, prepotencia y humillación… La piedad, cuando aparece, es sólo una caricia o una mirada que se difumina en la maraña de dolor e impotencia que trasunta el libro, apenas un esbozo destinado a desaparecer. Incluso cuando los personajes sueñan, sus sueños son atroces, como si ni siquiera allí, al amparo del descanso, sus mentes puedan recuperar la paz perdida. «La vida es un enorme cansancio» dice uno de los personajes, definiendo esa marea que los arrastra y arrasa, ilimitada.
Se perciben también algunas filiaciones: Abelardo Castillo en «Literatura santafesina», Silvina Ocampo en «Mosca», Juan José Hernández en «Solos».
Hay, por último, un “plus” en esta novela, que puede pasar desapercibido a los lectores de otras latitudes. Para quienes conocemos el ambiente cultural de la ciudad no es complicado (ni errado, me temo) leer entre líneas y con suspicacia el nombre germano en algún personaje, la mención de algún gremio que aporta desde la ignorancia (¿comprensible?) a la edición de un libro, la actitud de coordinador y alumnos, “chismes” que circulan dentro (y fuera) del libro… Gavilán advierte en los «Agradecimientos» que se trata de un libro de ficción (advertencia que después del posmodernismo se vuelve guiño cómplice), aunque, reconoce, algunas historias le fueron dichas o fueron escuchadas en reuniones de amigos, y que él las recreó (reconocimiento que no hace más que enfatizar el guiño precedente). Y agradece, incluso, a tres coordinadores del taller literario por donde pasó en su juventud. Sin embargo la “verdad” literaria y la “verdad” ontológica pueden ponerse en duda. Porque, «en definitiva, ¿qué es la verdad sino un papel en blanco que se llena a voluntad de unos pocos; un engaño hecho para no escandalizar a los justos?», dirá el autor en un momento relativizando esas verdades. No obstante, un papel en blanco está listo para ser escrito, es una invitación abierta: ¿la verdad es entonces la novela, por caso? ¿Esta novela, con sus cruces, tensiones e infidencias?
Viaje al fin de la sangre es una novela no apta para espíritus sensibles, que elige una materia equívoca, henchida de oscuridad, para traerla un momento a la luz y devolverla como literatura.





Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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