En busca de… Ana Robles, música

La Palabra 13 de febrero de 2021 Por Raúl Vigini
Aristas de artista Es compositora, cantautora y pianista. Se dedica a escribir música, arreglar, producir, grabar, dar conciertos y charlas sobre sus obras. Riojana de nacimiento y actualmente radicada en Alta Gracia, provincia de Córdoba. También comparte un emprendimiento donde se brindan servicios de asesoramiento y gestión de su contenido digital a artistas e instituciones culturales. De sus actividades cuenta aquí para LA PALABRA.
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archivo Ana Robles Amplitud: La concepción de la música en la vida de Ana Robles

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LP - ¿Qué llevás contigo de tu pago natal? 

A.R. - ¡Las erres! No se borran, ni tampoco lo intento. Hay un adn riojano en el modo, en la crianza, en una forma de andar y decir, de cantar y contar. Será que la percepción de la infancia se queda ahí pegada a pesar de los años, y hay olores, sabores, frases que ahora de grande nos escuchamos repitiendo a los hijos, conocer de la escasez de agua y la abundancia de estrellas. Como una piedra que se desprende del cerro, no importa hasta dónde ande rodando, sigue siendo parte. 

LP - ¿Cuándo le diste importancia a la música? 

A.R. - No tengo un momento preciso en mi memoria. Toco el piano desde antes de aprender a leer y escribir. Tengo un recuerdo borroso de la primera melodía que saqué tocando con mi dedo índice, estaba en salita de cuatro. A los cinco podía tocar a dos manos, valses y otras músicas que le escuchaba -¡y miraba!- a mi papá, que aprendió de oído y se sentaba un ratito, entre la oficina y el almuerzo. Ese año comencé el conservatorio y así comenzó una infancia con dos universos paralelos: tocar de oído, porque casi todo lo que escuchaba lo podía sacar; y tocar “por música”, estudiando piezas del repertorio clásico. Entonces la música siempre estuvo ahí, en mi familia cantaban, tocaban la guitarra, bailaban, había discos, cassettes, radio. Sí creo que hubo un momento en el que me di cuenta que esto que me gustaba hacer, además iba a ser mi profesión, en un concierto. Creo que era la primera vez que tocaba fuera de mi casa, o en los exámenes del conservatorio. Yo tenía once años y había comenzado una escuela de arte, donde cursaba junto con la escuela común, un trayecto docente. Por primera vez estaba compartiendo con otros chicos de mi edad. Fue una muestra por el aniversario de la escuela, era Mayo y no hacía tanto que había comenzado, estaba haciendo el trayecto de bellas artes, porque yo quería pintar, que era “lo otro” que hacía, como buena asmática no duraba mucho jugando afuera. Una de mis profes del conservatorio enseñaba ahí y me invitó a tocar “lo que yo quisiera”. Entonces toqué Taquito Militar, mi versión sacada de oído que se ajustaba a mis dedos cortitos. Era un piano vertical que sacaron de un aula y estaba arriba en el pasillo del primer piso y de espaldas, así que cuando terminé me estaba parando para irme y escucho un aplauso de todos alumnos del secundario y docentes que estaban ahí en el patio de planta baja y balcones del edificio. ¡Y me asusté! Era un ruido tremendo, aplausos y gritos y mucha gente ¡y me largué a llorar! Buscaba a mi profe, que era como una tía, la única persona que conocía, ¡alguien que me rescate! Y ella estaba ahí, al lado del piano y me abrazó, me llevó hasta el balcón para que salude bien, ¡y yo lloraba cómo chancho! En las semanas siguientes me cambié al trayecto de música y así empecé quizás a darme cuenta de qué lugar tenía e iba a tener la música en mi vida. 

LP - ¿Dónde abrevaste los primeros conocimientos? 

A.R. - En mi casa y en el conservatorio, que era con profesoras particulares, por suerte compartía con mi hermana mayor que también estudiaba piano. Aprendía mucho de copiar lo que ella tocaba, lo que mi papá tocaba y sacaba canciones por mi cuenta también. Nunca me gustó leer, no entendía para qué servía. Ya en el secundario me topé con un par de profes picantes, que traían otra data, ahí apareció el cifrado americano en mi vida, ¡que fue como una epifanía! ¡No tenía qué leer notas! De la mano vinieron otras sonoridades, armonías más complejas, yo hasta entonces había tocado folklore y tango más bien tradicional, algunas canciones. Y un día alguien trajo Septiembre de Ivan Lins, alguna obra del Cuchi, me empezaron a llegar mis primeros discos de Pat Methany, Jamiroquai, el trío de Lito Vitale, los Singer Unlimited y bueno, ya no había vuelta atrás. Había estado tocando en los ensambles de  la escuela y viajando a certámenes, era genial que se dé ese intercambio. Habíamos formado un conjunto con otros compañeros de la escuela y ahí comencé a incursionar en el tema de los arreglos y alguna composición instrumental.  

LP - ¿Qué géneros te interesaron desde los inicios? 

A.R. - Cualquiera que sonara interesante, que tuviera algo rítmico, algo melódico o algo en la armonía que no me resultara obvio. Las letras en ese momento no me atraían, porque no cantaba, me gustaba escuchar las canciones, pero estaba más en sacar los acordes. Me gustó mucho la música brasileña cuando empecé a escuchar y el soul, funk. Dependía mucho de que alguien se copara en pasarme algún casete o disco compacto, no es que estaba lleno de disquerías La Rioja. Lo que seguro no me interesaba era lo que escuchaban muchos de mis compañeros y que estaba de moda… cuarteto, algunos raperos, esa música de los boliches… intenté varias veces, pensando que algo no estaba muy bien en mí, yo quería tener amigos, je. ¡Pero no había caso! Como si intentara forzar una comida que no me gusta a que pase la garganta.  

LP- ¿Cuándo decidiste estudiar en otros lugares? 

A.R. - Fue en esos dos años finales del secundario. Había comenzado a tener ingresos por actuaciones con mi banda, y también un pequeño sueldo como tecladista de la Orquesta Municipal de la Rioja, además tomaba clases con un profe particular que me estaba acercando al jazz. En La Rioja la única opción de carrera era docente, seguir un profesorado. Si quería estudiar algo más orientado a tocar o componer podía venir a Córdoba, pero yo quería irme más lejos. En Buenos Aires estaban las primeras tecnicaturas en música popular, otro punto importante, ya que las licenciaturas y profesorados venían barajados con contenidos en música académica, o incluso si abordaban la música popular en algún cuatrimestre, lo hacían desde una perspectiva académica. Las opciones más recomendadas eran la EMPA en Avellaneda y la EMBA en Belgrano, una pública, la otra privada. Mi secundario había tenido muchísimos paros ese último año y siendo que en ese momento mis padres tenían buenos sueldos y podían bancar la cuota, ingresé a la EMBA que en aquellos momentos funcionaba en una casona sobre la calle Arcos. Salir de La Rioja fue toda una aventura, ¡era tan grande el mundo! Buenos Aires me encantaba, la escuela me encantaba, estudiaba todo el día, me la pasaba ahí adentro, tocando con compañeros o escuchando música que ponía el chico de la fotocopiadora. Sí, era todo distinto, y había que aprender a hablar de nuevo, pero por primera vez no me sentía un sapo de otro pozo, sino que podía ser lo que quisiera, hacer lo que quisiera, no había límites, todo podía ser. Se me curó la tos, o no le di más bolilla, me puse a hacer deportes. Salía, iba a ver bandas, a tocar a las jams, a las peñas, con el tiempo empecé a hacer algunos trabajos pagos. Formé una banda con compañeros de la escuela y ahí empecé a cantar. Salían toques, grabaciones. A la par estaba dando clases en primaria y particulares. Tocaba en algunos proyectos súper lindos como fue el sexteto de Rodolfo Alchurrón, o la banda de Willy González y era asistente de Tony Rodríguez en Oliverio, un café concert épico donde vi tocar tremendas bandas. Ahí mismo en el auditorio del Bahuen tocaban Mike Stern, Dave Weckl, Denis Chamber, y podía ver todos esos shows, estar en las pruebas de sonido. En un momento todas las flechas apuntaban al exterior, yo quería ver más. Se dio una experiencia de trabajo en un crucero de una línea internacional, que iba de Buenos Aires a San Pablo. Tocaba el piano para la cantante Clara Terán que tenía un repertorio de standards, bossa nova y otras músicas lindas. Tocaba todas las noches en un piano de cola blanco, había aprendido un poquito de portugués, me las rebuscaba con el inglés y me pagaban bárbaro. Recuerdo cumplir mis veintitrés años a bordo de aquel barco de once pisos. Cuando volví, Buenos Aires no se sentía igual, yo había dejado prácticamente todos mis trabajos por tres meses, y corría el 2001.  

LP - ¿El mundo también te cautivó para abordarlo con los estudios? ¿Cómo resultó la experiencia? 

A.R. - Junté todos mis ahorros del crucero, entregué el departamento que alquilaba, repartí mis cosas en casas de amigos y me compré un pasaje a Londres, como para ir a ver qué onda. Había estudiado música casi toda mi vida, yo quería irme a tocar. Aquella experiencia en el barco me había dado algo que no te da ninguna escuela: ¡oficio! Y eso es lo que me dio cierta seguridad en medio de semejante plan. Por supuesto ¡me di cuenta de que no entendía una palabra de inglés apenas llegué a Heathrow! ¡Ups! Al final por cuestiones de visa terminé estudiando, pero inglés, en un buen College, y además tomando otros cursos dentro de la institución para cumplir con la cantidad de horas necesarias para la visa. De noche trabajaba tocando el piano y cantando, principalmente en hoteles y restaurantes, a veces con banda. También tocaba de vez en cuando en algunos pubs y clubes de jazz, y también a veces había semanas en que no salía ninguna actuación y había que buscar otra cosa. En esos años comencé a componer canciones. Había hecho algunas, pero el viaje y la distancia habían disparado una necesidad de poner tanto que tenía adentro en algún lado. Grabé en Londres mi primer disco Los Duendes del Agua, donde todas las canciones cuentan historias y vivencias de mi infancia en La Rioja. Creo que era una necesidad de pasar a una etapa más madura, saber que mi familia estaba lejos y nadie me iba a venir a rescatar de mis sustos y llantos. Había que crecer, y eso estaba bien.

 LP - Los discos. ¿Cómo los concebiste? ¿Qué protagonismo les asignás en tu camino? 

A.R. - Cada uno fue concretado en un momento en particular de mi vida donde necesitaba cerrar una etapa. Dejar ir algo, una edad, un momento, una forma de pensar que me anclaba y debía mudar. Muchos entienden los discos como el lanzamiento de algo nuevo. Yo escribo mi música y a veces pasan años entre que concebí una idea en un cuaderno hasta que existe completa con su arreglo, tímbrica e intensión. Para cuando masterizo ya tengo un cuaderno nuevo con bocetos de algo que será concretado mucho tiempo después. Y para mí son tiempos físicos, la necesidad de torcer la inercia y cambiar de dirección. Le presto mucha atención, porque soy una persona constante e insistente, no me gusta abandonar el barco a la primera cosa que no sale como quiero. Entonces a cada cosa que emprendo en mi vida le pongo todo y cuando es así es difícil soltar y reconocer que el ciclo ha llegado a su fin. Agradezco tener una herramienta para expresar lo que me pasa, y tengo la sospecha de que a otras personas les pasa igual, por eso estas músicas encuentran cada tanto alguien en quién se reconocen. Es lindo que eso pase, y es lindo cuando las personas que me escuchan me lo cuentan. 

por Raúl Vigini

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