Sensaciones y sentimientos

Sociales 05 de enero de 2021 Por Hugo Borgna
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DENGUE



2020: ¿ADIÓS A LA ÚLTIMAS NOSTALGIAS?
La presencia de los televisores, en un día de espacio sideral, seguramente no ocupa más de una fracción pequeñísima de un microsegundo. Y, más aún, el hombre de Neandertal no experimentó la actual incitante pantalla cambiante, por más que haya mirado con interés informativo los acontecimientos del exterior de la cueva a través de una ventana natural de roca; pudo vivir con su pelo largo, feliz y contento, sin ningún tipo de preocupación.
Pero otra cosa es haber sido paridos en el siglo veinte.
Los televisores, producto de la tecnología de llegada sorpresiva -y la tecnología en sí misma- implicaron un cambio demasiado importante para que nuestra estrecha mirada de primitivos consumidores de placer los integrara al ámbito cotidiano.
Rompieron el encanto misterioso de la radio: aparecieron las caras. Revolucionaron la forma de comunicación y, dentro de un cubo de veinte pulgadas de frente que no era mágico, impuso el tamaño de las imágenes, las mismas que ni soñaban todavía lucirse con el agregado del color. Uno de ellos (Philips) ganó la preferencia masiva: superaba en calidad de imagen y sonido a los demás incipientes aparatos.
En el patio de la casa se desarrollaba una aventura singular. Como las imágenes llegaban por aire, se localizaban los canales (no más de tres, con suerte) mediante el giro de una “parrilla” puesta en lo alto de una babélica torre de metal y un movimiento parecido al de izar una bandera.
Después, -aunque ahora, al decirlo, pareciera que los cambios llegaban de un día para el otro- vimos nacer las repetidoras zonales. El gran asombro (la llegada de la televisión) había pasado y fuimos aceptando como normales y sin asombro las mejoras al sistema.
Los primeros, valvulares, funcionaban “bien” hasta que se quemaba o averiaba alguna. Entonces podía ocurrir que la válvula colocada no fuera exacta para la función y se terminara la ídem del televisor. Luego los semicúbicos aparatos de 21 pulgadas tuvieron capacidad para 8 casillas que se podían sintonizar separadamente, viéndose hasta ocho canales. Entonces surgió el sistema CATV, que dependía de un decodificador y que proveyó muchos canales más. Llegaron más tarde el control remoto, la imagen en color, la profusión de canales provistos por empresas de cable…
Pero el tamaño aún no había variado su forma. Sí fue cuando se achataron y en lugar de un cubo imperfecto, fueron longilíneas pantallas horizontales de pocos centímetros de grosor y… ¡SI!, fue el fin de las 21 pulgadas para convertirse en ¡30! Las pantallas, mejoraron mediante inesperadas tecnologías: de los “plasmas”, se pasó a la tecnología LCD, y luego a la LED.
La calidad de definición se liberó. De las iniciales horizontal y vertical, llegaron los píxeles, enanitos milagrosos de la Alta Definición (HD) que culminaron con la 4 K. ¿Y el tamaño de las pantallas? Fueron de 40 pulgadas, luego de 50 o 52 y aún más, anunciando una superación ilimitada.
Todo lo fuimos asimilando. Hoy miramos hacia atrás con suficiencia (yo anduve siempre en tecnologías, ¡qué me van a hablar de pantallas y modelos de televisores!)
Nos vemos crecidos. Viendo el 2020 que ha entrado en nuestro pasado, sentimos que debemos desechar las viejas nostalgias, porque nuestro juguete actual es la internet, hermana inteligente de la televisión y en esto estamos ahora, con el futuro controlado por nosotros.
Aunque… ¿estamos seguros de que no daremos lugar a que surjan nuevas nostalgias?
Si lo miramos con una mano en el viejo y trajinado corazón deberemos coincidir en una verdad:
¡Nos llevamos tan bien, sabiendo que podemos apoyarnos en la nostalgia!

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