Virtualidad y presencialidad

Editorial 02 de diciembre de 2020 Por Redacción
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DENGUE

De repente el mundo cambió sin quererlo a raíz de una pandemia global que obligó a buscar nuevas formas de hacer las cosas que siempre se hacían de la misma manera. Ante la imposibilidad de controlar el virus no quedó más alternativa que apelar a recetas conocidas desde hace siglos, como el confinamiento o cuarentena, para reducir la circulación de personas y con eso procurar desacelerar la velocidad de contagio. Luego aparecieron medidas de prevención que parecen anticuadas en una aldea global que transita una revolución digital que nos llevaba a todo ritmo hacia el futuro, como el uso del barbijo, la distancia social y el lavado de manos. Es decir, que mientras la ciencia y la innovación permanente nos empujaban a una era tecnológica sin precedentes, un virus nos devolvió a la Edad Media.
No obstante, fueron aparecieron precisamente de la mano de la tecnología nuevos caminos para comunicarse, trabajar y educarse entre otras funcionalidades. Plataformas que ya se habían desarrollado pero que aún no habían mostrado su potencial se convirtieron del día a la noche en herramientas esenciales. Desde el Zoom o el Meet hasta el WhatSapp asumieron un papel central en tiempos de pandemia, al igual que los sistemas informáticos de las empresas que permitieron incorporar el trabajo remoto.
En este escenario de alta complejidad e inestabilidad, las sucesivas cuarentenas fueron generando problemas adicionales a la economía, desde grandes empresas hasta medianas y pequeñas, pasando por comercios, profesionales y cuentapropistas. La situación epidemiológica se transformó en un insumo clave para administrar las cuarentenas hasta un momento cuando la presión se tornó insostenible para la política, que debió liberar actividades pese a los números en rojo en materia sanitaria.
La política, en especial la labor legislativa, encontró en las plataformas que permiten la participación de cientos de personas, una herramienta para desarrollar sesiones y aprobar leyes, aunque con limitaciones en relación al funcionamiento en base a un sistema presencial. Lo importante es que se pudo avanzar en un entorno virtual, aunque cabe preguntarse cuándo se debe volver a una supuesta normalidad, es decir a trabajar como en la prepandemia.
Por estos días, el debate sobre la virtualidad y la presencialidad de la actividad parlamentaria quedó atrapado en la grieta. El bloque del Frente de Todos aprobó la semana pasada la prórroga para la modalidad de sesiones "virtuales" del Senado hasta el 1 de marzo y Juntos por el Cambio la rechazó, con un ojo puesto en el futuro debate sobre la legalización del aborto. Con 41 votos a favor por parte del oficialismo y 26 en contra de la oposición, el decreto parlamentario firmado por la presidenta del Senado, Cristina Kirchner, resultó aprobado luego de un debate corto, con solo dos oradores.
La oposición rechazó la extensión de esa modalidad con el argumento de que "la situación sanitaria cambió" al haber pasado del aislamiento obligatorio al distanciamiento social, al tiempo que advirtió que la virtualidad "no sirve" para debates como el de la interrupción voluntaria del embarazo. El documento que extiende la modalidad virtual hasta el 1 de marzo de 2021 establece que "el plazo será prorrogable en tanto persista la situación de emergencia sanitaria.
Parece mentira que los unos y los otros no puedan ponerse de acuerdo ni siquiera en cuestiones elementales como la forma de trabajar. El dictado de leyes que generan una enorme controversia en la sociedad, como el proyecto para legalizar el aborto o los cambios en el Ministerio Público de la Acusación, deberían efectuarse cuando no existan limitaciones para el desarrollo de las actividades.
Vale la pena observar lo que sucede con el sistema educativo, que también debió improvisar de un día para el otro cerrando establecimientos escolares y abriendo algo así como aulas virtuales. No fue lo mejor, en todo caso fue la única alternativa para mantener el ciclo lectivo en desarrollo. Pero con el tiempo fueron asomando los obstáculos porque si bien hubo docentes y alumnos con buenas computadoras y una conectividad con la calidad suficiente para garantizar el proceso pedagógico, hubo otros que no contaban con los recursos suficientes. Con esfuerzo y voluntarismo, en algunos casos se superaron adversidades y en otros no, directamente se interrumpió el vínculo entre alumnos y escuelas.
Por eso ahora se subraya con fuerza la necesidad de recuperar las clases presenciales. Ahora padres organizados y estudiantes reclaman volver a las aulas, como también lo hacen miles de docentes más allá de los "mil pero" que suelen colocar los gremios.
La mayoría de los trabajadores argentinos pudo volver a cumplir sus tareas en su puesto habitual en una oficina, en un comercio o en una fábrica. La educación necesita la presencialidad cuanto antes. La política, más allá de los beneficios y comodidades de la virtualidad, debería dar una señal al resto de la sociedad yendo a trabajar al Congreso, a las legislaturas o a los concejos. Cuanto antes.


Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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