“¡Mamá, la maestra me retó!”

Información General 18 de noviembre de 2020 Por Redacción
Momentos históricos que reflejan la reacción de los señores padres, tutores o encargados ante la falta cometida por el educando en su ámbito escolar. Del sopapo pedagógico a la terapia familiar y del cinto del viejo a la defensa de lo imposible, pasando por la aplicación formal de la “1420 in fine”. Los que educaban con amor, paciencia y disciplina.
Nota

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Por Edgardo Peretti

Jaimito llega de la escuela y le informa a su madre que ha sido reprendido por la maestra debido a su carencia de cumplimiento en las tareas y en su falta de estudio. Antes de avanzar en lo que nos ocupa debemos aclarar que la elección del nombre del educando es una tentación generacional ineludible.
Veamos lo que dirá la madre y sus acciones, de acuerdo a los tiempos que han ido pasando, en la vida, en el mundo y en la educación.
Década del 60. Sopapo (pedagógico), tirada de cabello (aleccionadora), chancletazo en el traste (a cuenta de mayor cantidad) y expresiones tales como: “Me vas a matar de un disgusto!” “Te voy a poner de pupilo en un colegio!” “ Ya vas a ver cuándo llegue tu padre!”
Acción del padre: uso educativo del cinto (del lado de los agujeros, no es un criminal para apelar a la hebilla), amenazas varias y lectura de futuro cercano: “vas a terminar en un reformatorio, vos!
Década del 70: Tirón de orejas (ambas o una a la vez), prohibición de jugar al fútbol con los atorrantes de los amigos, igual censura a la TV y marchar a la cama sin cenar, ante la frase que era dolorosa moda por entonces: “Algo habrás hecho, mocoso de porquería!! Esas son las malas influencias de las porquerías que lees! Cuando se entere tu padre, ya te quiero ver!”.
Papá confirma la sentencia y la preventiva se convierte en condena firme, con advertencia de sanción ante eventual reincidencia: “La próxima, te mato!
Década del 80: Beso en la frente y leche con cacao “El Quillá”, más masitas de vainilla: “Vas a tener que revisar tu conducta, Jaimito. No quiero más problemas; igual, papá hablará con la directora para ver que pasó, aunque la maestra está equivocada, seguro. ¿Querés un chupetín, mi amor? Andá a ver televisión y dejá la tarea para después que yo te ayudo”.
Década del 90: Turno urgente de la terapeuta para mamá y el niño. Llamado a la escuela para que aparten a la maestra de su cargo y amenaza de presentar una demanda judicial, cuando llegue papá. Este no renuncia a la cooperadora porque la misma ya fue privatizada.

Siglo XXI: La maestra logra escapar de las agresiones armadas de la madre, el padre, la madrina y el “personal trainner” del alumno de cuarto grado, y –aunque magullada- logra refugiarse en un patrullero. En el camino a la Comisaría le informan que el ministerio le iniciará un sumario por alterar el orden. Poco después, accede a una visa de la ONU y se asila en Timor Oriental.

Disciplina, era la de antes

Como se habrá advertido en las líneas que anteceden, el docente siempre juega de visitante y suele tener menos hinchas que el referí, pero hay un punto que los termina convirtiendo en héroes: la vocación, algo mucho más notorio que un ramo de flores del 11 de setiembre.
Sin embargo, hubo épocas en que mantener el orden en las escuelas no era tan complicado puertas afuera; el alumno que pisaba en falso se cuidaba de notificar en su casa la acción porque sabía que se le venía todo en contra.
Puertas adentro, en tanto, era bravo. Nuestros padres recuerdan que el “puntero” (palo de madera de unos 80 cms. de largo que se utilizaba el maestro para marcar en la pizarra), servía para llamar la atención a un distraído con un sonoro “toque” (SIC) en la cabeza; ante la reiteración de faltas, el infractor debía juntar todos los dedos de la mano y exponerlos hacia arriba donde llegaba el “punterazo”.
Como variante de sadismo, se hacía arrodillar a los revoltosos sobre semillas de maíz por una horita, mínimo. Si alguien está en condiciones de desmentir esto, le guardo un lugar.
Eso me lo contaron. Lo que sí pude ver era al alumno que no sabía la lección que era colocado en el frente (como muestra y ejemplo), en un rincón, mirando la pared y con unas orejas de burro en la cabeza que, obviamente, decían “Burro”.
Ya cuando Piaget hizo de las suyas, el método se flexibilizó un tanto y las carencias académicas se señalaban con uno “O” gordo y en color rojo, en tanto que las disciplinarias remitían al alumno a quedarse de plantón en la puerta del aula, del lado de afuera. Si pasaba el director o la vice, se tenía que hacer cargo.
En una segunda instancia, había quienes remitían al infractor directamente a la dirección donde la máxima autoridad tomaba cartas. Uno ha visto a guapos de tizas y borrador tirar que se amansaban en el despacho directriz y más de uno volvía con los pantalones sucios y olorientos del lado de adentro. Y no de tierra, precisamente.
En mi escuela el director se llamaba Rogelio J. J. Piantanida. Un tipo grandote y bravo, pero justo, normalista de formación y para nada abusivo. Claro que muchos duros se hicieron blandos cuando el escuchaban el vozarrón que decía “Yo te voy a aplicar la 1420, in fine! Muchos años después supe que era el número de la Ley de educación pública, obligatoria y laica, una de las más sabias leyes que tiene nuestro país y que muchos se olvidan de aplicar, especialmente en una de sus partes.
Uno de los tantos “Jaimitos” que conocí en mi vida escolar me dejó el más claro ejemplo que los niños sólo se educan con amor. En esos tiempos, la escuela proveía a los que no comían en sus casas, de una taza de mate cocido con leche y un bollo de pan, así como de guardapolvo y de cuadernos que llevaban el sello de la Secretaría de Educación.
La maestra lo había advertido y nos había instruido para que varios de nosotros (que sí comíamos a diario) vayamos igual al aula donde la portera Pepa servía la merienda. Lo que era nuestra parte pasaba a engrosar el pan que el pibe llevaba a su casa “para sus hermanitos”.
Un día llegó con el guardapolvo ensangrentado a clase. Nuestros ojos se abrieron grandes por el asombro, pero nadie entendía lo que había sucedido. La maestra lo llevó al botiquín donde la señora Angelita Borgna le curó las heridas físicas y le avisó al Director. El padre lo había molido a rebencazos.
Mi viejo me contó años después que al agresor lo tuvieron que proteger cinco policías luego de las sabias palabras y aplicaciones prácticas que sobre la forma de tratar a los niños le brindó el Director.
Eran bravos, pero amaban a sus alumnos. (Dedicado a todos los sabios maestros que me enseñaron a volar)

Ilustración: Alan Pruvost.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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