Sensaciones y sentimientos

Sociales 10 de noviembre de 2020 Por Redacción
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INSOBORNABLE RECIPROCIDAD
Está allí, a la vista de quien quiera “descubrirla”.
Es una ley vigente y consagrada desde el fondo de los tiempos. Como la de gravedad que, increíblemente, es discutida a pesar de la prueba que implica el pequeño dolor de cabeza que le sobrevino a Newton.
El principio básico de la convivencia civilizada es el de no hacer a otros lo que no se desea que se le haga a uno. Se instaló como instrumento de solución para prevenir conflictos, pero no puede evitar el interminable debate para establecer el límite entre derechos y obligaciones.
En medio de un conflicto permanentemente realimentado, frecuentemente chocan el “yo” y los demás, definidos como “enemigos”. La propia voluntad rebota ante la insensible pared de la negativa de los otros, que no entienden que lo “nuestro” siempre es más importante. La dificultad insoluble es que el espacio habitable es siempre el mismo.
El mundo no es tan ancho ni elástico como se pretende: no podemos jugar en el bosque mientras se le dé una exagerada superficie al concepto “nuestro”. Y sí, sospechosamente, es más ajeno de lo que nos gustaría.
Una meditada ley creada (por los hombres, que quede claro) establece hasta dónde se debe llegar sin romper el necesario equilibrio entre usuarios de los beneficios. Es vieja, pero su verdad sigue siendo indiscutible: el derecho de cada uno termina donde comienza el de los otros.
Es fácil visualizar el límite sin necesidad de que los ojos lo detecten. No tiene hileras de alambres de púas ni la persuasiva indicación de que está electrificado. Un contundente no, sin embargo, se interpone con la energía de los que se saben dueños de una verdad indiscutiblemente saludable.
Pero la voluntad individualista no se rinde fácilmente. Y para eso cuenta con dos vías que, como las vías del tren, no se conectarán nunca: el lado de la razón y el del que necesita de la fuerza.
Somos humanos. Eso es bueno o malo, según como quiera vérselo.
En muchos casos, los homo sapiens hacemos valer –en voz bien alta- una argumentación: decimos que lo que ya establecido está mal y hay que corregirlo.
En ese extremo del demasiado habitado “ring” (¿por qué lo llamarán así en el boxeo, cuando en realidad es un cuadrado?), están los que creen más en las vías del hecho que en el civilizado uso del permiso: se apoderan de sectores que no les corresponden y asientan sobre arena discutibles conceptos del derecho. Así, dan por descontado que si quien ha perdido una porción de su pertenencia no se queja, estará aceptando de hecho el cambio de límite.
Pero para el perjudicado es la misma sensación que la de haber recibido un golpe. Injusto, inmerecido. En su patrimonio físico y en el respeto que le faltaron. Siente que fue agredido. Cuando algún acto muestra la pérdida de esa indispensable valoración, se hace necesario dar al César lo que le corresponde y dejar intactos principios y derechos.
Y no olvidar que no hay que hacer a otros lo que no queremos que nos hagan.
La ley de la reciprocidad, siempre al alcance de la recepción y el entendimiento, sigue estando.
Dicen fuentes, de esas que uno imagina mentirosas, que el primer impulso de Newton fue devolver el manzanazo al árbol. Lógico: además de científico era civilizado.
Por lo demás, la ley de la reciprocidad también sugiere, mucho más claro que tácitamente, que quien agrede -sea cual fuere el modo elegido- no tiene tampoco el derecho de pretender que quien ha recibido el ataque ponga a disposición la otra mejilla.

Redacción

Redacción de Diario La Opinión de Rafaela
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