La vigencia del jinete pálido

Información General 09 de noviembre de 2020 Por Esteban Soldano
En el 2018, hace apenas dos años la periodista de ciencia Laura Spinney en "El jinete pálido", un libro sobre la gran pandemia del siglo XX conocida como la gripe española, describe un hecho patético, que hoy, con escasas diferencias, repite con el COVID-19. Una historia que creímos nunca volvería a suceder, y, en este milenio, en este tiempo tecnológico y en una sociedad que cien años después tendría supuestamente sus potencias más actualizadas como para responder con otra impronta, pero se repite una tragedia que no solo tiene que ver con la vida sino con la propia existencia.

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Desde 1918, cuando se produjo la pandemia de gripe más letal(se estimó en 50 millones de muertos, pero podrían ser el doble), La gripe española (que en realidad trajeron los soldados norteamericanos que pelearon en tierras francesas en la primera guerra mundial), hubo varios progresos científicos, industriales, sociales y urbanísticos. Una vacuna anual contra el virus, las salas de terapia intensiva, los respiradores, los guantes de látex. Ciudades enteras incorporaron equipamiento en infraestructuras urbanas, como ser sistemas de agua potable, que ayudaron a la higiene preventiva. La capacidad de decodificar el genoma, tanto humano como de los microorganismos, permitió acelerar el hallazgo de tratamientos. Y no obstante tantos avances como las telecomunicaciones globales instantáneas, hoy la población mundial se encuentra casi igual que entonces ante el COVID-19.
Sin cura y cada uno con su vacuna en curso contra el coronavirus, millones de infectados y más de 1 millón de muertos, las personas usan máscaras, se encierran en sus casas, mantienen la distancia social en público, se lavan las manos y esperan no desarrollar los síntomas de una enfermedad tan evitable como contagiosa.
Cordón sanitario, aislamiento, cuarentena, se trata de conceptos si se quiere antiguos, que los seres humanos han estado aplicando desde mucho antes de que comprendieran la naturaleza de los agentes de contagio, escribió Laura Spinney en El jinete pálido, un libro sobre aquella gran pandemia que en muchos sentidos es, sin quererlo, una crónica del presente: las mismas medidas, los mismos costos, los mismos problemas, como si el pasado se nos hubiera caído encima.
John Dill Robertson, comisionado de salud de Chicago, dijo: “Si lo contraen, quédense en casa, descansen en la cama, manténganse calientes, tomen líquidos y estén tranquilos hasta que los síntomas pasen”. Sus palabras son de 1918, pero funcionan perfectamente igual más de un siglo después, para terminar diciendo, “Después sigan teniendo cuidado, ya que el mayor peligro es la neumonía o algo similar”.
Spinney consignó que la gripe de 1918 infectó a una de cada tres personas del planeta, es decir 500 millones, y mató “a entre el 2,5% y el 5% de la población mundial, una variación que refleja la incertidumbre que aún la rodea”. Aunque superó a la Primera Guerra Mundial (en la que perdieron la vida 17 millones).
Cuando se pregunta cuál fue el mayor desastre del siglo XX, prácticamente nadie responde que la gripe española”, poca prensa que le llaman. La autora también recordó que las prácticas de contención de epidemias son viejas, costosas y agotadoras para las sociedades.
En el siglo XX, con progresos como las vacunas que lograron eliminar completamente una enfermedad, la viruela, los cordones sanitarios “cayeron en desgracia”, explicó, pero regresaron “durante la epidemia de bola en África occidental, cuando tres países afectados establecieron uno alrededor de la zona en que convergen sus fronteras, ya que creían que se localizaba allí la fuente de la infección”. Y el 23 de enero de 2020, se puede agregar ahora, (El jinete pálido se publicó en 2018, por el centenario de la gripe)se cerró la ciudad de Wuhan por el SARS-CoV-2.
El aislamiento forzoso en sus propias casas de los enfermos o sospechosos de estarlo se mostró durante mucho tiempo, costoso en términos de vigilancia. Eso ahora se soluciona, en algunos países asiáticos, con una app telefónica para monitorear que algunas personas permanezcan aisladas los 14 días que se calculan como incubación del COVID-19. Pero antiguamente se construyeron “lazaretos” u hospitales de cuarentena, cerca de los muelles o en islas cercanas, siempre según la autora.
La dimensión local comenzó a perderse en el siglo XIX, desde que en 1851 se realizó la primera Convención Internacional Sanitaria, en París, con la idea de proteger a los países de las epidemias sin afectar demasiado al comercio y el tránsito de las personas. Por entonces se había avanzado en el estudio de los contagios, lo cual dio base científica a la cuarentena a partir de conceptos como el periodo de incubación.
En el siglo XX, cuando los viajes aumentaron en medios y en frecuencia y las ciudades llegaron a millones de habitantes, se crearon organismos como la Oficina Internacional de Higiene Pública, que en 1907 se abrió en París para registrar centralmente los datos sobre enfermedades en Europa y acordar normas comunes para las cuarentenas de los barcos.
Muchos países hicieron obligatoria la notificación de enfermedades como la viruela, la tuberculosis y el cólera pero No la gripe.

LA GRIPE ESPAÑOLA
La gripe española tomó al mundo por sorpresa, escribió Spinney. Hubo informes locales de brotes, “pero prácticamente ninguna autoridad central tenía una visión general de la situación. Su descripción se podría aplicar a los primeros meses de 2020: Incapaces de unir los puntos, ignoraban la fecha de llegada, el punto de entrada y la velocidad con que avanzaba. Cuando comenzaron los preparativos, ya la pólvora estaba encendida. Ser lento en un mundo tan acelerado es trágico.
Cuando se reconoció que la gripe española era una pandemia, se tomaron medidas de distancia social que, un siglo más tarde, no han sido reemplazadas por métodos más eficaces: se cerraron las escuelas, los teatros, los templos; se restringió el uso del transporte público; se prohibieron las reuniones multitudinarias. Se impusieron cuarentenas en los puertos y las estaciones de ferrocarril y se trasladó a los pacientes a los hospitales, que instalaron pabellones de aislamiento para separarlos de los pacientes no infectados”, hasta las campañas de información pública parecen calcadas, exactamente igual se hace ahora.
Aunque hoy la desconfianza de una vacuna contra el COVID-19 se asocia al crecimiento del movimiento opositor, también hace un siglo las discusiones más acaloradas giraron en torno a la vacunación. Se habían creado vacunas contra bacterias como el bacilo de Pfeiffer, que bloquearon las infecciones secundarias pero no la gripe, que es un virus. Alguna gente mejoraba, porque sufría infecciones bacterianas en el tejido ya dañado por el H1N1, pero otra seguía el curso de la enfermedad hasta la muerte. “Los médicos interpretaron los resultaron en función de su propia teoría favorita sobre la gripe”, hubo también disputas políticas insultos y desautorizaciones públicas, y el detalle no menor del fenómeno de agotamiento de la población.
La gripe española es una pandemia difícil de encasillar. Mató de una manera atroz y causó muchas más víctimas mortales que ninguna otra pandemia de gripe que conozcamos. Sin embargo como una pieza vintage, reapareció con el coronavirus, en el 2020. Los varios progresos científicos, industriales y sociales del siglo XX hicieron pensar que las medidas de contención serían historia, pero la crisis del coronavirus apostó y recuperó las prácticas antiguas. Hoy también volvieron protestas contra los cierres de la economía, una medida que causó una crisis sin precedentes y de seguir así es probable que traiga más desempleo, pobreza y hasta hambre.

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